martes, 24 de noviembre de 2009

Sor Juana

Cuando mi esposa llegó de la escuela y me dijo que mi hija había alzado la mano para representar a Sor Juana Inés de la Cruz, todo me pareció confuso. Una niña de tres años iba ponerse los hábitos y a representar a Sor Juana dentro de las efemérides del mes de noviembre. De inmediato pensé en la forma de hacerla memorizar las redondillas. Pero no podía imaginarme a mi pequeña recitando: si con ansia sin igual/solicitáis su desdén,/por qué queréis que obren bien/si las incitáis al mal?
Me miró con sus oscuros ojos verdes y me dijo que ella iba a disfrazarse de Sor Juana. Ya lo veía venir. La pregunta preguntona. ¿Y quién es Sor Juana papi? – una señorita que era poeta- pensé la respuesta más fácil- ¿y que es un poeta?- ella arremetería con saña.
Entonces, antes de que la sangre llegara al rio, recapacité en la respuesta. Los niños son prácticos y simples. Libres, para más señas. No necesitan tanta verborrea para delimitar las cosas que están a su alcance. (¿Y quién lo necesita?) Una pregunta que siempre toma por asalto algo más que la razón, los cabales. ¿Qué diablos es un poeta? Me convirtió la pregunta en un montón de situaciones como si levantara un puño y me diera un gancho al hígado. Esa revolución me dio por pensar en levantar una encuesta para llegar a la respuesta más simple, práctica. Un poeta es… entonces me lo tomé a pecho. Supe que no las traía a todas conmigo, que las respuestas iban a aparecerse con una serie de contradicciones y más preguntas que serían un berenjenal y que seguro mi pequeña, a la segunda oración iba a pensar en pintar una rana antes de recitarle todas las bondades que tienen la poesía y los orígenes del ethos, aquel lugar donde habita la poesía y no sé cuantas barbaridades.
Para ella un globero hace globos. Entonces llegaría a la conclusión de que un poeta hace poesía. La poesía no está a la vista de un globo de color rojo que pudiera representarse así nomás. Ni vuela en el aire y quizá sea un estado mental. Entonces me preocupé porque comencé a pensar como adulto, ya se sabe, lleno de formas y maneras disfuncionales para comunicarme.
Comencé a sentirme alejado de la poesía, traté de hallarle la cuestión inmediata, la que nace con el día a día. El globo rojo. Miré la serie de telebasura, los medios de comunicación basura, los juegos basura y di con la cultura basura, esa que a los políticos les ha dado por hacerla pasar en lo oscurito para dejarla en el olvido. Esa que no entran en los planes ni en las promesas de campaña. Esa que se contempla el objetivo sólo para las becas y los premios, pero que no se mete a la médula de nuestra sociedad; no hace falta más que revisar puntalmente lo que nuestros ínclitos neo gobernantes propusieron en materia de cultura para allegarse al cargo. Nada. Y lo que es peor, ni falta les hizo. A pesar de que eso, este hecho genera una actitud discriminatoria y penosamente ignorante.
La poesía (como el arte y las actividades culturales) necesita un foco de contagio. Por ello, a diferencia de quienes creen que el Estado no debe ser el único animador de la cultura, yo creo lo contrario. El Estado sí debe ser el foco de contagio. Existe una larga tradición del Estado mexicano como animador. Y el problema del Estado en esa larga tradición, no ha sido la de un mal promotor, sino la de un pésimo divulgador.
Encontré una afirmación de Juan Domingo Arguelles, y parafraseando al autor, queda claro que para la poesía (las artes en general) necesitamos la necesidad. Y es ésta la que no sabemos cómo impulsar para que fluya entre nosotros. Lo que sí podemos intentar es mejorar las condiciones para que surja. Y para eso necesitamos métodos y compromiso. Y todo lo demás es noble, pero a la vez simple y llana teoría.
Entonces llegó Natalia. Me enfrentó como suele hacerlo. -¿Qué es una poeta?- entonces miré al cielo para encontrar la mejor respuesta (uno siempre mira al cielo) y en un impulso desordenado, mis ojos volvieron a su rostro, que inmóvil esperaba una palabra que la devolviera del pasmo. Recorrieron su pelo enroscado y en el delta de su boca, un relámpago me atravesó el estómago. Una pequeña mano tocaba mi rodilla, y así, de un tajo le dije que una poeta hacía poesía y que la poesía era lo que sentía.
Giró su cabeza a un lado y dijo: - ¡Ah sí, ya lo sabía!
Y se fue a dibujar una rana.

martes, 17 de noviembre de 2009

Barcelona en las rocas

Les presento a mi hija nonata y a su abuelo bastardo; este es un fragmento de la novela en la que estoy trabajando, y que en contra de mi cábala, les hago leer (bueno, mínimo llegar)Tentativamente llevará por nombre "Barcelona en las rocas"
y viene al caso por aquello de que ha salido a la venta el nuevo disco de Joaquín Sabina...


JOAQUIN SABINA EN EL REPRODUCTOR
No recuerdo ni la fecha ni el momento exacto; sólo recuerdo comenzar a tararear una letra de Joaquín que venía desde el corazón. Pero creo que fue cuando cumplí dieciséis cuando escuché por primera vez la canción de Caballo de cartón y supe de la existencia de un bendito narrador con rimas consonantes. Vivía entre la Juárez y San Fernando. En la era de las cintas magnéticas y los vinilos de cara negra. De madrugada abrí el celofán que cubría la portada del disco de Joaquín Sabina y Viceversa. El mini componente soltó de sus bocinas un gis apenas perceptible para la punta del diamante con bracito metálico de la torna mesa que roía la virginidad del vinilo. Pasaron las canciones y entendí que hasta ese mismo segundo no sabía escuchar nada a mí alrededor.
Entonces y hasta hoy no entiendo gran cosa de las tendencias de moda en la música, ni de los ritmos, formas o estridencias y la verdad poco me importa. El paraíso prometido lo hallé en la tinta de Joaquín. Me convertí al Sabinismo (o lo inventé) por falta de padre; convertí a los paganos a fuerza de citas sabinianas y bautizos de canciones que hasta entonces sus mentes habían descubierto. Hubo quien halló el sendero y quien quemó las naves con Luis Miguel. Condené a sus detractores como retrasados mentales. Pasé por un acto de fe que me iluminó la vida, o la oscureció, según la vía por la que se ande. Fue un acto de fe porque nadie, ni nada me incitó a conocer el exordio de Joaquín Sabina. Estaba lloviendo esa tarde y tomé el disco que una semana antes había comprado. En una reminiscencia líquida regresa ese momento, al ver la pila de novedades y las portadas de músicos plastificados fui a dar con Sabina. No tenía alardes publicitarios en la fotografía principal, apenas una batería cubierta con una luz en tonos metálicos y el título Viceversa con luces de neón rojas coronando el previo de un concierto vil y vulgar en los trashumantes años ochenta. Confié en la portada desvalida, que allá por las hileras de importación danzaba como una mosca en la nieve. Nadie me dijo una maldita seña del autor, entonces me arriesgué a gastar mi semana en un disco doble de un cantante, para mí y para muchos mexicanos, desconocido. No lo quise escuchar de momento. Tenía mi ritual. A la fila de espera hasta que viniera una tarde de soledad.
Desde entonces he sido fiel a una extraña religiosidad que condicionó mi libertad o liberó mi condición de vaca pastando en verano, qué se yo. Y no es poco. Hablaba de un país que no conocía. De historias míticas y mitóticas abriendo las fauces cariadas de una sociedad que se exacerbaba por las palabras coño, culo, mierda… Las canciones de Joaquín me expropiaron el espanto, la timidez y me llevaron a ensañarme con las palabras como con el pubis de mi mujer. Oh Dios. Como olvidar a los infieles, los listos de siempre, los engomados intelectuales que le ponen trabas al Mesías, o que lo ultrajan, tomándolo como bandera para intelectualizar la estupidez de su humanidad. Sabina es cutáneo. O lo sientes o lo olvidas en una pista de baile.
Pasé del soñar al hacer. Convertí las letras en un apostolado, en un Máster del deseo. Comencé a darme mi tiempo para encontrar las reliquias de mi corazón. Comencé a descubrir lo que sabía. El mester de juglaría en contra del mester de clerecía. Lo sabinesco al punto y seguido me representaba una vida llena de excesos y mundos continuados, paraísos sin promesa, despedidas de locura. Como la nicotina, quise probar más y más seguido de lo que hablaban en una práctica de ensayo y error. Como un explorador quise llenar de sentido la poesía; saber a qué saben las camas vacías, las despedidas, los paraísos perdidos y las vueltas a casa al amanecer.
No recuerdo otra música.
Nací con las canciones de Sabina.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Legado de Radio

banner_negro

Conocí a David a el “Negro Guerrero” cuando dirigía Radio Universidad de Guanajuato. David era generoso y animado, en las inútiles discusiones del sistema de radio universitarias, siempre su voz era provocadora y retadora. Una vez  Fernando Escalante me dijo en voz baja, que David comía fierro, mientras aplastaba (no era difícil) con sorna e ironía, las propuestas de la directora de radio universidad de Baja California en una reunión nacional. Sin embargo, estrechamos vínculos cuando recibí el Premio Fernando Benítez. Unos meses antes, le había obsequiado un ejemplar de mi libro, que creía que lo echaría al olvido, pero en cuanto me vio en la recepción del hotel sede, recordó que le habían gustado mis cuentos y eso siempre se agradece. David era un apasionado de la literatura y de la palabra. Era, lo que se conoce como un excelente periodista cultural, de esos que no se hallan por el bajío. Un investigador, no un relator de espectáculos. Un literato, no un turista de las letras. Un soberbio escritor, no un rasca columnas de quinta, por eso supe que tenía mucho que aprenderle.

FILNAT16

Recuerdo perfectamente que luego que me notificaron la noticia del premio Benítez, una de las primeras voces al teléfono fue la del buen Negro. Al arribar a Guadalajara, el fue quien me echó la mano, me conectó e hizo una entrevista dándole la valía al premio, (dicen que entre indios no hay flechazos, pero la verdad fue que en mi tierra, los medios hicieron como que no me conocían. Igual que la Universidad de Guanajuato, luego de ganar el premio me trataron como si les hubiera mentado la madre)

El legado de David, es la palabra en la radio. Las palabras que vibran, la verdad siempre caliente. Comprendía que la única regla de la radio, es gustar. El hombre gustaba, razonaba. Volcaba la imaginación y el intelecto, la sorna y la paradoja como aderezos a sus charlas. A la radio le hace falta ese duende, esa línea que no está escrita y que sólo aparece en gente como él, con esa pasión y empeño desenfadado por hacer lo que les gusta, y lo mejor, hacerlo bien.

El Negro escribió en una de sus últimas columnas en el Informador de Guadalajara lo siguiente:

Estoy pasando poco más de 30 días de inquietud. Todo debido a una situación de salud que, tal vez por incapacidad médica o mala fortuna para mí, se complicó al grado de que mi ánimo fue sacudido de manera muy fuerte, pero a la vez positiva. Nunca me ha quedado más que claro que “vida sólo hay una”, y de que de nada sirve de que uno esté gozando de bonanza económica o que esté transitándose por días de jolgorio y celebración si no se está bien de salud.
La salud y ya. Pero más allá de ésta muy personal reflexión (no faltará aquél que diga “¿y a mí qué demonios me importa lo que le haya pasado a este tipo?”), de lo que sí me puedo considerar afortunado -además de haber salvado la vida- es de tener la oportunidad de leer, poner el rimo de los días a casi 30 kph y disfrutar de las tranquilas tardes que todavía se viven por el rumbo del barrio de Cruz Verde -o de la Sagrada Familia-.

Chao Negro…