martes, 18 de noviembre de 2008

Notas sueltas

Continúa con tu búsqueda, olfateando, sintiéndo. En algún rincón de la infancia dejamos arrumbados los sueños para entrar en la vida con la regla y el número exacto; nos quedamos con la norma y sin el calor del nido que le pone alas al ensueño poético. Imprime, cuadro por cuadro, Jacquot de Nantes, arabescos de infancia en tu película virgen.
La cuestión no está en atinar, sino en modificar la mira.
Cristian Jean.


A punto estaba de romper estos apuntes de juventud. Allá por el principio de los años noventa, en la escamada tierra de nadie. Cuando vivía en León y el acto de escribir me causaba angustia, nieve, desolación. Cuando lejos de un juego amable, era una terquedad que aprieta las manos, lo difícil era entonces escribir un texto fácil. Me deslumbraban con singular alegría, los libros que entonces apresuraba por terminar, los autores que no conocía, los Borges, los cortázares, el amado Vargas Llosa que se desplazaba por las tierras de la literatura como un pez en el agua. Sencillez, sencillez y sencillez. Como un mártir de diccionario apuraba a encontrar las palabras en desuso, buscaba también la precisión de lenguaje, del contenido, de la filosofía. Desenmarañaba mi mundo de preguntas, de los viajes a la tierra ignota de la hoja en blanco. Si me propusiera a cuantificar las noches en vela tratando de revelarme contra el lenguaje, contra las dificultades de los argumentos o las vicisitudes de los dormilones talleres de literatura, contaría en mi existencia con una larga noche a pie del cañón. La piel crepita y uno no sabe donde comienza a desenfadarse, la juventud es un enfado, una toma de consciencia, unas ganas de transformar, de crear de perder y volver a perder. La rebeldía no logra extraviarse, hace apenas unos siete años de eso, cuando de manera arrabalera me entregaba a los lujos humildes del escritor, de un escritor anónimo (¿hay acaso otra condición?). Vigía y oyente, mirón pasivo y escuchador de historias es la constante de lo que escribo. Una vez me dijeron que fuera prolífico. No es así, la pena todavía me hace un poco cobarde, mi desorden, mi molicie, hacen que escriba cuando sólo la mano puede dejar escribir a uno. Prolífico, creador, no creo en atinar al blanco, sino en modificar la mira.

martes, 11 de noviembre de 2008

Archipiélago



Ahora recuerdo. Una tarde el mar estaba en mi habitación. La marea aun baja. Hombres a la deriva, empeñados en nadar hasta la única tabla de salvación, un madero podrido en el que me asía fuertemente para no descender a los infiernos. Los hombres peleaban un lugar en el metro y medio de larguero. Mi corazón indecente no quiso echarles la mano. -Ora, perros, a nadar-. Grité. El azar llevó un tifón embravecido para sacudirme del madero como un toro al jinete. Cuando una ola cambió mi posición. Estaba nadando en aguas profundas. Los hombres dieron unas fuertes brazadas y llegaron al madero. ¿Quién es el perro? Dijo uno. Mis piernas flotaban entre la densidad marina de la habitación. Una lámpara de mesa pasó flotando a un a lado. Si no muero ahogado, muero electrocutado. Llené mis pulmones hasta el máximo para luego sumergirme al fondo gris. Abrí los ojos. Mi cama, estaba tendida. El closet cerrado. No había otra cosa que flotara. Perdí el minuto de oxígeno haciendo malabares para hundirme bajo el agua. Regresé a la superficie. Un sol entraba por las ventanas. Los cadáveres de mis oponentes los hallé flotando de “muertito” entre la marea de aguas vivas. Llegué hasta una isla, cerca del sofá cama, y estiré todos mis músculos para rendirme en un sueño donde me veo escribir en piyama un maldito blog que nadie lee.