martes, 14 de diciembre de 2010

Crónica de asfalto

Mi familia y yo fuimos dejando atrás, unas vacaciones estupendas, poniendo distancia a las playas de Ixtapa. De frente quedaba un recorrido de 500 kilómetros de asfalto que se reducía a seis horas. A las siete de la mañana asaltamos la carretera con las provisiones fundamentales; café, jugos y pan. Descendimos hasta la Hidroeléctrica el Infiernillo cuando los cactus iban bañándose de un sol tibio del amanecer. Cruzamos los puentes de metal y cuesta arriba nos hicimos de las montañas que coronan la zona de la presa; como un acto de magia, aparecieron los pinos y la zona boscosa que corona la zona de Michoacán. Las niñas veían una película de Winnie Poo mientras que mi esposa y yo recordábamos la playa del pacífico, los arrecifes de coral, los manglares y sus cocodrilos, el snorkel en las aguas mansas de la Isla de Ixtapa, las comilonas, la cena con pasta y tinto, el encuentro maravilloso con Craig y Judy… Entonces ocurrió de pronto. En mitad de la carretera, a unos cien metros de Pátzcuaro vimos a lo lejos lo que parecía un accidente. A mitad de los dos carriles estaba varado un autobús humeante, una camioneta cuatro por cuatro y una pequeña estaquitas carbonizada que en conjunto formaba una barricada. Pasamos por una pequeña oquedad que permitía el paso y seguimos con rumbo a Morelia. Un pequeño grupo de autos se aglutinó y seguimos tragando kilómetros. La mañana que había permanecido serena fue dándose al traste conforme avanzábamos a la primer caseta de cobro. La desolación, un profundo aliento de soledad y de sofoco, no dejaba dudas que estábamos pisando terreno en llamas, una soledad de esas que abruman y que recordaron esos parajes de Serbia y Sarajevo en la guerra de los Balcanes.

8:45 En un avance desesperado por llegar a un pueblo y conocer noticias de los sucesos, seguimos en un naufragio de asfalto. El espejo retrovisor sólo reflejaba un camino sinuoso y frío. Al acercarnos a la caseta de cobro que bifurca Uruapan y Morelia, una fila de más de diez kilómetros de trailers detuvo el paso. Rebasamos la línea en sentido contrario y vimos lo que no deseábamos ver. La caseta de cobro asaltada, en llamas, con gente que iba de un lado a otro, con choferes que esperaban poder salir de esa ratonera en la que el enemigo era cualquiera. Nadie daba indicaciones, nadie estaba alli por ayudar. El saqueo y la rapiña merodeaban en la confusión de quienes no dejábamos de movernos. Detenerse era contar los minutos para una tragedia. No fue hasta que salimos en sentido contrario a la carretera que nos llevara a Morelia.

9:10 En la línea que puntea la carretera vimos que apareció en fila india, frente a nosotros, un convoy de la policía federal. Camionetas blindadas y tanquetas con policías apertrechados en el toldo, apuntaban con sus metralletas de alto calibre al horizonte. Uno tras otro, hasta cuantificar treinta se iban esparciendo rumbo a Apatzingán. Si en un momento dado, se siente alivio, en otro, muy cercano se siente terror. Llegamos a la última caseta de peaje que despunta a Morelia donde no acababan de aparecer más efectivos federales y otros camiones del ejército. Al intentar traspasar la caseta nos quedamos atorados en la barricada con rastros de mayor violencia. Un reportero fotografiaba la escena y trataba de no dar más señas y sólo apuntaba la cámara del teléfono a los agujeros de bala que cruzaban los cristales. Al frente estaba un trailer de combustible calcinado que frenaba cualquier avance y vimos que el lugar por donde pasaban los efectivos militares era a campo traviesa. Estábamos atrapados. Mi mujer trató de comunicarse con un soldado buscando salidas. El soldado nos miró con la desconfianza de la guerra y el miedo a la batalla. Su mirada era extraviada. Su mente, seguro estaba concentrada en el gatillo de su metralleta. Negó con la cabeza pero estamos seguros que ni siquiera escuchó nuestras palabras. Como pudimos retornamos a la carretera con el terror de seguir las pisadas de los federales que iban a chocar contra un ejército de cobardes.

9:40 En una ratonera. Esta expresión es lo que mejor describe la vuelta del viaje en ese tramo de carretera desolada. Retornar significaba ir a encontrarse con el frente de batalla. Seguir significaba esperar a que los sicarios nos robaran la camioneta y nos dejaran en un despoblado, como lo más leve que nos podría ocurrir. Flotamos en esa ratonera. Vimos la caseta de Uruápan. Los camiones incendiados. La gente escapando con lo que quedaba. La idea era no detenerse. Por fin vimos una salida, luego de un connato de histeria que se apoderó de nuestra camioneta. Ir a un pueblo abandonado o buscar la salida a Pátzcuaro. Un rayo de luz hizo que las aguas regresaran a su cauce. Encontramos la salida a la carretera libre. Pasamos quince kilómetros hasta llegar a la ciudad, vimos la zona lacustre de Michoacán y la isla de Janitzio. La ciudad parecía funcionar con normalidad hasta que nos detuvimos en una gasolinera.

10:20 Llenamos el tanque y tratamos de estabilizar las emociones sintiéndonos con un poco más de seguridad. Hablamos con el despachador de gasolina, un joven de piel lisa y morena, de cachetes gordos que sólo sabía de chismes y oídas. La cosa estaba ardiendo, dijo, pero que llevaban dos días los zafarranchos, apenas empezaba el día y hasta la noche. Desde Apatzingán hasta Morelia. Cuando le preguntamos del acceso a Morelia, nos dijo que la pipa de gasolina ya había surtido la estación. Así que creía que ya estaba libre para llegar a la capital. Arrancamos.

10:29 El camino que lleva a Morelia fue tranquilo, pero cualquier auto que se acercaba o cualquier camioneta con la que nos topábamos era una amenaza. Era el enemigo. Un peligro latente, desconocido. Todas las camionetas tenían los vidrios polarizados. Andaban a media velocidad. En ese paréntesis pensé en los enemigos de México que vienen a ser los enemigos pequeños que acechan desde el otro lado de la casa; recordé a los escritores que se gozan con diarreas de violencia y exaltan el modo de vida de los delincuentes hasta elevarlos a una categoría de héroes, mamarrachos de héroes que se atienen al terror y la artrosis mental de la creatividad del autor. El reflejo de la tendencia de la literatura esperpéntica del narco sólo evidenciaba una imagen que me llegó a la cabeza. Si esos escritores escuchan un tiro, seguro se orinan en lo calzones. Pero aprovechan la tendencia mediática para adjetivar una situación que de tan sólo sentirla de cerca enmudece, como el rostro de aquel soldado que iba a la guerra. Entonces pensé en los enemigos que se tiene sin quererlo. En un tal Sergio Calderón Gama que la última vez me acusó de soberbio y vanidoso en mi blog por puro gusto y que tan solo lo recordé porque es lo que representa la idiotez y la estulticia de quien ataca detrás de un pseudónimo y se pierde entre las sombras de la mediocridad. Esta situación clonada nos pone de espaldas contra las cuerdas. Es en menor escala, pero en el mismo nivel de cobardía, un acto como las llamadas de los delincuentes para extorcionar impunemente. Pensé que mi patria estaba en la camioneta, en la mirada de mis hijas, en su risa. Que mi patria eran mis hijas y mi esposa. Mas si osare un extraño enemigo…

11: 20 Pasamos Morelia sin sobresalto. Vimos en la entrada los restos de los autobuses. Nos hundimos en el tráfico de la media mañana y salimos por el libramiento hasta quedarnos con la última imagen de una gasolinera en llamas y un camión con soldados.

13:00 Cruzamos el lago de Cuitzeo y pasamos el límite estatal sin hallar ni una patrulla, ni un retén, ni un policía. El infierno parecía haber quedado atrás. Nos despedimos de Michoacán, creo que para siempre.  

jueves, 2 de diciembre de 2010

Gracias

Este es un trabajo publicado en la sección artefacto, del periódico el Heraldo, luego de darse a conocerse el fallo del Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández 2010.

Gracias a Enrique Rangel por sus palabras... 

Gracias por dejarme compartir.


Ricardo García Muñoz es la punta de lanza de la nueva narrativa guanajuatense, la del siglo XXI, la que se tutea sin aspavientos con las letras nacionales. Acaba de ganar esta semana el XIX Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández. Es un profeta en su tierra. Ricardo, honroso colaborador de EL HERALDO, es un hombre que provoca siempre la dualidad emocional en quien le conoce: o le aman profundamente o le odian, también profundamente. Quizá tenga qué ver el que Ricardo mismo nunca hace las cosas “a medias tintas”. Integrante de la “Generación de la Crisis”, la que nació, creció, se reprodujo, vive y morirá con la crisis, hoy vuelve a tirar la dentellada. En 2007 se alzó con el Premio Nacional de Periodismo Fernando Benítez, por un reportaje cultural para radio y en 2009 fue finalista del Premio Internacional de Novela "Book and you", con la obra “Verdades como puños”. Este mes prepara la cereza del pastel para el 2010, la novela “Barcelona en las rocas”, una frenética creación a ritmo del movimiento de vanguardia NaNoWriMo -donde el reto es escribir 50 mil palabras en un mes o lo que es lo mismo 200 cuartillas-. Ricardo comenzó hace 19 años con un pasatiempo que hoy es una forma de vida. Maravillado por la prosa impecable de su amado maestro Mario Vargas Llosa, tras leer “La ciudad y los perros” sufrió una transformación que lo arrastró irremediablemente a la escritura. Fue tocado por el verbo. Desde la Universidad Iberoamericana de León, cuando estudiante, se lanzó con éxito en el proyecto literario llamado Arengador, después vendría la necesidad de escribir y verse escribiendo que escribe mientras escribía que se veía escribir... un todo por las letras a la manera de “El grafógrafo” de Elizondo. Sobre su estilo literario, se ha dicho que se caracteriza por ser mordaz y cínico, de técnica ágil y pulcritud en su forma, además de una sencillez demoledora. Sobre su estilo vivencial yo agregaría que lo define con claridad su alter ego Ramón Hortera. Luego de ser notificado de que ganó el XIX Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández por su libro de cuentos “Aleja de mí tu espada”, Ricardo cambió otra vez, sólo para ser más Ricardo. “Siempre he creído en la actitud del pescador, siempre hay que lanzar las redes y el arpón, y estar en una constante de trabajo, tener claros los propósitos que te empujan a hacer esto de la literatura que es prácticamente la vida”. “La constante significa no dejar de lado, significa -ya lo has dicho tú- trabajo, no voy a traer a las musas a sentarse aquí para que me iluminen. La inspiración, dice Sabina, ya se la han llevado otros. Yo no creo tanto en la inspiración. Y eso nos convierte en gente más propositiva, el estar trabajando no por un premio, no por una beca, no por generar X Y o Z, el trabajo te va a generar esas oportunidades luego”, son los argumentos de García Muñoz para describir su pasión por las letras y la emoción de ser premiado en un concurso donde han sido contadísimos los guanajuatenses que se alzaron con orgullo por ganar. Amante de la música y poesía de Joaquín Sabina, del vino tinto y fumar Marlboro, de las nuevas tecnologías, de Barcelona y la ciudadlaberinto que es Guanajuato, Ricardo García Muñoz tiene en la cabeza contenido un universo de palabras que, gradualmente, han ido convirtiéndose en un maelstrom que hoy arrastra al lector hacia sus historias. ¿Cómo no hacerlo si su narrativa es la mejor que existe hoy en Guanajuato? Y se anticipa como la mejor de una generación en México. Ya desde “Horterada”, su segundo libro de cuentos, se antojaba como el nuevo enfant terrible de las letras guanajuatenses, esas que hoy representa orgulloso y dignamente. Su trayectoria en ascendencia ha sido ampliamente comentada nada más ni nada menos que por el propio Fernando Macotela, director de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. Su apuesta es consolidar junto a su socio la editorial Cuatro Gatos y romper el molde de las letras, crear un nuevo escenario donde la palabra sea lo más importante, dejando atrás politiquerías y actitudes derrotistas. Hacer que Guanajuato luzca en el escenario universal de la palabra. El epílogo de su trayectoria es como dice una canción de Sabina: aprendió a malvivir del cuento, pintando autorretratos al portador.

martes, 12 de octubre de 2010

Mario

No se por qué, pero en un momento de mi adolescencia me entró la idea de convertirme en militar. En ese entonces las películas apocalípticas de Mad Max y Rambo me alentaban a buscar una formación marcial que me parecía admirable para hacerle frente a una inminente hecatombe nuclear. Un compañero de escuela fue más lejos y guardaba en su closet víveres y agua para soportar la primer mañana peinada de hongo nuclear.
Conocí entonces a un General y escuchaba las historias de cadetes que estaban a un paso de ser héroes. Aventuras de estoicismo y lealtad a la patria de bronce. Y entonces quedé a merced de perseguir ese sueño. Ese general, cuñado de un tío, quedó en que si lo deseaba él me proporcionaría toda la información necesaria para ingresar al colegio militar o de plano, inscribirme. Era el primer año de la preparatoria y ya podría hacer las maletas. En mis escasas charlas con mi hermano, le conté de mis sueños. Espantado trató de convencerme que era una idiotez cambiar la libertad civil por un uniforme. Me dejó un poco trastornado, pero seguí en mi dicho. Llegué a la clase de inglés y se presentaba ante el grupo un profesor de bigotes anchos y el pelo lacio, con un corte de bacinica al estilo Lenon. Sin más, sacó de la chistera el libro de la ciudad y los perros y lo recomendó como la base para iniciar el curso. Quedé enganchado ante la historia. En la ciudad había dos librerías. Sólo en una tenían algunas obras de Mario Vargas Llosa; el libro me costó 25000 pesos. Lo leí cada noche hasta que no quedó una sola hoja. El jaguar, El poeta, el Leoncio Prado, Lima, los militares, las formaciones, la muerte y las perradas de las que eran objeto los chicos, pusieron un tatuaje en mis deseos. No quiero. Y otro en mis ambiciones de lector. Escribir. Como buen adolescente y coleccionista de pasiones comencé a recolectar los libros de Mario que escasamente se hallaban en la ciudad, pero que a fuerza de visitar mes a mes a Juan, el librero de cabecera, los fui atrapando como quien encuentra un tesoro. Al final de semestre, me llamó el General para cerrar el trato. Dije: No gracias. No quiero esclavizarme en la milicia. O algo por el estilo. Me retiró el habla y estoy seguro que aun me considera un cobarde. No me importa. Creo que me convertí, como dice Mario Vargas Llosa, al tomar la decisión de asumir la literatura como destino, en nada menos que en esclavo. 
Gracias Don Mario...

viernes, 17 de septiembre de 2010

La cámara de Oxígeno

Gracias a los amigos y a los presentes la noche del 14 de septiembre en el corredor literario que me dejaron compartir el corazón un poquito y lo llenaron de calorcito pre bicentenario.
A continuación les presento unos apuntes que no leí, pero que había preparado para la ocasión. Sólo son una fuga amorosa de mi memoria, una carta en una botella que se tira al mar.




La noche del 14 de septiembre
La infancia fue el terreno de encuentro con la lectura. Pasé una infancia sin otras ambiciones que ser centro delantero de los Pumas o corredor de cien metros planos, como Carl Lewis; pero una intermitente enfermedad me puso piedras en el camino. Cuando niño padecí asma y viví temporadas envuelto dentro de una cámara de oxígeno adaptada a una cama individual donde a cinco litros por minuto pasaba mi vida. Esto, claramente me hacía quedar fuera de las canchas de futbol y las pistas de atletismo de la deportiva Torres Landa. No era tan malo estar dentro de una cámara de oxígeno. En cierta ocasión llegó mi padre con las fábulas de Esopo y las introdujo en la cama. Firmó el libro, su nombre y la fecha. 1981. Una pequeña edición bolsillo de editorial Porrúa quedó varado a la espera de que abriera sus entrañas. Primero le di una ojeada como quien surfea en un mar embravecido. Había imágenes que de entrada me sirvieron para seleccionar la lectura. El lenguaje era por demás arcaico, y tuve que templarle las páginas a un diccionario. Allí encontré el sonido y la magia de las palabras como si un mago sacara de la chistera un conejo. Entonces la afición por leer al azar el diccionario me ha seguido desde entonces, como un vicio. Los libros me dieron la libertad que el oxígeno embotellado y los humidificadores me negaban. Para la siguiente semana llegó mi padre con el libro de el médico a palos, de Moliere, las fábulas de La Fontaine y así, como un trato no dicho, mi padre se aficionó a regalarme libros. Recuerdo uno en especial, uno que se acompañaba por un rito. El cantar del Mio Cid. Mi padre llegaba de trabajar los viernes por la noche y me llamaba hasta donde tenía un sillón cerca del balcón que asomaba a la calle Juárez y comenzaba a leer en voz alta. De pronto los campos de Burgos brillaban diáfanos en la sala de la casa. Una voz, la de mi padre movía los ejércitos y el medievo. Cuando saltaba una idea fuera de contexto, mi padre hacía acotaciones y explicaba la historia de reyes y de infortunios y volvía al poema y regresaba España a lomos de una voz fuerte y limpia cuando Rodrigo era condenado al destierro. La casa de San Fernando donde pasé un cuarto de mi vida, tenía una gran biblioteca que era un especie de templo que mi abuela cuidaba como un centinela. Allí viví con mi abuela y sus hermanas que me adoraban. Todas y cada una de ellas leían en sus tiempos de ocio. Y leían grandes novelas de amor. Los momentos que cambian el curso de una vida son difíciles de rastrear, pero intuyo que uno de estos episodios fue lo que cambió el derrotero de mi vida. Mis tías leían muchísimo y leer para un niño de nueve años era una cosa de maravilla en la vida cotidiana. Era un hábito que debía aprender. Como toda casa del siglo antepasado, la casa de la abuela conservaba una biblioteca donde se formaban las enciclopedias y los diccionarios en una cascada de pesados libros que contenían, simplemente, maravillas. Había también colecciones de los clásicos del siglo de oro español y algunos textos que me parecían prohibidos. Encontré una joya como la colección de cuentos de los Hermanos Grimm que fue quizá un detonante en mi formación fanático de los cuentos. Corazón diario de un niño y el principito no faltaban en los textos que recogía la biblioteca de la abuela. Dos colecciones de libros que me encantaron fueron una colección de cuentos húngaros, con forro de cartón color granate de una edición de 1915 que transformó mi condición de explorador de historias por la de un fanático de libros viejos y su olor a maderas y humedad. No puedo olvidar un libro de cuentos chinos, de la misma colección; extravagante e infame que me mostró el horror y el miedo. En sus historias había demonios, dragones, pobreza, angustia y la maldad, un auténtico Gore infantil. Las horribles imágenes me provocaron la ambición por seguir hasta el final una narración y vencer el miedo. Unos años después, cayó en mis manos, gracias a mi padre, y nuestro pacto El Lazarillo de Tormes. La luna Guanajuatense me brindó en las noches de mi infancia una compañía incomparable con esa historia que me hizo sobrevivir al sarcasmo infantil y generó en mi imaginación pesadillas con sacerdotes y ciegos desalmados. Las lágrimas vinieron después, cuando leí con atención Corazón, diario de un niño y las insufribles desventuras. La cámara de oxígeno se fue convirtiéndose poco a poco en un recuerdo. Cada vez mis bronquios respondían mejor a los tratamientos que me sometía mi madre y mi abuela. No se cuándo quedó rezagada esa etapa del oxígeno que recuerdo con dolor y gozo. Las tías y la abuela se han ido de este mundo y me devuelven en la memoria, como un mazo de cartas, las inolvidables horas en las que a cinco litros de oxígeno por minuto vivía en los mundos posibles de la literatura.





miércoles, 18 de agosto de 2010

Nueva serie... Crónicas del Conde Crápula... Pararrayos

He descubierto que tengo un pararrayos que atrae pleitos con los idiotas, o si pensara que existe otra vida, el karma al que me estoy condenando seguro tiene que ver con un déficit de atención que tuve cuando reencarné en mi vida de soldado revolucionario o de boxeador de tepito, aun no lo descubro, pero lo que me queda claro es que a pesar de aspirar a una vida tranquila, mi pararrayos ha sido infalible y no me ha dejado solo, por más que he intentado llevar una vida sin aspavientos.

La crónica que hoy les voy a contar tiene que ver con la facilidad que tengo para hacerme de pleitos fáciles, gratuitos y en verdad estúpidos y en honor a la verdad, parto de un principio lógico, me cuesta ser gregario. Eso ya implica que al relacionarme con algunos terrícolas tenga que empezar desde menos diez. Aun así, he atraído peleas de poca monta que a la larga cuestan demasiado esfuerzo. 
¡Como se extrañan aquellas citas a la salida de la escuela con el oponente donde sólo bastaban algunos puñetazos para terminar siendo amigos¡ 

Durante la semana y a pesar de que evito en todo lo posible hacer sentencias en el facebook; tuve un encontronazo desagradable con un hombrecito que firma como poeta, escritor, periodista y no se cuanta alcurnia nobiliaria y mesiánica de su currículum resumido que lo refriega en cada correo electrónico que sale de su computadora. Hizo una declaración como que los escritores no hacen autocrítica y por eso están jodidos. El pararrayos funcionó. Hice una pregunta. ¿Dónde puedo leer tu autocrítica? Y eso bastó para que me apedreara el rancho y lanzara cualquier cantidad de adjetivos descalificativos en torno a mi actuación como escritor. Seguro que cualquier novia borracha me ha dicho mejores cosas a despecho del olvido. A este, apenas lo vi tres veces en mi vida.

El pararrayos actúa de formas místicas. Llegué a una cita con un alto funcionario para entrevistarme acerca de un proyecto de cultura. Llegué a Cata en punto. Una señora me indicó el camino. El Licenciado está por allá. Crucé la calle empedrada y pasé a otra oficina. Un hombre de bigote que sacaba copias me miró de reojo y siguió sacando copias. Lo interrumpí. –Allá está su secretaria–. Dijo y siguió sacando copias. Llegué hasta un mostrador que contenía diversos folletos. La secretaria estaba hablando por teléfono con una persona que según inferí, quería entrevistarse con la misma persona que yo. Me enteré que no estaba presente, que se había marchado a una rueda de prensa. Una niña jugaba con un montón de papeles de frente a la secretaria. Cuando la mujer, llena de fastidio colgó. Me dijo lo que suele decir una secretaria fastidiada. – ¿A quien busca?- contestó y Frunció el cejo. Tengo una cita con el licenciado Rondón. 
 –¿De donde viene?– lanzó la pregunta con tirabuzón. Esta pregunta de verdad que es una molestia porque tiene un sentido metafísico y otro patafísico (¿no ve que acabo de entrar?, pues de allá- pensé-) porque lo que en verdad quieren preguntar es ¿a qué institución representa?, cosa que suele ser de mayor importancia porque si uno dice que es personal, la cosa se pone color de hormiga. La verdad es que dije que el licenciado Rondón me había citado y que estaba únicamente cumpliendo mi parte. 
–Pues seguramente se le olvidó, porque no está, si va a andar por aquí, puede darse una vuelta como a la una de la tarde (entonces el reloj marcaba las 11am), pues muchas gracias, pero sólo le dejo mi tarjeta para hacer constar que estuve presente en la cita. Gracias y hasta luego- dije con el resto de cortesía que se puede tener con la secretaria de un alto funcionario que no sabe llevar una agenda y que está acostumbrada a tratar a la gente como meros limosneros de la cultura. Han pasado tres días desde entonces y no he recibido ninguna llamada.
El pararrayos funciona a distancia, de forma mística. Baste decir que una de las actitudes zafias consiste en el olvido de una cita. Pero viniendo de un funcionario de cultura es una agresión leve y hasta amable.
¿Qué no han visto el olvido de la cultura?
El licenciado Rondón se pasó por donde no le pega el sol la cita con este Conde y el pararrayos hizo de las suyas.

martes, 25 de mayo de 2010

Universos, flores y estrellas

Nadie sabe cómo caen las estrellas sobre el alma, sólo que llegado el momento, se posan sobre la piel; esa noche la poesía de Rangel nos entregó- volcó la cabellera de Berenice y la Osa mayor pudo cubrirnos con su enjambre, mientras la voz del poeta iba asumiendo el encargo de sobrevolar por el almicantarat para conducir a su audiencia por firmamentos urbanos y bóvedas terrestres.
De voz en voz, de poesía en poesía, los presentes deambulamos por universos y cometas que rayaban los nervios, los sentimientos, pulían los demonios internos y los ángeles se paralizaban ante un encanto perverso y divino. El canto de Jaramar era arrastrado por las estrellas de Rangel hasta darse en el filo de la música de Trejo. Un coro biselado por cometas y brillos intensos de un quasar altivo y sonriente que cegó a la concurrencia.
Allí estábamos, en el confín de la poesía, entre flores del mal y estrellas. Habitamos la piedra de toque de nosotros mismos, recibiendo estrellas convertidas en palabras y voces lanzadas a los universos de la piel que nos hicieron volver a la infancia, a las pasiones, al goce y al encuentro. Y cuando las estrellas cayeron fulminadas y el telón con sordina descendió ante las miradas del personal, notamos que el canto, la música y la poesía habían arrasado el espacio… Estaban allí…flores y estrellas…sí, con una “furia que no cesa”

miércoles, 21 de abril de 2010

La impostura


“Yo no tengo que explicarle a la gente con quién como. Como con quien me da la gana y no tengo que dar ninguna explicación, sobre todo si pagan ellos. Yo que no soy muy aficionado a las comidas presidenciales, iré porque soy un bien nacido, porque tengo cortesía y porque me educaron bien. Mi única obligación es escribir buenas canciones. Sé que a mucha gente le gustan mis canciones pero no está de acuerdo con mis posturas políticas, supongo que es el caso del presidente Calderón”
Joaquín Sabina


Till Eulenspiegel , el artesano ambulante, líder de su libertad, es la figura del gran pícaro en la literatura alemana, allá por el año de 1483 aparece su leyenda. Es, a grosso modo, el ingenuo galopante que lleno de gracia, entre el placer cándido y malicioso ridiculiza a los sabiondos, parodia el lenguaje, tomándolo al pie de la letra porque trata de mostrar una verdad para descubrir la estupidez del mundo. Desde entonces, la leyenda ha dado vueltas en el planeta con diferentes versiones. El pícaro legendario, aquel que le sobra la libertad y los cojones para enfrentar los pesos y las lacras que regulan la sociedad abre las posibilidades de reflexión. Este pícaro se ha desenvuelto en diversos escenarios, pero ha encontrado en la crítica social una oportunidad para invertir en su ingenio. Cabe recordar al mitológico Pito Pérez o al incontestable Lazarillo de Tormes, por citar a algunos de los representantes de la épica del desencanto.
Hoy en día, este personaje mutante aparece entre los escenarios y se ha juzgado por una falsa contradicción. Reencarnado en Joaquín Sabina que le ha dicho sin empacho alguno, al Presidente del empleo, que resulta ingenuo combatir puesto una frase al presidente de México que le incomodó hasta hacerlo tropezar en un discurso esclerótico que justificaba la encarnizada guerra contra el narcotráfico, (en un país con pocas oportunidades de trabajo, educación, cultura, pero que lucha, como pocos, eso sí, contra el narco). Días más tarde, Sabina se reúne en los Pinos para comer con Calderón y los necios, que no son pocos, comenzaron a suponer que Sabina era una contradicción. No sólo basta con comprender a los necios de este país que como regla general polarizan las opiniones. Les basta una chispa para incendiar a quien se pone delante de un micrófono, pero además equivocan la mirilla, por eso son necios; hace unos días declaró el ex presidente César Gaviria, en tierra mexicana, que el presidente Felipe Calderón evidencia que “no está preparado” para combatir al narcotráfico, ya que “la lucha ha resultado más larga” de lo que se esperaba. Y de pilón afirmó que México estaba perdiendo gobernabilidad. ¿Ha habido respuesta alguna? En México las críticas tienen que ser declaraciones de guerra contra lo que se critica y no argumentos de reflexión.
Si bien el Poeta fue más sintético al tachar de ingenua la estrategia contra el narco, e irse a comer con Calderón (mínima muestra de civilidad) el político Colombiano fue más didáctico, directo y poco criticado. Es la imagen de la impostura. Un político colombiano que dice lo que dice, le queda bien porque es su postura. Pero la impostura, más cercana a la ficción, es una forma de vida poco asimilada. Creo que estamos más cerca del argumento de Eulenspiegel; sobre el sabio loco se cierne la sombra de la melancolía, de la incomprensión y del rechazo. La impostura total. Ya sabina lo dijo en su libro “En carne viva”: La impostura es una maravilla dicha como la dice Umbral, que a veces se hace de derechas para molestar a los de izquierdas…

domingo, 4 de abril de 2010

Idioma


Homenaje al III congreso de la Lengua Española
Autor: Anónimo


Señores: Un servidor
Pedro Pérez Paticola,
cual la Academia Española
"Limpia, Fija y da Esplendor".
Y no por ganas de hablar,
pues les voy a demostrar
que es preciso meter mano
al idioma castellano,
donde hay mucho que arreglar.
¿Me quieren decir por qué,
en tamaño y en esencia,
hay esa gran diferencia
entre un buque y un buqué?
¿Por el acento? Pues yo,
por esa insignificancia,
no concibo la distancia
de presidio y presidió,
ni de tomas a Tomás
ni de topo al que topó.
Por eso no encuentro mal
si alguno me dice cuala,
como decimos Pascuala,
femenino de Pascual.
Mas dejemos el acento,
que convierte, como ves,
las ingles en un inglés,
y pasemos a otro cuento.
¿A ustedes no les asombra
que diciendo rico y rica,
majo y maja, chico y chica,
no digamos hombre y hombra?
¿Por qué llamamos tortero
al que elabora una torta
y al sastre, que trajes corta,
no lo llamamos trajero?
¿Por qué las Josefas son
por Pepitas conocidas,
como si fuesen salidas
de las tripas de un melón?
¿A vuestro oído no admira,
lo mismo que yo lo admiro,
que quien descerraja un tiro,
dispara, pero no tira?
Este verbo y otros mil
en nuestro idioma son barro;
tira, el que tira de un carro,
no el que dispara un fusil.
De largo sacan largueza
en lugar de larguedad,
y de corto, cortedad
en vez de sacar corteza
De igual manera me quejo
de ver que un libro es un tomo;
será tomo, si lo tomo,
y si no lo tomo, un dejo.
Si se le llama mirón
al que está mirando mucho,
cuando mucho ladre un chucho
se le llamará ladrón.
Porque la sílaba "on"
indica aumento, y extraño
que a un ramo de gran tamaño
no se lo llame Ramón.
Y por la misma razón,
si los que estáis escuchando
un gran rato estáis pasando,
estáis pasando un ratón.
Y sobra para quedar
convencido el más profano,
que el idioma castellano
tiene mucho que arreglar...

lunes, 8 de marzo de 2010

La noche del 5


Los amigos deben estar donde truenan los huesos. Y allí estuvieron la noche guanajuatense del 5 y la noche leonesa del 6.
Recuerdo los pininos en una tarde celayense donde se presentaba una revista literaria, el primer número y al llegar al centro cultural, no había nadie. El amigo organizador, pensó rápido y reclutó a cinco alumnos de un taller que, ya saliendo en desbandada, los hizo retroceder pero que con una labor de convencimiento los hicieron quedarse a escuchar el rollito arengadoriano. Con todas las fuerzas de mis 21 años, tomé los arrestos necesarios para dirigirme a un público tan ausente que podría haber hablado de recetas de cocina y nadie se hubiese dado cuenta cómo se preparan unos huevos revueltos. Pero entonces era la literatura. El arte, la creación. Mi arenga que había escrito dos noches antes. Una vez que llegué al final, hubo dos preguntas y me convencí del éxito. Salí feliz que cinco personas hubiesen presenciado lo que tenía que decir, a pesar de todo. Entonces dicen que quien con leche se quema, hasta al jocoque le sopla. La tarde del cinco de marzo estaba nervioso. No hay nada peor que el miedo al vacio. Pero sobre todo, el miedo al mensaje que te envían los asientos huecos. Los auditorios para veinte personas que parecen para diez mil. El miedo escénico al no encontrar. En el oficio solitario del escritor, paradójicamente se anhela la compañía. Entonces di en el clavo cuando supe, de súbito, que por una sola persona valía la pena y la dicha todo el ajetreo, todos los nervios… todo.
Cuando llegué al salón comencé a juguetear con mis hijas. Estábamos corriendo entre los asientos. Cuando Ángel Ochoa (al que le agradezco su amistad y sus detalles) me pidió probar el audio; acordé con Natalia que si no venía nadie, podíamos hacer un Karaoke, comernos las pastitas y beber el refresco. Angelito no traía discos, pero lo intentaríamos a capela. Cuando mi mujer me avisó que ya todo estaba montado y que dejara de jugar. Me dieron nervios. Apareció como siempre, con su incontestable amistad de muchos años, mi buen amigo Juan Fran, que me calmó los nervios. Ya estaba una persona y ya valía la pena todo. Y recordé las palabra que me dijo Fernando Macotela en un correo; lo importante es quedar contento con lo que suceda. Y sucedió que estaba feliz. De manera mágica el salón se comenzó a poblar de gente, de abrazos, de solidaridad donde una a una las sillas desaparecieron de la visual para convertirse en amigos a la espera de lo que les tenía que contar. Y conté los autorretratos y mis fervores para las letras, dije lo que sentía sin pensar lo que hablaba, y fue una charla, y un encuentro y una buena noche para celebrar estar vivos, y saber que tengo amigos que me estiman más de lo que yo creía y visceversa.
Y me llené de energía, y estuvo mi hermano del alma Enrique Rangel colocando las comas, los acentos y el punto y seguido. Estuvo Merit y mis pequeñas calentándome el alma. Estuvieron todos los amigos(no quiero omitir nombres), mis seres queridos que no se hallan entre los vivos (la tía Estela y la tía Ángeles, que estoy convencido de su solidaridad), los hermanos de letras, los bienhechores de la noche del 5 que se alegraron por el nacimiento de un libro.

miércoles, 27 de enero de 2010

Escritores teloneros


Leía un texto de André Jute donde contaba una anécdota y decía que alguna vez un premio Nobel le dijo que en seis manzanas a la redonda del bar en el que se hallaban, había cientos de escritores mejores que ellos. La diferencia entre los autores publicados y los inéditos, era simplemente que los autores publicados se sientan y escriben al menos una página al día, o diez páginas o las que fueran, y que no se levantan de la silla hasta haberlas terminado.
Está de más decir que estoy de acuerdo. En esas andaba. Entonces enredado en alguna extraña conversación con alguien que ha sido jurado en concursos literarios, salió a colación la anterior anécdota de André Jute porque me preguntó, -¿Qué tal, y tu escribe y escribe?¬- y entonces con toda la seguridad del mundo le dije que sí. Me miró con sorna e hizo una mueca de: ¿Ñaaaaa, a poco? Acto seguido, sonrió. Imagino que pensó en un momento que iba a decir que no escribía por una falsa modestia o porque decir que uno escribe es como colgarse un medallón para presumirlo. La verdad es que hace unos años tengo el hábito de escribir diariamente, y lo hago únicamente porque es muy divertido y porque es como el ejercicio diario. Treinta minutos al día son saludables.
Cuando el Juez de literatura se fue, recordé a los escritores Teloneros, esos que como las bandas de garaje, hacen sus acrobacias de vez en cuando. A veces les salen cosas bien intencionadas aunque son perezosos, son turistas de las letras. Eso sí, en caso de que exista una conferencia con un Writing star, seguro serán los primeros en sentarse frente al telón. Harán preguntas interesantísimas y tomarán apuntes para su diario. Se codean con los caciques de la cultura y con los jueces de literatura para probar la teoría de la ósmosis, algo se les pegará nomás por andar con gente “bien culta”. Los teloneros andan por todos lados con un escrito que les convence que son escritores. Son más críticos que creadores. Son como los malos vinos que hacen excelentes vinagres.
Un famoso editor dijo una vez: “no me traigan ninguna primera novela, tráiganme ocho novelas”

miércoles, 13 de enero de 2010

Una postal navideña


Este texto es un envío de un entrañable amigo que contesta mis correos y que comparte cosas bien importantes.
Y deseo compartirlo...

Una postal navideña
de Etgar Keret


Había una vez un tipo que podía caminar sobre el agua. No es para tanto. Mucha gente puede caminar sobre el agua. Por lo general no lo saben porque no lo intentan. No lo intentan porque no creen que puedan hacerlo. Como quiera que sea, ese tipo sí creía, lo intentó y lo logró. Y ahí empezó el desastre.
Ese tipo tenía un apóstol que le era muy cercano y lo traicionó. Eso tampoco tiene nada de especial. Mucha gente es traicionada por alguien muy cercano. Si no fueran cercanos, entonces no sería considerada una traición, ¿o sí? Luego vinieron los romanos y lo crucificaron. Eso tampoco tiene nada de particular. Los romanos crucificaban a mucha gente. Y no sólo los romanos. Muchos pueblos más crucificaban y mataban a mucha gente. A todo tipo de gente. A quienes hacían milagros e incluso a quienes no. Pero ese tipo, tres días después de ser crucificado, resucitó. Por cierto, ni siquiera aquello de la resurección sucedió aquí por vez primera, o última, para el caso. Pero ese tipo, dice la gente, ese tipo murió por nuestros pecados. Mucha gente muere por nuestros pecados: avaricia, envidia, orgullo u otros pecados menos conocidos que no existen desde hace tanto tiempo. Mucha gente muere como moscas a causa de nuestros pecados y nadie se toma siquiera la molestia de escribir un artículo para Wikipedia sobre ellos. Pero sí se escribió uno sobre ese tipo. Y no cualquier artículo, sino uno muy largo con muchas fotos e hipervínculos en azul. No es que un artículo de Wikipedia sea la gran cosa. Hay perros que tienen sus propios artículos de Wikipedia. Como Lassie. Y hay enfermedades que cuentan con sus artículos, como la fiebre escarlata y la esclerosis múltiple. Pero ese tipo, dicen, a diferencia de la esclerosis múltiple o de Lassie, logró lo que logró mediante el poder del amor. Que es algo que también ya hemos escuchado. Después de todo, ahí tenemos a esos cuatro tipos británicos de pelo largo y barbados, igual que él, aunque ellos fueron un poco menos famosos, que cantaron muchas canciones sobre el amor. Dos de ellos ya murieron, justo como él. Y ellos, por cierto, también tienen su artículo de Wikipedia. Pero ese tipo tenía algo de especial. Era el hijo de Dios. Pero, en realidad, todos somos hijos de Dios, ¿o no? Fuimos creados a su imagen y semejanza. Así que, ¿qué demonios tenía ese tipo que lo convirtió en algo tan importante? ¿Tan importante como para que tanta gente a lo largo de la historia haya sido salvada o asesinada en su nombre?
Como quiera que sea, cada año, hacia finales de diciembre, la mitad del mundo celebra su cumpleaños. En varios lugares, el día de su cumpleaños cae nieve y todo el mundo está feliz. Pero incluso en lugares donde no nieva, la gente está contenta ese día. ¿Y todo por qué? Porque un tipo delgado que nació hace más de dos mil años nos pidió que viviéramos vidas de amor y moralidad y lo mataron a causa de ello. Y si eso es lo más feliz que esta extraña raza tiene para celebrar, entonces también merece su artículo de Wikipedia. Y de hecho existe uno. Vayan a la computadora más cercana. Tecleen “humanidad” y aparecerá el artículo. Breve. Muy breve. Pocas fotografías. Pero aun así. Un artículo completo para una raza fascinante y un poco desconcertante. Una raza capaz de asesinar a todos aquellos que creyeron que el mundo puede ser un mejor lugar y que, en la mayoría de los casos, se ha encargado de hacerlo. Así que les deseo una feliz navidad.

lunes, 11 de enero de 2010

Año nuevo



Este nuevo año no recibí sus primeras horas con las copas de más que todos los años bebía con el objetivo de imaginar que nomás por una transición cronológica las cosas iban a estar mejor, y conforme pasaba el tiempo los proyectos iban con sus días, sus momentos y sus alegrías, por decir que así, dos, dos, pasaba el año y pensaba que al final, todos los males estarían en peligro de extinción, cosa que me estimulara al pensar con que el nuevo, el que viene me pondría a mano de toda la metralla enemiga que recibía en el año viejo.
Pero la verdad es que no me llamó la atención esa vieja idea del rencuentro con amigos, sino que me llamó la atención que perdí en el año a muchos amigos, y quizá no precisamente en este, sino a lo largo de los años. Al principio, por alguna razón fui llenando mi carpeta de contactos de los correos electrónicos con gente que prometía volver a contactarse. Muchos contactos que me regalaron su tarjeta de presentación para mantenernos en una ávida comunicación epistolar. En resumen, la mayoría de mis contactos los he archivado como meros signos egipcios. Si he trabado dos o tres reenvíos han sido demasiados, escuetos y héticos. Se me ocurrió hacer un envío masivo donde trataba de saber cómo estaban, que planes tenían, en conclusión comunicarme y la respuesta fue más bien patética. De los pocos que atendieron a mi pregunta, todos dijeron “bien” e “igualmente” al resto le dio por tirarme a la basura. Cierta vez, cuando enviaba los autorretratos al portador por correo, pensé en el derecho a no recibir lo que no quería. Si yo recibiera los autorretratos sin permiso, me cuestionaría que alguien usara mi buzón para llenarme de un correo semanal que quizá ni leería. En todo caso, quien quisiera leerlo iría a comprar el periódico. El misterio no se resolvió. Yo pedí permiso para enviar el autorretratos y los más animados contestaron, “hombre, por favor son tu fan” pues un fan muy mudo, pensé, porque no provocaba respuesta. Entonces seguí enviándolo y sólo un amigo me respondía con entusiasmo. Y sólo un amigo, vale la pena.
Sin embargo conservaba todos los correos con la esperanza de que alguien me iba a escribir. Todo ocurrió de pronto. Me vi acorralado por las exigencias del mercado. Sin trabajo y con el poco dinero que tenía, las neuronas comenzaron a tramar una estrategia. Entonces pensé que era el momento de llamar a mis “contactos” para difundir mi necesidad. Alguno, no sin influencias podría echarme un cable para salvarme del naufragio. Escogí entre la lista de correos a diez personalidades que me habían jurado su amistad. “hombre, me enorgullece ser tu amigo” lo decían cuando la rueda de la fortuna me colocaba en una parte alta de un escenario inmejorable. Entonces creí en las palabras. Caray, sólo les iba a pedir trabajo, no dinero. Otra vez, el SOS sólo atinó a un amigo, el resto, huelga decirlo se esfumó entre el ciberespacio.
Entonces este año comencé a hacer una limpia honesta y sincera. Si, una limpia de contactos de correo electrónico que me dieran chance de empezar el año sin expectativas y con una realidad en ciernes. Vi cada dirección de correo tratando de recordar qué me vinculaba con esa persona. Y en honor a la verdad, muchos no tenían nada que ver conmigo, es más, a muchos ni siquiera los pude visualizar.
La cosa era sumar. En el msj me quedé con cuatro contactos que siempre me contestaban y en el face, me deslindé de muchos a los que les pedí la amistad. ¿Entonces se convertirían en mis enemigos? No, de ninguna manera. Se convirtieron en espacio para mi computadora. El escenario ha cambiado, la rueda de la fortuna no se detiene y cada día tiene su afán. Hoy más arriba, vendrán otros contactos y la fortuna me devolverá viejos conocidos a los que les devolveré su comunicación, su indiferencia y mi tarjeta de presentación.
Este año voy a refrendar la amistad con los amigos que tengo y a beberme las copas con ellos del principio de año para que duren todos los días.
Salud.