miércoles, 27 de junio de 2012

Ven a saludar




La noche se fue encimando en las paredes de ese callejón, cuando maullaba un trío de gatos en celo, que saltaban encima latas de cerveza. Rodrigo observaba detrás del ventanal los primeros seres de la noche. Los gatos. 
Seguía pegando su rostro en el cristal. El cielo negro, bravo, teñía la tarde de gris. Los gatos se movían entre las cavernas del callejón. Al acecho. Brincaban unos sobre otros. Maullaban, mordían. En un circo de pelos y sangre dominaba el filo de las navajas que aparecían amenazantes como relámpagos sobre cristales.
Rodrigo miraba el escenario de la calle para no involucrarse con todo lo que ocurría dentro de  la casa que  poco a poco se fue poblando mujeres y de hombres que llegaban para celebrar una fiesta. Hombres y mujeres, copas, palabras que resonarían entre las viejas paredes. Comida, vino. Situaciones repetidas. Ocasiones para brindar. Se imaginó varado entre la nada. Con gente que de pronto le sonreía, le tomaba del hombro, le daba palmaditas. “Que bien, Que tal”. Rodrigo aborrecía esas reuniones casi tanto como las navidades. Pero estas eran repetidas, uniformes, sombrías. Sonó el timbre. Entonces se escondió tras la cortina. La guerra sangrienta de gatos le apetecía más que la gente estirada que invadía la casa para lucir los nuevos negocios, la ropa de marca, las tragedias.  Por lo menos la pelea de gatos era franca, directa. 
Uno de los mininos, de pelaje blanco trepó sobre la caja amarillenta de cerveza. Ondulaba la cola mientras veía a sus oponentes estirar las patas delanteras haciendo fintas para encajar las cuchillas en la cara del adversario. El gato blanco, oteaba el horizonte sin chistar, sabía que era el mandamás de la escena, sabía que uno de los oponentes iba a perder esa batalla y el ganador estaría mermado, tocado, perdido. Entonces el gato blanco, entraría a liquidar al vencedor con acaso dos zarpazos.
Rodrigo admitía que era una estrategia sucia, cosa que le llenaba de coraje. Siempre le habían dicho que la vida se trataba de jugar limpio, pero la naturaleza felina, mostraba otras herramientas para ganarse la vida. Y no era poco. Rodrigo arrastraba la cabeza sobre el vidrio para mirar el desenlace. Alguien entró a la habitación. El ruido lo hizo paralizarse. Lo buscaban o pensó que lo estarían buscando para hacerlo salir a la reunión, para saludar a los presentes, para beber sodas, para lucirlo como maniquí. Pero los gatos. La ventana. El callejón. La batalla. Los pensamientos en el cristal. La soledad. 
Cuando escuchó que cerraban la puerta, pudo regresar su atención a la batalla. La fiesta podía esperar. El gato blanco estaba preparado para saltar sobre el vencedor, uno atigrado, gordo, valiente que acababa de trabar una lucha carnicera y que estaba malherido. Rodrigo no pudo aguantar más un ataque justiciero lo tomó por sorpresa. Abrió lentamente la ventana. El gato blanco ya tenía los dientes de fuera, como si pintara una risa macabra. La columna arqueada y la cola vertical. Listo para descargar la furia contra su oponente malherido. 
Rodrigo prepara lentamente el siguiente movimiento. Es un momento vital para hacer justicia. Esos gatos llevaban tres días de parranda. Mira delante, atrás, arriba. El gato blanco sigue bufando con odio a su oponente y zaz… “Rodrigoooo, ven a saludar a tus abuelitos, ya llegaron…Minutos después llora en la falda de su madre porque el cielo se cae a pedazos y la lluvia espantó a los gatos y no quiere estar en la fiesta y tiene sueño y sed y ganas de llorar.

lunes, 18 de junio de 2012

Sonó el teléfono




Casi todos los años, cuando pasan estas fechas, me ocurre lo que le ocurrió al personaje de Fitzgerald, Benjamín Button, rejuvenezco. No creo que las causas sean las mismas, pero el frío y la angustia por comenzar el año con los mejores deseos parecen quitarme algunas arrugas, algunas fisuras del alma, aunque sólo sean unos miligramos. La cosa es que la mesa del primero de enero amaneció hedionda. Los trastes apilados en el comedor, los restos del lomo adobado y las botellas de ron formaron una imagen del cine de investigadores privados de los años ochenta, una escena hecha hasta el aburrimiento, pero allí estaba el amanecer de un nuevo año, con la cruda demencial y humilde.
Cuando encendí el primer cigarro del año, un zumbido en la cabeza intentó quitarme los tornillos que aún conservo y que cuido con fervor. El dolor era adyacente a mis ideas cotidianas por dejar el tabaco. Pero allí estaba, terco a tragarme la nicotina mientras deseaba enumerar los deseos para este año como si fuesen calcomanías de refrigerador. Pero una invocación poco habitual vino de repente. Así había empezado los últimos diez años de mi vida. Crudo, con la vista borrosa, con frío y fumando el primer y supuesto último cigarro de la lista de deseos para la aurora del año. No podía hacer tonto a nadie. Acababa de romper mi propia promesa. Sabía que ese cigarro era sólo el primero de muchos y que así se desbarrancarían los sueños. Con el último y ya. 
Entonces una llamada alteró el aterrizaje desde la modorra y los efectos de la resaca. Hablaba del otro lado de la línea una mujer llamada Roberta que buscaba a un tal Ramón Hortera. Investigador privado. Hice un mutis. Gruñí, pero la mujer no me dejó interrumpirla; parecía una de esas estafadoras telefónicas. Quería contratar a Ramón porque cuando amaneció el primero de enero, no encontró nada en su casa. Su marido, un abogado, la había limpiado por completo. Nada era nada. O apenas la cama. No sé. Cuando dijo nada, me dio hasta frío. Pero todo indicaba que estaba envuelto en una trampa. Si yo le decía que no era Ramón Hortera y le aclaraba todos mis datos, la trampa estaba consumada y era seguro que podría ser víctima de una estafa mayor, una extorsión. Así que decidí decirle que yo era Ramón Hortera. 
No fue necesario decir más. La mujer estaba segura que hablaba con Ramón Hortera. Dijo que había encontrado mi teléfono en Internet. Que sabía de varios casos en los que yo, o Ramón Hortera, había salido victorioso. Al parecer a este personaje le gustaba publicar en alguna parte de la red los casos que resolvía para promocionarse, sin embargo, también le daba por la poesía. Me felicitó, o felicitó por una cita que había escrito. Le agradecí el halago. 
El caso de la desaparición del marido de Roberta no sólo tenía pincelazos de un abandono marital, para lo que no necesitaba un investigador privado, sino un abogado experto en divorcios y por supuesto a la policía. Eso lo deduje porque habló de manchas de sangre. Debo confesar que mi cultura criminalística se basa en la afición a la serie de CSI, cosa que dista mucho de una realidad criminal. Pensé que Horatio Caine podría descifrar, a golpe de vista, los pequeños detalles que develaran si habría crimen o no. La cosa es que esa mujer comenzó a pedir ayuda a gritos. Lloraba. El nuevo año la había dejado pasmada. Con mi cruda traté de poner en orden las ideas. Mi cigarro estaba a punto de morir. Esta situación me recordaba un libro de Auster, Ciudad de Cristal. Pero ella estaba allí, pidiendo ayuda. —Es que lo engañé, fue la última vez y ya, se lo había prometido— dijo apurada por acabar la conversación y como una manera de explicarse todo. Sonó un ruido. Una detonación, no podría decir que un balazo porque nunca he oído uno. El zumbido de corte en el teléfono siguió a mi silencio. Miré el auricular como si pudiera ver a través de la línea telefónica la escena de Roberta. Apagué el cigarro y esperé que volviera a marcar buscando a Ramón Hortera.  Pasaron tres días y sonó el teléfono. 
Él le perdonó a ella que le hubiera engañado durante dos años tres veces por semana. Ella no le perdonó jamás que la hubiera perdonado… y disparó.

martes, 12 de junio de 2012

Los distintos




Desde que lo recuerdo se propuso ser distinto. Era un hombre de cabellos lacios, negros y largos, tanto que le llegaban a los hombros y sin distinción ondulaba la cabeza para sentir las puntas del pelo raspar la nuca. Quiso ser distinto como si estuviese en una carrera de Maratón. En cada kilómetro de su vida observaba todas las aristas para evitar el contagio de lo parecido.  Lo otro, lo diferente, lo distinto era el pensamiento original que lo movía por todos lados. Cuando se levantaba de la cama, miraba la cabecera a sus pies, para que le recordara que empezaría el viaje hacia lo que estuviera en contra de todo el mundo.
Cierto día, mientras bebía Coca-Cola en ayunas, percibió que había llegado a la meta de lo diferente. Discutió una noche antes las últimas teorías que podía reprochar como si fuesen caramelos de colores. Nada había igual. La lucha extrema con sus padres estaba ganada. Nada de obediencia, nada de convencionalismos, nada de los lunes a trabajar, nada de pagarle al estado, nada de votar, nada de andar entre televisa y fútbol, nada de toros, nada de la virgen de Guadalupe, nada de música grupera, nada de días de guardar, nada de comida light, ni yoga, ni thai chi. Nada. El ejercicio trans distintivo lo agotaba al percatarse de todo como si fuese un movimiento mecánico del día.
Miraba las plazas y las calles obsesionado en no repetirse y en no transigir con las reglas. Veía lo otro. Lo que no fuera como él con un desprecio brutal. Así hablaba él. Así actuaba él. En un momento dado tuvo algunos seguidores. Hombres que querían distanciarse de lo ordinario, pero rompió el pequeño club que se formaba, que tomaba impulso porque sintió que clonaba una filosofía de la alternancia. Los seguidores eran una copia al carbón de su diferencia. Cerró las compuertas de la amistad para instalarse en una vieja casa que fue descarapelando a fuerza de puños. Empezó a ser escritor como si eso lo transportara a una realidad aparte. 
Escribió: “Quienes se consideren a sí mismos personas de bien, seres inteligentes, compartirán mi respuesta a una de las mayores cuestiones de la humanidad —porque todos sabemos que nuestra vida esta signada por los dilemas y las elecciones—. Y no estoy hablando de cuestiones como “¿a quién quieres más, a tu mamá o a tu papá?”. Ni siquiera se trata de dilucidar dualidades imposibles como “¿ser o no ser?”. No, de ningún modo. El gran dilema de la Humanidad lleva escafandra y se formula de la manera más simple: ¿Cliché o extraordinario? A la hora de decidir a qué bando pertenecemos, nosotros los inteligentes de prosapia, elegimos lo otro.
Luego de dos semanas aislado del mundo, despertó de un sueño con las ganas de beber un café. La actitud de la otredad necesitaba sus ofrendas y sus penas. Pero también podía darse licencia para ir a un bar y despacharse la comedia rutinaria de la vida. Calzó sus botas y al salir a la calle un rayo de sol le invadió los ojos. Respiró el aire lentamente, disfrutando cada molécula de oxígeno. Creía haber llegado a la cima de lo inusual, de lo creativo, de lo altamente diferente por lo que se extravió entre la fila de seres humanos que andaban en la calle. 
Con un cierto recelo de codearse con gente, pero feliz, entró a un restaurante para beber el café. Era otro. Era diferente. Era escritor. Era creativo. Estaba a un paso de la genialidad. El mesero le trajo la bebida y él se sumió en el círculo negro de la taza. Sus pensamientos eran gotas resbalando por la cerámica. Diferente. Entonces vino el desastre, un tintineo de trastos lo hizo levantar la cabeza observar el entorno. Lo que vio sólo le pudo causar horror. Un conjunto de hombres, repartidos en diferentes mesas vestían como él, calzaban como él, se peinaban como él, tintineaban la cabeza para que el pelo raspara la nuca; reconoció su cabellera en los demás. Tomaban café, pensando en su felicidad, dubitativos y se miraba unos a otros, también con recelo. 

lunes, 11 de junio de 2012

Una carta


Ella dice que se va a casar con uno de esos hombres de cuello levantado y traje gris. También me cuenta que nadie la acaricia por las noches, y que el otoño lo pasó con frío. De sexo; dos, dos. Sigue la carta entre esas palabras que dicen muy poco, y de lo poco la ansiedad se cuelga dibujando una pequeña fisura en su corazón. Más adelante, en un tachón, como un bozal que arrepentido quiere borrar un pasado finito, apunta un te necesito arrepentido. Me confiesa que al recordar mi voz, el corazón le da un vuelco y me pide que le mande aquello que una vez comencé a escribirle. Ella no entendía la alusión a los venenos; ese elixir milagroso que no tenía por que ser malo, pero que se lleva siempre en las venas. No todos los venenos matan, y en pequeñas dosis entusiasman la vida y los latidos del corazón. Todo eso perturbaba su interior y a la vez le era excitante, porque alimenta su duda de si todavía está a tiempo de cambiar de planes, de desbarrancarse antes de que sea demasiado tarde, o simplemente un poco más tarde.
Aferrada a un salvavidas, pone en mitad del salto un ¿me quieres todavía? Y el despunte hasta el caos es total. Tiene en sus manos un problema sin aparente solución, que se le escapa a sus arrogantes, y un tanto ingenuos, arrebatos de control. Ella buscaba el control a como diera lugar cuando el control es una idea muerta de un presente que nace con sus propias movilizaciones. Ese me quieres todavía no acierta en el blanco, se confunde y se desliza, se altera y se desintegra cuando de golpe piensa en el otro. Y el otro no tiene ni idea de lo que carga a lomos. El sonrojo que había en sus palabras, me hacía imaginar que en ese momento deseaba no haberme enviado la carta, y preocuparse mejor en la parafernalia de la boda, el vestido, los retratos, los invitados la recepción.
Entonces recuerdo la primera vez en mi casa luego de muchos tanteos, de varios acercamientos y sombras tumbadas en la alfombra. No hablaré de los detalles, porque todo mundo sabe como es la primera vez. Pareció de pronto olvidar sus anhelos, desdeñar aquel encuentro de varia intensidad a cambio de una coraza, un bunker a donde van las princesas cuando apuran el último minuto que les presenta la vida. El pretexto era una prisa ridícula, inventada, mortuoria. Una prisa por deshacerse de ella misma, o encontrarse con ella. Y la prisa asume una venganza, para comprimir el amor en pastillas de soñar despierta. Otras voces retozan en la cama. Son pequeños aullidos saltando que piden echarte a correr. No todos resistimos los vapores, ni la saliva de otras bocas. Simple física y química. Los ajustes de presión y de líquidos, donde las parejas suman o desaparecen rondan como una especie de latida. Ese veneno de pequeñas dosis. Se marchó corrigiendo la pintura y desarrugando los bordes de su falda. Apresurada, quiso olvidar el ángel salido bajo las bragas. No pude entonces hacer ningún comentario, no estaba seguro. Las otras veces iba subrayándose y resultó que no me había equivocado. Era la misma historia; ¡muera la locura! Por fortuna salté de rama a tiempo y a otro le toca el cambio de vestiduras.
Es difícil que quieran reconocerlo. Y la factura que pasan es elevada por los daños que les causas, los trastornos que vienen de la edad de los príncipes y los castillos es redonda cuando despuntan al renacimiento. En otro sobre aparece el rótulo de su boda, sin boleto de invitación. Falta un ángel. Menuda fiesta. No sé si salga otro ser alado y brote entre sus piernas, o visite paraísos en la cama. Freno de golpe. En el juego, las víctimas, acaban por demoler los restos de un presente por la vaciedad de un futuro.
Mis hijas me llaman desde su cuarto. Cada una quiere ver una película distinta y tengo que mediar la disputa. Acabamos teniendo una conciliación justa, calmada. Primero va la de Peter Pan y luego la de Campanita. Todos contentos nos volvemos a nuestras vidas de siempre. Aquella carta tenía el fragor de quien acaba de otra manera las trampas que pone el recuerdo, la memoria y la nostalgia. Ella quería regresar unos pasos a un andamio hundido en la desolación del nunca te quise. Quizá el envite era regresarle la carta por un simple juego de pulsos, de vencidas del corazón. Nunca lo sabrá. Tiré la carta y me fui al paraíso con mis hijas y mi mujer para terminar de ver Peter Pan y por quinceava vez Campanita. Solo pude pensar cuando rodaban los créditos de la película. Corre con prisa si la prisa te llega en la cama. Aprender a distinguirlas del resto es mirar por la comisura de sus labios un agujero negro, que cuando sabe que te tiene, te destroza por dentro.

viernes, 8 de junio de 2012

Con su pan



Me rajo con el esplín. Lo que esputo es por mi expectorante. Lo demás son ideas de espetaperro. Así que espeto por la pluma para dejarlos colgados en la espetera. El espejismo de esperar en los escenarios da una espibia al espichar las anécdotas de lenguas espinescentes. Así que prefiero espolear a los esporádicos de la literatura para evitar los esperpentos futuros.

jueves, 7 de junio de 2012

Archipiélago



Ahora recuerdo. Una tarde el mar estaba en mi habitación. La marea aun baja. Hombres a la deriva, empeñados en nadar hasta la única tabla de salvación, un madero podrido en el que me asía fuertemente para no descender a los infiernos. Los hombres peleaban un lugar en el metro y medio de larguero. Mi corazón indecente no quiso echarles la mano. –Ora, perros, a nadar– grité. El azar llevó un tifón embravecido para sacudirme del madero como un toro bronco al jinete. Cuando una ola cambió mi posición. Estaba nadando en aguas profundas. Los hombres dieron unas fuertes brazadas y llegaron al madero. –¿Quién es el perro?– Dijo uno. Mis piernas flotaban entre la densidad marina de la habitación. Una lámpara de mesa pasó flotando a un a lado. Si no muero ahogado, muero electrocutado. Llené mis pulmones hasta el máximo para luego sumergirme al fondo gris. Abrí los ojos. Mi cama, estaba tendida. El closet cerrado. No había otra cosa que flotara. Perdí el minuto de oxígeno haciendo malabares para hundirme bajo el agua. Regresé a la superficie. Un sol entraba por las ventanas. Los cadáveres de mis oponentes los hallé flotando de “muertito” entre la marea de aguas vivas. Llegué hasta una isla, cerca del sofá cama, y estiré todos mis músculos para rendirme en un sueño donde me veo escribir en piyama los rastros de un naufragio interior.  

miércoles, 6 de junio de 2012

La sal



El destino, el mundo o una fuerza poderosa me habían concedido estar en un infierno como el espectador privilegiado, en el escenario de mi decrepitud. Sólo algo mágico, brutal y poderoso sería capaz de sacarme de ese sitio. La magia. Entonces busqué entre mis papeles, entre mis contactos para enlazarme con el otro mundo, ese que se mueve  a pesar de nuestros movimientos. Hallé la tarjeta de presentación de Don Ramiro. Brujo blanco. Lector de cartas. Y espiritista consumado. 
Dudé antes de llamarlo para sacar una cita.
Luego de meditar un rato me decidí. Recordé que había llamado a todos mis conocidos para narrarles la pena de ser un desempleado, de buscar ayuda, consuelo o chamba. Sólo recibí ayes y palabras de lastimeras, —Si sé de algo te llamo— Otras veces mi suerte parecía mejorar. Hubo amigos que se apiadaban diciendo que tenían proyectos para el futuro y que en el futuro estaban colgados como un post it de la lástima. Un tío me dijo que para febrero estaría contratado en un mega proyecto, otro amigo dijo que para un lunes incierto comenzaba a trabajar. Con el tiempo fueron cayendo las promesas y las amistades. A uno me lo encontré en un centro comercial y me dijo su ya merito, ya casi está listo. El tío, por su parte nunca me llamó. Y como suele ocurrir en estos casos, los portazos en la nariz fueron cediéndose uno a otro, con amigos y personas que en otras ocasiones me habían pedido chamba, dinero o favores; entonces me veían como un apestado que les iba a pegar la mala suerte. Otros me quitaron el habla. Los más, ni siquiera respondieron a mis suplicas. Estaba mágicamente jodido. 
Don Ramiro era entonces la respuesta. La cita fue una mañana de invierno. Caminé por la cuesta del Panteón y donde caían las ramas de un sauce, se hallaba la puerta de mi destino. Pregunté a una anciana que vigilaba la puerta por Don Ramiro. Me saludó y me invitó a pasar. Dentro me esperaba un viejo regordete y simpático. En un cuarto que gobernaban imágenes de religiosa y la Santa Muerte de cabecera, me invitó a sentarme delante de su escritorio. Su respiración asmática me distraía. Me contó cosas que ni me interesaban. Yo estaba en silencio. No quería dar la mínima pista que le diera materia para engatusarme, para que me dijera lo que yo quería oír. De plano, sacó una bola de cristal. Miró como si de verdad mirara algo dentro y me pidió 300 pesos. Ya estaba. Necesitaba una limpia con huevos de guajolote. Lo mío no era tan malo, pero estaba lleno de veneno. De envidia. Me convenció. 

Al otro día llegué temprano a la limpia. La anciana me saludó, Don Ramiro me hizo pasar pero me dejó parado frente a un brasero. Ardía el incienso. Comenzó el ritual con rezos y permisos para que vinieran a curarme sanadores de otra dimensión. Entonces tomó los huevos de guajolote y los pasó por todo mi cuerpo haciendo carreteras imaginarias. Oraciones y huevos. En un momento, estalló por mi cuerpo una cascada de sal. “Miré” dijo con sorpresa. —Le echaron sal— Y en ese momento sentí un alivio. Había encontrado al culpable de mi suerte. La sal. Barrió el espacio que ocupó mi cuerpo en el ritual y me enseñó el resultado. Sal, sal, sal. Era un montón que bien ocuparía una tercera parte de un salero de mesa. —Le van a llamar para que salga de jodido— dijo el pequeño hombre. Salí de la casa de Don Ramiro más embrujado de lo que entré. No podía creer en el mundo mezquino, mágico, paralelo a mi creencia aristotélica estuviera lleno de gente que quisiera echar la sal para lastimar el destino y además fuese una réplica de mi vida. Que existieran las personas de comportamiento zafio. Caminé cuesta abajo repasando todos los movimientos del viejo. No había trampa. Estuve salado. Sólo me quedaba recibir la azúcar prometida. Aguardé por unos días la llamada mágica que compusiera mi vida de una vez y para siempre, pero nunca llegó. 
Comencé a ver a toda la gente bajo sospecha. Con miedo de que me echaran la sal. A desconfiar, a tomarme a pecho cualquier comentario. Me bañé con un jabón milagroso que apestaba a Zote. Ungí mi cuerpo con polvos para ahuyentar a las malas compañías. Pero todo ha sido contrario a mis deseos. La vida después de la limpia es una lata de sardinas. Estaba cruda y con una montaña de cosas que ni cumplía ni iba a cumplir por aguardar una promesa mágica de Don Ramiro. La vida, como si eso fuera poco, caía en picada bajo el signo del desastre. 
Han pasado varios meses y pienso volver con Don Ramiro a pedirle que me devuelva mi sal.  

sábado, 2 de junio de 2012

La Roca



Para Mijo y Aidé, que saben de lo que hablo...



—¡A otra zorra con ese mink!- Dijo una perversa Andrea Roca cuando le ofrecieron la Dirección de Producciones Atómicas del Ministerio de Conservación de la materia gris. Había desgastado parte de su juventud en reventarse los nervios con una pandilla de burócratas que sólo buscaban conciliarse con la entonces juvenil madama de la ciencia. A golpe de metralla y fuego amigo, fue escalando posiciones dentro del organigrama para parecer una científica, sin embargo, como ella tantas veces lo había dicho, era una administradora, una publirrelacionista, una mujer decidida y punto. No necesitaba tanto blablabla de ningún académico por más pintado que se plasmara.
Lo único verdaderamente molesto era que le quisieran cortar la cabeza. Quizá era un miedo atávico. Le daba por pensar en las noches que estaría bajo amenaza de científicos locos que querían destronarle el puesto, que tan agriamente había conseguido en las rudas artes de la academia, del saber, de las hipotenusas y las teorías del desencanto. La noche del 25 de abril, cuando la luz de la luna rompía unas nubes meteóricas, despertó con un sudor amargo. Una pesadilla fue la que le robó el sueño. Era perseguida por perros rabiosos, dentro de un túnel hondo. Cuando el primer perro se le acercó a sorrajarle una mordida en la pierna, Andrea Roca se preparó para darle un escarmiento. Se lanzó a cuatro patas y abrió, lo que sería una bocaza enorme, unas mandíbulas que le colgaban hasta el suelo. El dogo, sorprendido por el hocico infame, resbaló sus cuatro patas para meter freno de mano y repeler la agresión. Aunque fue demasiado tarde. El perro ya estaba entre las mandíbulas trabadas de la mujer en una pata correosa del can. El resto de la jauría echó a correr. El sobresalto de la ira la hizo despertar. Enojada porque no había acabado con su adversario, lo que restaba de la noche la pasó en vela. Era un presagio. Algún científico deseaba darle una mordida o peor aún, la muerte.
Llegó entonces a la Institución muy temprano, en contra de sus reglas bien definidas. Para ella no amanecía hasta las nueve de la mañana, luego de un trago de ginebra. Reunió a sus cuatro subalternos. Los encerró en la sala de juntas. Encendió el sexto cigarro del día. Montó una estrategia para contrarrestar un posible complot. La ignorancia mitifica. Uno de sus delfines escribió varios nombres, varios científicos que podían darle una mordida a su carrera en ascenso. Con los años la sangre se templa y apesta la boca. Miró la lista de posibles traidores. Y allí, entre un espacio tímido, se levantó como lunar en la cara del cacarizo, un académico de porte seguro, de galones entrañables y méritos propios. Ese que nunca había pedido un favor. Dijo —Al que no se le pise un callo. Al que tenga lavada la cara. Al de las orejas frías. Un tal, Pedro Galván. 
Por el currículum se trepa a la sospecha. Pedro Galván hombre de mediana edad, de pelo escaso, cuerpo delgado, honorarios de académico, casa en fraccionamiento, hipoteca a quince años, tres hijos y para más señas, cuñado de Andrea Roca. Allí estaba el lunar. Ese era, sin duda alguna quien podría arrebatarle la llegada a la cima. Cuando los asistentes confirmaron la sospecha. Cuando hilvanaron chismes y sobajaron el método científico a mera estructura curricular de alumnos de preparatoria. 
Primero consideraron demasiado que Pedro Galván fuera cuñado de Andrea Roca. Sobre esa premisa, encabezaron experimentos. Le enviaron a una masajista para tomarle fotos y acabar de una vez con un matrimonio de perdedores. Una vez que el brazo derecho de Andrea Roca tuvo en su poder las fotos, le solicitó una audiencia en privado. Lo amenazó. Lo chantajeó, sin embargo Pedro no había aceptado a ninguna masajista. Podía negarlo todo. Querer no es poder. 
   Con sus mañas mal habidas, logró que el consejo del Instituto lo declarara incompetente, loco, distraído. Pero no quedaba claro el mensaje ante los científicos. Asumió que la mordida necesitaba hacerla a la yugular. Una vez que Pedro fue distanciado de sus axiomas, recluido a un cuarto maloliente, frío y sin computadora, los fieles guardianes elaboraron una marca personal. Le arrebataban sus cosas, lo acusaban de plagiar investigaciones, de arrobarse con premios. Una tarde Pedro replicó una sanción de tres días sin salario por irse a comer una torta. Eso bastó para que Antonio La Facha, misigato y misionero de Andrea Roca, llevara las cosas fuera de lugar. El Ministerio Público arribó a su trabajo, le entregó un citatorio y la guerra siguió en los juzgados. Batalló lo que pudo contra las estructuras de la institución hasta que una mañana encontraron el cuerpo de Pedro Galván colgado de la regadera de su casa. Los chismes dejaban claro que todo había sido obra de Roca. Quedaba también claro que en la guerra y en los puestos de poder todo se vale. El consejo de sabios, indignado recapacitó sobre su oferta. Dicen que no volvió a soñar perros y aceptó, triunfal, la Dirección de General de Experimentos. 
– Este mink, si me lo pongo.