jueves, 28 de noviembre de 2013

Daiquirís para Ibargüengoitia


La obra de Jorge Ibargüengoitia no es una serie de libros expuestos en la fila del librero con el afán de combinarlos con el tapiz y la alfombra o para ser leídos una vez y dejarlos como la pata de la mesa; el lector no lo vive como una obra literaria, sino como una experiencia de fascinación. En ellas jugamos todos, el lector, el autor y los personajes. Los juegos que tiene Jorge desde que abrimos alguno de sus libros, nos hacen pensar que lo que ocurre no es cierto, sino increíble. De la mano vamos creando un universo que se parece a la realidad pero que no es real, misterios que nos hacen anteponer una negación. Situaciones absurdas, que por su misma naturaleza nos alcanzan, nos descifran nuestros códigos más íntimos como sociedad. Nos enseñan a burlarnos frente a un espejo, que no parece espejo, sino anunciación de una caricatura. Caricatura sí, pero una caricatura nos muestra algo más que el estado mismo de las cosas. La paradoja, la risa y la reflexión parecen ir de la mano.
Cuando Jorge expone una historia, no desea realizar un chiste, el ya lo dijo, es una manera de ver la vida, un lente donde él ve las cosas y las transforma, sin embargo, no solamente las transforma, nos transforma.
La risa es una defensa contra lo intolerable. También una respuesta a lo irónico, una solución no menos absurda. Lo verdaderamente cómico es que todo sea como es; la maldad es doblemente terrible porque no tiene pies ni cabeza, las ambigüedades, la impunidad, los temas profundamente morales vueltos una crítica a un país donde las ambigüedades son agua corriente; la corrupción, el dedazo, el protagonismo, los abusos de poder, la burocracia, eran temas que Jorge manejaba, no como mero pretexto, sino como una realidad manifiesta y preocupante, donde el vuelco de las cosas es evidente y por evidente absurdo. Ya para entonces la visión de Jorge advertía la conducta indigna de un partido político encimado en la patria; la desacralización de los héroes, la revisión de los movimientos sociales más importantes para la vida política e histórica  de México como la independencia y la revolución, en obras que, en más de una ocasión, lanzaron como balas, críticas a los sistemas sociales.
Para quienes conocemos la personalidad de Jorge Ibargüengoitia a través de sus obras, sabemos que  está más vivo que nunca y su vigencia se muestra desde el palpitar de los cuentos y novelas, escritas con gran economía verbal, pero contrastadas con la fluidez de sus historias, recapitulaciones y retratos de una sociedad a la que le duele burlarse de sí misma, o prefiere no burlarse.
El hombre, los hombres son un problema, un misterio. En el arte de la novela, la materia prima que nutre esta actividad es la naturaleza esencialmente misteriosa del ser humano. Contradicción y retroceso, son los anuncios en la obra de Jorge; la contradicción humana como síntoma de esa irreverencia ante lo que nos sucede y no podemos apelar, aparecemos como víctimas después de abrir el telón, situación que en el fondo tiene una profunda verdad; culparse a sí mismo es un acto heroico, extravagante. Culpar al destino, es la tranquilidad de nosotros mismos. Jorge encuentra la manera de observar, mirar tenazmente a la naturaleza humana por la vía de las cosas sencillas que le ocurren a diario; desde una discusión con la dependienta del supermercado, hasta la resolución del peor crimen policiaco en Las muertas. Pero a raíz de esta visión, la ironía y el sarcasmo se ventilan como una luz en medio de la niebla. Nos reímos del suceso, y siempre el  silencio acompaña una reflexión, un si es cierto.
No hay nada más difícil que escribir sencillamente, y Jorge lo logra a lo largo de toda su obra, tanto periodística como literaria; la maestría y el estilo genuino y devastador proveen una imaginación inagotable. afirmo esto porque después de asombrarse con la obra de Jorge, la sensación precipitada de mirar poco  los hechos cotidianos, nos hace parecer ciegos frente al extenso transcurrir de situaciones y cosas fabulosas a la vuelta de la esquina.
La caja de resonancia es amplísima, tanto que los hilos de sus historias oscilan en torno al encuentro del erotismo, a la búsqueda de las cosas maravillosas entre lo ocurrido en una mesa del café o la cita frustrada con una mujer. Esto de la frustración amorosa es una vena utilizada frecuentemente en la obra, tanto en Estas ruinas que ves como en  La ley de Herodes, el protagonista sufre el desencanto a raíz de formular mundos apartados de la realidad, o producto de una mala lectura de esa vida que se vive en la paradoja de Ibargüengoitia; la decepción puede ser producto de mirar equivocadamente; el lamento hace de sus personajes una reivindicación poco habitual cuando reconocen sus errores. Los pasajes más crueles de cualquier obra de Jorge son en contraposición los que hacen reír inevitablemente. Esa fatalidad social impresa por la visión de Ibar es, simultáneamente y sin proponérselo, el retrato de un México, uno entre muchos. El retrato de personas comunes y corrientes, de pasiones comunes y corrientes que hasta los intelectuales más peinados disfrutan sin tapujos.
Responder a la vigencia de la obra Ibargüengoitiana, es reconocer el absurdo ir y venir de nuestro México. Es vigente y México contradictorio. Si Jorge es humorista, también es un moralista.
En este tiempo y su mal crónico; la tristeza y la extinción del hommo ludens, brilla en intervalos cromáticos, nostálgicos,  la figura desgarbada y sincera del autor Guanajuatense; criticado, incomprendido y azotado por su generación y sus contemporáneos; Jorge Ibargüengoitia le pone sabor a carcajada y a síntoma de reflexión a un tiempo entristecido. Inventor de sí mismo, visionario del mundo real, cotidiano, y sufrido, ha dejado a su paso, con sus obras, la relajación y el relajo mexicano a costa de las desfachatadas apreciaciones de lo que ocurre en torno a lo mexicano, a lo provinciano, a lo que huele a hipocresía y falsa erudición.
Esos estertores de risa que abren en sus páginas y se desmoronan en cada vuelta, donde su obra se convierte en un humanismo candente y puro, reflejo de una sinceridad de cara a sí mismo. Un autor que antes de dejarse convencer por los límites del síndrome de vaca sagrada, fue ante todo un ser humano, mirón y quejumbroso, muy a su manera y muy a pesar de todos. 
Por Jorge Ibargüengoitia... ¡Salud!


lunes, 11 de noviembre de 2013

Sabina 20 años

Sabina a 20 años


Cuando conocí el nombre de la gira “Canciones para la crisis” y supe que no presentaba nuevo disco, pude advertir que estaba frente a uno de esos recitales de Joaquín que no me desalentaría. Aunque de verdad, lo digo, ninguno lo ha hecho, pero cargaba a lomos de la emoción una incógnita de lo que vendría para la noche del 8 de noviembre: ¿Qué Sabina, a lo largo de veinte años de ir a sus conciertos, se lanzaría al ruedo?
Luego de la Orquesta del Titanic, venía, en nado trasatlántico un naufrago, diciendo que hay canciones para la crisis. Y entre toda la geografía donde ha puesto, a lo largo de veinte años, sus canciones en los escenarios mexicanos, donde ha brindado el corazón, visitaba como forma diferencial, aquellos lugares en los que no había tocado jamás. 
Recordé de súbito los sitios que había pasado las mejores horas de mi vida de conciertos; en Querétaro, en Aguascalientes, en el Auditorio Nacional, en la explanada de la Alhóndiga , en el Palacio de los Deportes… 
¿Cuál de todos los Sabinas vendría a León, mi pueblo natal? 
Y entonces ocurrieron los pequeños milagros. Esos que hacen que en tiempos de crisis las cosas sucedan. Entre los atascos de la autopista León Guanajuato, una fila interminable en el López Mateos y dos tránsitos que me hicieron la señal para que pudiera avanzar sobre el carril de autobús, llegamos con tiempo. Una vez que estábamos en la fila, las cosas caminaron sobre una alfombra de seda. 

“Que sepan que el final no empieza hoy”

Entonces, sin aviso, todo vino de frente con un latigazo de adrenalina. De pronto. Fue como si los límites de mi humanidad se hubieran borrado. Pancho Varona, Pedro Barceló, Antonio García de Diego, Mara Barros… recopilaron una lista de canciones que no son habituales en los conciertos de promoción, pero que fueron, paso a paso, haciendo el muestrario de veinte años de pisar escenarios y de recolectar recuerdos, huellas e imágenes que decoraron los momentos más importantes de mi existencia; la imposible adolescencia a tono de "con la frente marchita" y el pasaporte de la edad adulta a grito de “Peor para el sol”. Cantar las canciones del lado B, en concierto son, así de simple, sobredosis de pastillas para soñar. Un golpe de Karate para este cinta amarilla avanzada. 

“Tan Jóvenes y tan viejos, muera la muerte”

Salté como un naufrago a unas aguas broncas de mi memoria, donde imágenes y pasados me volcaron a la persona que soy. Ya lo he dicho. En el soundtrack de mi película siempre he editado al Joaquín Sabina, porque me ha dado la gana, que más, contra gustos, nada escrito. Entonces los primeros pulsos contra el olvido comenzaron a tensar las manos, los brazos. El Sabina que se presentaba estaba siempre allí, en el origen de aquel setentero Inventario, el que no ha cambiado, el que ha perseverado en “contra de todo pronóstico”. El poeta, (chínguense a los que les arda esta palabra) el Quevedo moderno y su pluma en ristre. El máster de juglaría, de la rima consonante. El que canta y da cuenta de esa materia del alma en la que muy pocos han narrado sus mitologías. 
En viaje directo y sin escalas, ese primer acorde me llevó a cotos privados que había dejado en añejamiento en barriles de roble. Con la canción de Viridiana, supe que ya nada iba a ser igual para la vida de este menda ni para muchos que estuvieron la noche del ocho. 
Porque Sabina, como un viejo vaquero que se tira a duelo sin otra arma que la poesía y que atina en el centro del corazón ya no es un joven aprendiz, sino ese maestro con alas en los pies…
El Sabina que estaba en el escenario dijo, fiel a su discurso, vive.  
Fiel a su contradicción dijo, disfruta.
Fiel a su Sabinismo, dijo déjame cantar.

Allí estaba. Sabina, ese que canta…





No dejes de visitar este blog de Arturo con una crónica del concierto en León...

http://auramiles.wordpress.com/2013/11/11/el-rock-and-roll-de-los-idiotas/

martes, 27 de agosto de 2013

Sara cinco años

Esta entrada del blog tiene cinco años. Mañana Sara mi hija menor, celebra la llegada a esta tierra. Va de nuez.


Sara

“Los amigos no son los que queremos que lo sean, sino los primeros que están allí.”

Hace apenas una semana, Sara llegó a este planeta tierra. Me dio a luz. Empeñada en habitar con terrícolas de todas las clases, de todas las raleas, de todas las formas, ha hecho de cada minuto de su existencia una experiencia de vida. Empeñada en conocer este mundo, que sin ser el ideal, puede ser hermoso, me dio la luz. Sara tiene apenas ocho días de habitar el planeta y ha tenido que luchar contra viento y marea para quedarse, para escribir su historia. En el vientre de su madre le prometí otra cosa, le hablé de su familia, de su hermana, de su casa, de su perro. Le dije que la pasábamos bien. Que una vez que llegara, nos divertiríamos como enanos, como gigantes, como niños. Que sólo se trataba de que asistiera al momento de su nacimiento.
Ha surcado una semana con suero, enfermeras, hospitales solitarios, sondas, los pasillos héticos, las enfermeras vestidas de color pastel, los médicos y su palabra preferida “estable”, los rincones de la desesperación, antes de conocer los brazos de su madre. Ha aprendido, así, de pronto que en este mundo hay que pelear, que hay dolor, que es cruel y no tiene piedad. Ha luchado contra todo y contra todos; cada respiración es una gran victoria, cada movimiento ha sido un salto mortal. 
Había pensado narrarle todo lo que vale la pena para que no desista en la lucha, llenarla de consejos paternales que mostraran el camino, sin embargo, hoy, un bebe de sólo ocho días de nacido me enseñó, mientras la cargaba, que la vida es esperanza, es lucha, es coraje, es no rajarse. Me dejó mudo.
Gracias Sara, me diste a luz.

¿Quién te lo manda?

"¿A vos no te pasa que te despertás a veces con la exacta conciencia de que en ese momento empieza una increíble equivocación?"
Julio Cortázar

¿Quién te lo manda? era una de las frases favoritas de mi abuela y la decía cuando todo se echaba a perder después de los resultados, generalmente desastrosos, de alguna iniciativa propia a la que no le veía futuro y que estaba condenada, desde su origen, al fracaso.
 Sólo había una respuesta posible, tramposa, dolorosa que la abuela esperaba con alegría… Yo. 
Yo me lo mandaba y yo me lo hallaba. 
Cuando escucho el alarido interior del “¿quién te lo manda?”, es porque algo no salió bien o mínimamente hay consuelo de una victoria Pírrica que pocas veces puede saborearse.    
Escribir literatura es uno de los trabajos donde se acomoda el quién te lo manda de la mejor manera, porque “Nadie te pide que lo hagas”.  
A diferencia de otras actividades donde existe una necesidad práctica para intercambiar bienes y servicios, donde primero se pide y luego se hace; el trabajo de escritor es por fuerza al revés. Primero se invierten varios meses de trabajo, muchas horas, desvelo y penurias y después, cuando parece que todo está en orden vemos que se dedican las mejores horas del día, los fines de semana, las noches de descanso, y sobre todo los mejores años de la vida.
Puede ser que nunca se llegue a obtener un beneficio material, que el trabajo desarrollado destile el amargo olor del archivo de computadora o el impreso original que queda en el cajón del escritorio. Una vida dedicada a la creación paradojicamente, se acompaña de ausencia. De nostalgia.  
Y aquí aparece un personaje exótico que provoca, mejor que nadie, el quien te lo manda: El editor; un editor que tiene la magia, el secreto, la tábula rasa de valorar el trabajo no pedido y echar en cara a uno que no es lo que se desea. 
Una vez no conocí a una editora a la que le presenté un trabajo y en cuestión de cinco semanas, de manera informal, y por una tercera persona a la que le escribió algo así como que mi trabajo era como… que no era fresa… que estaba bueno para otra editorial… en conclusión, que no coincidía con la línea de historias de vampiros amorosos, zombies arrepentidos, narcos, migrantes o norteños. 
¿Quién te lo manda? Resonó de nueva cuenta por la cabeza para escupir lo primero que se me viene a la mente. Escribir y aspirar a la literatura es una manda que transpira del corazón. Uno es también “escrotor”. Y leo el poema de Eternidades de Juan Ramón Jiménez: 
“¡Inteligencia, dame / el nombre exacto de las cosas! / 
…Que mi palabra sea / la cosa misma, / creada por mí nuevamente”.
 Y allí mandan otras instancias como la vocación, como el desprendimiento, como la entrega. Y finalmente, vuelve a mi mente lo que esperaba escuchar la abuela. 
_¿Quién te lo manda?
–Yo.
–Entonces, ¡aguántese!


jueves, 28 de febrero de 2013

Gracias


Gracias
Fotos de Olivia Vela
La presentación de una revista es el colofón de una serie de actividades que preceden al encuentro con el público lector. Es una fiesta. Detrás de las páginas impresas existe una larga procesión de labores y afanes que involucran a mucha gente. Por delante la labor del creador. Es en principio el trabajo medular para cualquier publicación. Las horas, los momentos y las dificultades para llegar al punto final exigen entrega, compromiso, dedicación  y un trabajo que es muy mal remunerado o visto de otra manera un trabajo sin horario fijo, seguro social ni prestaciones y eso ya nos pone contra las cuerdas. Por eso digo gracias señores escritores por la confianza depositada en la revista, porque la entrega de sus textos supone que llegarán a buen puerto, a buena página y a buena gente.


Fotos de Olivia Vela

Como editor uno deja de sufrir cuando la publicación física llega a las manos y uno puede oler y hojear sus entrañas. Y entonces  viene a cuento la organización de un evento digno, que implica muchas horas de atención a los públicos deseados, a la gente a la que hay que llegar con la buena nueva de una publicación. Y entonces esa convocatoria se convierte en la punta de lanza para que exista un destinatario y se celebre la presentación. Gracias a Merit Maldonado por la dedicación y el esfuerzo en esta empresa cultural desarrollando el trabajo  tan necesario como manejar la herramienta de difusión, convocatoria y creación de públicos poniéndole el corazón y su experiencia, pero sobre todo haciéndolo de manera diferente a las formas habituales de la promoción cultural (gracias, gracias, gracias), que parecen implicar una regla mortuoria: que no asista nadie. Gracias por llenar los escenarios (desde el libro Horterada hasta Ficcionalia, no hemos recibido menos de 50 personas por presentación, además de agotar los libros en cada evento) gracias totales Merit.
Fotos de Olivia Vela
Gracias a Olivia Vela por las fotos, a Gloria por el apoyo, a Edgar Morales por su incontestable solidaridad…
Gracias por supuesto a todos los amigos y asistentes que calentaron la Mina de la Valenciana con su presencia, su corazón y su esfuerzo por estar allí. (Estuvo muy bueno el vinito por cierto)
Gracias a Rolando y Ada que están promoviendo una empresa cultural fundamental y honesta para la cultura de la región. Es un tanque de oxígeno para la memez que nos agobia por parte de las autoridades culturales. Gracias por el apoyo y el impactante lugar de la Mina de Valenciana donde dejaron correr una apuesta literaria.

Gracias.

domingo, 24 de febrero de 2013

Rumbo al 27 de febrero...

Número 4 de Arengador. 1993

Hace más de veinte años puse en circulación una revista literaria llamada Arengador cuya única pretensión era publicar a quienes no tenían acceso a las páginas de ediciones institucionales en la región. Nada más. Ese impulso juvenil intentaba encontrar un escenario lejano a las tradiciones letradas y a la inercia de la promoción cultural, para driblar los escenarios funerarios de las maneras de publicar literatura.
Tenía apenas 19 años y un puño de ganas. Con eso inicié el proyecto y con eso lo seguí hasta el final. Un par de buenos amigos que nada tenían que ver con la tarea literaria, (y me refiero a que no era su vocación, porque en tal caso yo también era uno que no estaba en el ajo de la cultura, pero estaba convencido de ser escritor) empujaron de sobra el primer ejemplar.
Fueron sumándose, con entusiasmo, jóvenes poetas, narradores y articulistas. También  se mezclaron pintores, diseñadores, fotógrafos juveniles que aportaban al espacio de Arengador una huella divertida y ligera.  Con mis amigos nos reuníamos a pegar los textos, a juntar los gráficos y a reunir un montón de papeles que a golpe de corrección y garabatos quedaban listos para una edición final en la imprenta del Nacional, con Hilda Anchondo, que afinaba la publicación con grandes esfuerzos.
Sobra hablar de la calidad. Hubo de todo pero un responsable: yo. (Ya cerré la oficina de quejas hace 16 años)
Presentación Arengador. Agosto 1992.
Entonces nació en ese impulso, otro mandamiento: no depender de ninguna institución que hiciera, produjera, manipulara o se jactara de promover la literatura, menos aún si olía a gobierno. Era de plano una publicación alternativa. Iba a moverse con sus propios medios. Hace veinte años no había redes sociales, por lo que se debía de distribuir de mano en mano, de café en café y a costa de los artistas que regalaban la publicación a sus círculos cercanos. La publicidad, que realmente fueron cuatro patrocinadores fieles (gracias tía Estela por creer en ese pedazo de letras), quedaban en la última página para no romper el contenido.
Sin imaginarlo, aparecieron 12 números a lo largo de 4 años. Fueron muchos las personas que publicaron en las páginas de la revista. Unos siguieron el camino de la literatura, otros el del periodismo y muchos más orientaron su vida a otra cosa.
De izq a der. Ricardo García, Julio Castillo, Federico Rábago,
Rodolfo Hörner, Juan Francisco Rocha. 1993. UIA, León.
Cuento todo esto porque luego de veinte años de ese sueño con Arengador, nace otra pasión llamada Ficcionalia; nieta de Arengador, tiene su apellido alternativo. No posee otra finalidad que la de publicar cuento. No quiere estar en circuitos intelectualoides, ni recintos oficiales porque creemos en una cosa: el arte no es patrimonio de nadie. Porque la literatura es de quien la trabaja y de quien la lee. Ficcionalia depende de si misma para sobrevivir en el mercado. El precio de tapa, es el coste de producción, por lo que no contiene publicidad. Ficcionalia aprendió de Arengador que debe de estar en otro sitio, y no en las catacumbas de la cultura.
Recoge autores conocidos y desconocidos. Jóvenes y viejos que han trabajado con el cuento.
De Izq. a Der. Julio Castillo, Ricardo García y Benjamín Cordero.
1993. Galería Guanajuato.
Y me pone nervioso, como hace veinte años, presentar la revista en sociedad. Abrirle las puertas a lo que venga. Hace veinte años la juventud y la valentía eran una sola cosa. Hoy me pone tenso empujar este proyecto que felizmente no sabe a dónde va.
Gracias por la compañía.

Los espero el 27 de febrero a las 18:00 hrs en el Museo de sitio de la Mina de la Valenciana.

viernes, 11 de enero de 2013

Sueños de fútbol



Esta historia va más o menos así: era el tiempo en el que  yo soñaba con ser futbolista y dedicaba gran parte de mis tardes a sustituir las tareas de la escuela por juegos de fútbol callejero.
La plaza de San Fernando era el empedrado sagrado que emulaba el estadio Maracaná o al Azteca. Allí, en el cuadrilátero pétreo de loza moteada, serpenteaba una cancha imaginaria perfecta donde cada tarde se instalaban las porterías nomás sonaban las seis con los campanazos de la iglesia de San Roque. Señalábamos los travesaños con suéteres separados uno del otro por diez pasos medidos y reglamentados por el ángulo que formaba los pies del Vala.
Con el clásico volado, se iban armando los equipos; el ganador iba de mano para escoger al mejor jugador, que siempre era el delantero o el portero y así, en equilibrio de fuerza, se integraban dos bandos. Los últimos, se sabe, eran los rellenos del equipo que corrían felizmente tras la pelota, generalmente sin tocarla.
Disputamos miles de batallas plazueleras, largos partidos de fútbol, incontables gol-para cuando no se completaban los equipos. Era el tiempo en que Hugo Sánchez me hacía estremecer cada domingo que trasmitían el programa Acción y podía ver la cuadra del “Buitre” Butragueño que bailaba jotas trasatlánticas en un palmito de campo para desternillar al oponente; los años de la imagen de Maradona, en su versión italiana, cuando alzaba los puños al cielo al anotar un gol; era el tiempo del Cabo Cabinho desgañitando gargantas de panzas verdes los domingos al medio día.  
Así, puntualmente los lunes, luego de mirar el capítulo de Birdman o Batman, salía a la calle para  imitar gambetas, taquitos, chilenas, túneles y demás crema futbolera por el gusto de acariciar esa pelota de hule rojo chut- 80 que vendían en las tienditas de la esquina como caramelos de colores.
Entonces también soñaba con que algún cazador de talentos se iba a asomar al campo sagrado de San Fernando y descubriría mis habilidades como delantero. Allí, en la plaza de todas las tardes, pero también, con pesadillas frecuentes, me daba de canto con una realidad pura y dura; ningún futbolista de la ciudad había despuntado como para hacerse profesional. ¿Iría a la ciudad un cazador de talentos? Pensaba que de plano, en algún momento, pasaría un fin de semana para visitar las momias y podía cazar una futura estrella de fútbol rescatada de las calles chuecas de Guanajuato.  
La parafernalia del mundial de México 86 traspasó las fronteras de la Ciudad de México y Guanajuato albergó a la selección francesa de fútbol. Las glorias pasadas no se hicieron esperar y vino el recuerdo de los viejos cuando el Brasil del 70 cubrió de gloria una ciudad olvidada. Las piernas del Rey anduvieron por las callejuelas de la ciudad; en la efervescencia, un amigo me regaló una foto de Pelé cuando estuvo hospedado en el hotel de su abuelo.
Ninguna noticia se me hizo más excitante como que Guanajuato iba a ser la sede de la selección Francesa para disputar los encuentros en el estadio León. Imaginar a Rostou, Thigana, Michel Platiní, Stopyra, el portero Bats en la ciudad dejaba un entresueño difícil de superar, sin embargo mi suerte no estaba echada. Una tarde de domingo, mi padre nos dio la noticia de que había conseguido un par de plateas en el estadio de León para disfrutar cinco partidos, cuatro de fase regular y uno de octavos de final.
No sólo era mi primera vez que entraría a un estadio, sino que esa primera vez para entrar a un estadio de fútbol se daría en el marco del Mundial de México 86, entre la temible escuadra de la URSS y Francia. Yo surcaba mis trece años y creía que los soviéticos nos querían invadir o de plano, nos iba a dejar con una hecatombe nuclear nomás por perversos, y lo creía gracias a mi fascinación por las películas de Mad Max.
Era una mañana de junio y unos rayos ardientes cubrían la Justo Sierra. Salí con mi hermano para montarnos en un Le-Barón azul de mi padre que nos llevaría hasta las orillas del estadio. El calor leonés era húmedo y bochornoso. Las banderas de los países ondeaban con letargo y recuerdo que le tomé el codo porque no podía explicar mi emoción; él con su mano me tomó del cuello para guiarme entre la pelotera.            
Caminamos entre gente contenta que dibujaba sonrisas espontáneas, entre turistas y fanáticos europeos en un ambiente de fiesta y cofradía. Sentí el escalofrío del testigo que navega entre ese presente asustadizo y desea registrar todo evento que acontece alrededor. Las banderas, los logos de Pique, las filas ordenadas, el vaivén de los vendedores de refresco, las ambulancias fuera del estadio, los uniformes de muchas escuadras, las caras hoscas de fanáticos europeos bebiendo cerveza aceleraban mi pasión por el fut.
Penetramos en la sombra del estadio y fuimos caminando por un túnel. Luego vino un impacto, un estertor. Quedé boquiabierto, con el corazón exaltado y mis manos sudorosas al mirar la grama del estadio, del foso ritual de lo que entonces, más amaba; de las celebraciones interiores de mis sueños donde escapaba por el lateral derecho, driblando adversarios, venciendo enemigos, acariciando balones, hasta llegar, en el lindero inclemente de la meta enemiga, a disparar un trallazo con la pierna derecha que, en curvas y efecto de tornillo, dibujaba una comba celestial en un ángulo cerrado y venenoso que desequilibraba al portero para dejarlo tendido, con las piernas abiertas. El estadio ronroneaba. Era un motor que roncaba parejo. Un run run imparable, un pulmón sereno. Mi hermano me tomó de los hombros y entre hileras de butacas llegamos hasta donde estaban nuestros lugares.
Cerca estaba la zona de prensa, las cámaras de televisión, la radio preparando el espectáculo. Miré a mi hermano y me miró sin decir más palabras que sacudirme la cabeza con una mano. En un momento noté que estaba zapateando, chocando las rodillas cuando trataba de enfocar la ola que hacía saltar a la muchedumbre en un compás armónico.
En un instante, escuché voces que hablaban en francés; tres filas detrás de nosotros un nutrido grupo de aficionados galos bebían cerveza para apaciguar el filoso calor del bajío que los ponía colorados. Había un hombre mayor que sobresalía entre el grupo de jóvenes que saltaban y reían aguardando el pitido inicial; pequeño y risueño, usaba una boina azul. Concentrado en observar la cancha, la salida de los jugadores, los movimientos de las bancas, como un viejo guerrero que velaba sus armas.
Volvió el oleaje y distraje mi vista a un grupo de chicas que caminaban en bikini en el otro lado del estadio y eran ovacionadas con chiflidos y aplausos nerviosos.
Mi hermano acercó su boca a mi oreja. Con voz pausada me dijo: –ese que ves allí – se refería al viejito del grupo de franceses – es Just Fontaine, el máximo goleador en un mundial.
Lo ubiqué. El hombre me miró. Sus ojos entablaron una comunicación directa conmigo, esas miradas que parecen decir: si, tiene razón tu hermano. Fueron apenas unos segundos y unos centímetros los que me separaban de una leyenda del fútbol. Llegaron entonces dos personas de seguridad y nos pidieron los boletos. Los lugares donde nos habíamos sentado eran los correctos, pero del sector poniente. Mi hermano y yo estábamos del otro lado del estadio. Nos tuvimos que parar y salir a la sección de sol. No importaba. Al levantarme, miré al viejo que parecía tener pena porque nos habían quitado del lugar y lo que se me ocurrió fue saludarle. El hombre me contestó el saludo más como reflejo que con ganas. Y saltamos a sol, con unos borrachos rusos que cantaban una balada monótona y siberiana.
Mi hermano me compró una cerveza y comenzó el partido. Recuerdo los trazos, los balones, a Platiní en regateos esporádicos y tiros indirectos, y la compañía de mi hermano, bajo el sol leonés que nos regalaba un pase a la historia secreta entre nosotros. ¿Quién me iba a creer que me había saludado el máximo anotador de un mundial, en una grada, entre la muchedumbre y en la primer visita a un estadio profesional de fútbol? Entonces, a los trece años, yo tenía mi credibilidad devaluada.  Y decidí quedarme con la complicidad de mi hermano y con eso bastaba. La verdad es que nunca he sabido como se enteró mi hermano que ese hombre era Just Fontaine pero le creí sin chistar. Seguí por muchos años con mi carrera de fútbol callejero por el gusto de compartir corazones futboleros y abrazos sinceros, y en un momento que no recuerdo, cambié de sueños. Ya no estaba el caza talentos que nunca llegó a la plaza. Y que por cierto nunca ha existido en mi vida.
Tal vez sólo sustituí los sueños futboleros un poquito; ahora tengo Xbox y juego partidos insospechados. Pero en la realidad, en ese coto privado donde me veo soñando en otras miradas, en otros goles, en otras canchas siempre está esa luz cálida que hace un chanfle hasta la mirada de mi hermano que me enseñó a cambiar de asiento y disfrutar ese partido que se nos presenta una vez en la vida…