jueves, 20 de diciembre de 2012

Los penúltimos



Ya me había ocurrido anteriormente esto del fin del mundo. Era 1979 y los planetas se iban a alinear de tal manera que una fuerza cósmica los empujaría y en carambola de tres bandas harían trizas a la tierra. Eso es lo que más o menos recuerdo y lo que sin duda me hace un sobreviviente de esa hecatombe frustrada. Sin duda, en esa época debo admitir que tuve miedo, no porque se fuera a acabar el mundo, sino que apenas había transitado entre los terrícolas por seis años y del mundo y sus vericuetos poco podía contar. Me daba miedo no volver a la escuela, ni volver a ver a mi abuela. Miedos más, miedos menos, mi patria era la casa de San Fernando y la ternura de los ojos verdes de la abuela. Todo lo demás podría echarse a perder sin importarme un carajo. 
Al otro día amaneció y miré por la ventana la fuente de la plaza, las palomas en vuelo regular desplazándose entre las casas;  el olor a leña quemada del alba me inyectó energía. Miré el cielo plomizo de Guanajuato y me preparé para ir a la escuela. Acto seguido, me despedí con un beso de la abuela que invariablemente me supo a gloria. 
Este conato del fin del mundo nomás me pone a pensar en el embrujo del instante, en ese último, (siempre espero que sea el penúltimo, pero no sabemos) beso que disfruté, en ese último rostro del desamparo, en esa última carta que ardió en mis manos, en ese último abrazo del amigo que jamás volví a ver, en el último recuerdo del día con el que se embarca a los sueños. ¿Los últimos momentos con los que nos quedamos hasta este instante, son los mejores? Y pienso en la última sonrisa que provoqué sin desearlo, en el último coito liviano,  en el último “ya no te quiero”, en ese último bienvenido que recibí, en el te odio más fino y elegante, en el último avión por el que viajé, en la última puerta de la casa en la que me miró llegar, la última copa que me emborrachó, la última música con la que me fui a acostar, el último acostón sin música que pude tener, la última bendición de mi padre, de mi madre o de mi abuela, el último kilómetro, es más el último metro que dieron mis pies; el último amigo al que le dije te quiero, el último adiós inexplicable, la última carta que escribí, la última foto que quedó en mi recuerdo… cada momento es el último, vaya perogrullada. Pero es el fin. Cuando hacía radio y me importaba, dije que la radio era un medio de comunicación muy cruel, por que apenas nacía, un segundo después estaba muriendo. Así, como la vida… Hace poco saludé a un hombre y quedé en tomarme un café y charlar de no sé qué, claro que lo prometí sin la menor intención de ir a sentarme a su mesa, nomás por un gesto cordial; recuerdo sus ojos amarillos y su cuerpo tembloroso; recuerdo que nos abrazamos y me despedí con la promesa de volvernos a ver; entonces me profirió su último adiós. A la semana estaba muerto. 
Mientras se vive, se espera que ese instante sea el penúltimo y por arrogancia, soberbia o insano optimismo, siempre esperamos que el que viene sea mejor, mientras que el instante que acaba de pasar y del que somos responsables, poco importa que nos haya quedado mediocre por esa vana esperanza del próximo será mejor. ¿Y si los Mayas hablaban del mundo interior, de tus mundos posibles, de tu infierno en la tierra, del meteorito que viene a agonizar en tu interior con una pila de mierda? ¡Ay canijo! 
Y por si acaso, y no había quedado claro, si este es el fin del mundo doy gracias a todos mis penúltimos besos, a los penúltimos cariños, a los penúltimos amores, a las penúltimas palabras de ayuda, a los penúltimos goles de mi corazón, a mi penúltima cena, a la penúltima amistad, a mi penúltima carrera, a mi penúltima emoción, a la penúltima película, a la penúltima victoria, a la penúltima sonrisa de mis hijas, a la penúltima vanidad, a mi penúltima lágrima, a mi penúltimo beso que me refaccionó Merit, a mi penúltimo libro, a mi penúltimo abrazo con los amigos, a mi penúltimo gracias. 
Y como no, para no dejar de ser claro, a todos mis detractores les digo. No lo lograron. 
Y así, los dejo porque tengo que vivir. 

No caen mal estas palabras del viejo Sabina…

que el equipaje no lastre tus alas,
que el calendario no venga con prisas,
que el diccionario detenga las balas,
Que las persianas corrijan la aurora,
que gane el quiero la guerra del puedo,
que los que esperan no cuenten las horas,
que los que matan se mueran de miedo.
Que el fin del mundo te pille bailando,
que el escenario me tiña las canas,
que nunca sepas ni cómo, ni cuándo,
ni ciento volando, ni ayer ni mañana
Que el corazón no se pase de moda,
que los otoños te doren la piel,
que cada noche sea noche de bodas,
que no se ponga la luna de miel…


martes, 13 de noviembre de 2012

Adiós a la Rana



Cuando me llegó la carta donde una centena de creadores y difusores de arte se oponen a la ratificación del director del instituto de cultura estatal, confieso que no dudé ni un segundo en firmarla y suscribirme a tal rechazo de que el señor Alcocer no siguiera al frente del Instituto de Cultura. Confieso también que en el fondo respiraba una corazonada que me llevaba a pensar que ocurriría lo que generalmente ocurre con las protestas escritas lanzadas como botellas al mar. Luego del primer embate, se sabe, duran una semana, hacen una comisión que escuche a los inconformes, maicean a los revoltosos y al final, el funcionario queda tan campante en el lugar y con la gente de siempre. Regla general de la estrategia política: “el periódico sirve para matar moscas”

   Pensé por supuesto en negativo. Me dejé llevar por la máxima futbolera de lo que se tiene que echar primero es al técnico, pero se deja a los jugadores que cumplen con la faena. ¿Y los jugadores, los fanáticos, los mirones pasivos?, ¿La jungla y sus depredadores culturales? La oportunidad histórica para Guanajuato de entablar un diálogo abierto y propositivo en materia de cultura iba a ser por seis años más prorrogada y con los mismos resultados héticos hasta ahora incomprensibles. 
Entonces firmé la carta porque confío en la libertad de expresión y en el derecho de manifestarse en contra de lo que ha sido una injusticia para una verdadera posibilidad de desarrollo social, la cultura. Firmé la carta porque estamos hablando de un servidor público que obedece al artículo 11 de la ley de responsabilidades administrativas de los servidores públicos del Estado de Guanajuato, donde a todas luces debe acatar las peticiones de los ciudadanos.

   No tengo nada personal contra el dirigente del instituto de cultura en Guanajuato. Lo saludé una sola vez en una presentación de un libro y estoy seguro que no recuerda mi cara. Sin embargo, mi vocación y mi profesión se relacionan con actividades culturales  y no puede serme ajeno lo que ocurra en ese ámbito burocrático. Me importa solamente como ciudadano que cree que la literatura es un bien y un patrimonio de la sociedad; además de un camino para construir paradigmas de entendimiento y crecimiento social, de diálogo y convivencia. Es conocido, que poco se ha trabajado en esta área por la estulticia en sus programas, pero también creo que no todo está perdido. Queda claro que ninguna institución ha forjado a imagen y semejanza la obra de arte. El creador lo hace por y a pesar de un dirigente o una institución; sin embargo a la institución no le queda claro si debe crear, difundir, enseñar o promover el arte y en esa confusión tiene su pata de palo. La inercia de esa confusión ha empujado el talento y las grandes propuestas locales a la marginación y muchas de las veces al fracaso.

   El periódico correo, en un intento no menor  por abonar una visión parcial del estado de la cuestión editorial, publica un reportaje donde se abordan diversos puntos de vista. Sería ingenuo y arrogante pensar que un puñado de opiniones hiciera mella en el proyecto que el IEC plantea para los años venideros; sería ingenuo y arrogante imaginar algo más desafiante que lo que se publicó y lo que se omitió. Es respetable la política editorial del medio, que dirigió sus impulsos a la generación de libros y evitó, a toda costa el punto encefálico, la literatura.

   Como era de esperarse, el discurso planteado por el director de la Rana iba a merodear las acciones inmediatas, de fachada y no de fondo. Algo muy extraño, de acuerdo al nivel académico de su funcionario, donde podría haber ensayado planos de mayor calado, sin embargo, pasan la responsabilidad de la publicación de autores a las editoriales independientes del estado.  Por ejemplo, dijo al respecto: “Nuestros esfuerzos de promoción se extienden no sólo a las publicaciones del IEC, sino también a la de editores independientes” una desafortunada afirmación, si pensamos que la tarea pendiente de una editorial estatal, sustentada en la ley de cultura, es la publicación de autores y la promoción de la literatura. No podemos entender esta idea, debido a los pésimos resultados de promoción de los libros que genera el Estado, peor aún, que se pretenda hacer un intento por promocionar a la iniciativa privada. 
   
   ¿Es acaso una forma de evasión? ¿Es una estrategia para quitarse de encima a los autores locales, a la literatura, para que inviertan las iniciativas independientes y evitar la fatiga de publicar literatura?
Las editoriales independientes lo que mejor manejan es la promoción en redes y manejo de espacios para su difusión. Saben sobrevivir a pesar del Estado. Los esfuerzos independientes, por eso son independientes, porque nacen a partir de ideas propias, alejadas de las maquinarias subsidiarias del gobierno, con el afán de mantener una cierta libertad, una cierta autonomía necesaria para el arte.
Ejemplo. La editorial que dirijo, ha participado en tres emisiones anteriores a la participación del estado en el pabellón Guanajuato de la FILM, así como otras editoriales de la entidad; iniciativas independientes que abordaron un espacio natural del libro y su intercambio de ideas. Nada nuevo, como lo han alardeado las instituciones culturales de Guanajuato.
   
   La participación en el pabellón Guanajuato consistió en asistir con los viáticos propios. ¿Pero se pagó el hotel? Lo pagó el organizador, la Feria del Libro de Minería. Con esto insisto, que por experiencia, con o sin la invitación al Pabellón Guanajuato, FILM habría corrido con esos gastos a editoriales independientes.
¿Apoyo del Estado?

   Hace unos días me llegó la invitación a distribuir los libros de Cuatro Gatos en el nuevo espacio de la Editorial, en la librería que estará en el anexo del Museo Diego Rivera. Amablemente me ofrecen el espacio y amablemente piden una comisión del 10% del precio de portada. El apoyo, según la lógica que hemos seguido hasta ahora, es la de tener un lugar en la librería. Y pagar.

   ¿Apoyo?

   A ver. Esta práctica es normal para una librería comercial, que tiene que sufragar gastos de operación con la venta de sus productos. ¿La rana debe de hacer lo mismo?
   A ver. En años, los autores que han publicado en la Rana no han recibido ni un peso de regalías, derecho que se consigna por ley y que cualquiera puede exigir cuentas a través del INDAUTOR.
¿Entonces?
   Y en el mismo tenor, sigue el Director de la editorial la Rana: “Asimismo, vamos a impulsar a los editores guanajuatenses a emprender nuevas formas de producción”. Actualmente el IEC ha impulsado un curso para la producción de libros electrónicos, al que fueron invitados todos los editores independientes del estado”.
   Entiendo que estas explicaciones son cortinas de humo para ejercer el derecho de su defensa.  Y como dice el comercial – ¿y la literatura apa?– de nueva cuenta, que los independientes lo hagan en su lugar.
   ¿Y por qué la insistencia de publicar y difundir la obra literaria por el estado? Por la responsabilidad que no ha asumido el IEC ni la editorial la Rana, y que consiste en preservar el patrimonio cultural intangible de un pueblo en su tradición letrada; expresada en su literatura.
   
   Dice El director: “La narración oral es de gran importancia para Ediciones La Rana; en los libros de cultura popular se recuperan las vidas de los maestros, con sus propias palabras. Encontramos en esas publicaciones historias de vida que realmente lindan con lo literario. Eso también es una forma de rescatar la narración oral”.
   A lo que le respondería que una cosa no obstruye la labor de la otra. Ambas, en su sitio de importancia, deben atenderse. ¿Por qué no se hace?
   Lo que leí con sorpresa fue lo rocambolesco del siguiente párrafo: 
   “Giovannini expresa que buscan métodos para vincular a los autores guanajuatenses con nuevas prácticas editoriales: “las nuevas estrategias para promover la literatura de Guanajuato se dirigen a explorar vías diferentes. Por ello, en la FIL de Guadalajara habremos de vincular el padrón de escritores guanajuatenses con el que contamos, con los profesionales que acuden a esa feria. Nuestra labor será similar a la de una agencia literaria, en la medida en que pondremos en contacto a los escritores guanajuatenses con traductores, editores de otras latitudes y agentes literarios”. 
   Es para quedarse fríos. Es, insisto, rocambolesco. La labor será similar a una “agencia literaria”. Esto es serio señores. Estamos hablando de literatura. De formación, de lectores, de difusión de obras literarias propias de Guanajuato. Han pasado seis años de una labor sumida en la inoperancia de un proceso simple, elemental que expresa toda editorial: selección de textos, revisión, dictamen y publicación. Otra vez. Selección de textos de literatura, revisión, dictamen de las obras y derivado de ello, la publicación.
   ¿Es tan difícil esta operación? ¿Por qué debe de ser este proceso un problema que confronte a los creadores con los editores de la Rana?, ¿Para qué está diseñada la editorial del Estado de Guanajuato que reserva y tiene recursos para este fin: la publicación?
   Hoy, la respuesta evidente es para convertirse en agencia literaria, donde en suma, lo planteado por el director es una idea fuera de foco, difícil, sin un sustento en la realidad editorial en México.
Con las pretensiones altaneras del caso, se desea que la editorial funcione como una agencia literaria dentro de una industria editorial mexicana que es salvaje y sin concesiones; que practica el abuso a los autores y maneja las tendencias del mercado como si la literatura fuese todo menos literatura. Medirse ante eso; una editorial  estatal, sin la experiencia en el manejo de medios, sin bases de datos, sin estructuras funcionales de promoción y distribución, sin la experiencia para ofertar obras de autores etc. Sólo indica que será un fracaso y una muralla de humo para distraer la verdadera vocación de una editorial estatal.
   Esto entonces pone el dedo en la llaga. Es impensable que un autor Guanajuatense acceda a la posibilidad de convocatoria en antologías nacionales, investigaciones, coediciones, si ni siquiera es publicado.  Las editoriales institucionales, universitarias y editoriales del estado, tienen un valor intrínseco que se ha ignorado a lo largo de los años. Y que no es precisamente el de la comercialización; sino la trascendencia de la promoción de sus autores, que se convierte en piedra de toque para su discusión. Por eso es importante que el estado publique a sus autores. Para promoverlos a otras esferas. Publicar las propuestas de pensamiento, las investigaciones, la literatura etc. Para generar una plataforma de lanzamiento que contribuya a ingresar a una sociedad del conocimiento. No se trata de gasto, sino de prevención. La publicación de las obras canaliza el trabajo para acceder a becas, editoriales, concursos etc.; la publicación de una obra genera elementos para la profesionalización de autores y la posibilidad para que puedan despuntar en otros ámbitos; como el simple hecho de la manutención gracias a su oficio, evitar el subempleo del escritor, (parece que todos los creadores deben de conseguir empleo como promotores culturales en las instituciones de cultura y la oferta de trabajo está sobresaturada o bien, designada para sus amigos) a conseguir estímulos y prestaciones laborales dentro de organizaciones privadas, elementos que el estado no ha podido dar a los autores (y creadores en general) y que a duras penas entrega becas de salario mínimo.
   Sin aspavientos. La editorial del Estado seguirá por el rumbo que ha decidido y que han considerado para cubrir el escenario de los planes anuales de la burocracia. Queda claro que los dirigentes de la cultura no hablan el mismo idioma que los artistas y en ese Babel padecen de sordera crónica. Una sordera que ha trascendido ya un sexenio y por qué no, la padeceremos en los años venideros.
Confío en que no me leerán. Pero tengo el derecho de escribirlo. No les creo y es mi derecho de asumir la lógica que han venido trazando desde hace muchos años. No todo está perdido, del lado de lo alternativo, de lo emergente, de lo independiente se están edificando cosas importantes que el Estado no ve y por supuesto, no le importa.
   Pero comencemos por asumir las responsabilidades y comencemos por discurrir y discutir en planos que le importan al arte y no nos desviemos al plano politiquero de los burócratas donde la defensa es la estadística y el lugar común y no el contenido y el fondo.
  


  

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Ficcionalia en revista Alternativas

El siguiente enlace te dirige a la revista Alternativas... Gracias a Julio Cabello y a Carlos Hugo por otorgarnos la alternativa.

martes, 28 de agosto de 2012

martes, 14 de agosto de 2012

Miedo de los tropezados



“Espectador a la fuerza, veo a los contendientes que inician la lucha y quiero estar de parte de ninguno. Porque yo también soy dos: el que pega y el que recibe las bofetadas.”
J.J Arreola

Corría en el sendero matutino del parque el Cantador y los Pastitos. En el ipod escuchaba un lejano Joaquín Sabina y sus peces de ciudad cuando rebasé los primeros 2 kilómetros que apuntaban a hilvanar una idea borrosa que esbozara un cuento. O un libro. Quizá nada. Pensaba que al kilómetro 6, seguramente ya habría concentrado las energías para el último esfuerzo, ese en donde no cabe ninguna idea; los músculos serían un ejército mermado pero fiel, para terminar de una vez por todas el recorrido que había diseñado desde la noche anterior; los músculos estarían a punto del motín así que debería recordar las ideas que surgen en los primero kilómetros. Mi mente procuraría avanzar como en una jungla húmeda donde cada parte del cuerpo se comprime en un sólo movimiento. La respiración. 
A pesar de que mi mente trabajaba en conservar el envión inicial de energía para el final de la carrera, mis piernas apenas iban cruzando en el kilómetro 2. Fue cuando lo sentí. La punta del tenis se tensó en una piedra saliente del piso y esto me hizo tropezar. Abrí los brazos en cruz y miré el suelo acercarse de manera peligrosa a mi rostro. Un latigazo de adrenalina  golpeteó por todo el cuerpo. Perdí el centro de gravedad. La pierna derecha al aire y la izquierda en el impulso de fuerza contra el objeto que me hacía perder el centro y me proyectaba hacia delante sin control. Reviré por reflejo; el pie derecho tocó el suelo y me levantó del piso para enderezar el arco de la carrera. La pierna izquierda, con una zancada larga y profunda levantó la cadera y el tranco se regularizó. Con el impulso de los tropezados, miré hacia donde quería ubicar el estorbo, donde había chocado la punta del tenis deseando  gritarle a ese hueco una mentada de madre, o un no me tumbaste, estúpido; pero finalmente  no lo identifiqué. Estaba lejos. 
Volví la cara al frente y aceleré para dejar atrás lo que en un momento supuse, era una escena de bochorno frente a la hilera de personas que esperaban el autobús, gente que había visto el tropezón que provoca, inevitablemente, ataques de risa por el movimiento brusco, alterado, un gag espontáneo entre la seriedad del paso firme y la ceremonia del corredor. 
De frente quedaba la arboleda de los Pastitos y sólo pensé que los que se atreven a caerse, se atreven a moverse. La mente, que no respeta duelos, ni lutos, ni censuras me hizo recordar una andanada de caídas, de tropezones y de sacudidas que llegaron dejarme en el límite de la renuncia de mi derecho a no renunciar. Entonces vinieron, como en una noche de borrachera los momentos infames, las caras odiadas y los instantes precisos donde parece que no hay nada que hacer. Ese momento preciso donde las ratas saltan del barco.  Donde parece que en ese mismo segundo de la vida, no hay antes ni después, y el todo cae por su propio peso. Roberto Bolaño identifica caer por su propio peso con una imagen donde aparece una pila de mierda y se derrite con el calor del desierto… pues eso. Ese instante donde todo cae por su propio peso. Recordé esos momentos con terroristas de la cultura, con turistas de las letras, esos momentos donde la cara del adversario muestra esa pinta del odio. Recordé desde el asalto a mano armada hasta mi renuncia en el escritorio de la madama de la Universidad. Recordé los luego te hablo, los está reunido, los luego nos vemos, los ya está tu chamba pero faltan tres años para que existan vacantes, los ya no te quiero, los gracias por concursar, los tienes recomendación, los ya mero, los silencios de muchos infames y amigos que se perdieron en la carrera de mi vida, como esa roca que me tambaleó y que me hace celebrar que sobreviví a esos momentos en los que parecía que no iba a amanecer, a esos amigos que estuvieron cuando no se necesitaba. 
Yo soy de los que ha caído y de eso me enorgullezco. Siempre de un drama, sale, tiempo después, una anécdota.  
Lo fácil es decir hasta aquí, yo me rajo porque me caigo. Pasé terremotos que en un momento de la vida me procuraron un pánico a vivir o mejor dicho, a caerme. Después de varios descensos, le perdí el miedo a pisar fondo, porque encontré que en el fondo está la palanca de impulso que me ha devuelto a la carrera. Esa afanosa carrera donde también existen personajes excitantes y amigos maravillosos. Con la carrera en ritmo, los pensamientos se fueron deshilvanando en la arcilla. Ya pensaba entonces que tendría que poner más atención en mi zancada, levantar los pies, arquear las rodillas. Llegué al punto donde había tropezado. Reconocí el obstáculo. Allí estaba. Una pequeña roca.  

Revista Ficcionalia

Arranca el primer número de la Revista Ficcionalia... 

En esta edición:

Nadia Villafuerte
Arturo "Chango" Pons
Enrique Rangel
Jeremías Ramírez
Daniel Ayala Bertoglio
Gerardo Sifuentes
Ricardo García Muñoz

jueves, 2 de agosto de 2012

Contra reloj




Acabamos de hacer el amor y pronto, como una lágrima en mitad de la mejilla quedamos mondos de emoción. Habrían llegado a nuestros ojos la brillantez del orgasmo, la piel erizada, aun caliente, batiéndose entre un rubor y el nomeolvides, los destellos blancos de los recortes de video tape donde gemíamos- danzábamos, trepamos y caímos en una cueva honda y azul. Luego la asfixia. Los pulmones cazando grandes bocanadas de aire revuelto.
A sabiendas, la sangre regresa a sus rincones mientras el sudor rellena los poros. Decidimos entonces no dormir, espantar la pesadez de las pupilas con un cigarro. Las paredes de la habitación parecían cristales de cuarzo y esa frialdad entumió la sorpresa, el punto y seguido de ese momento de la vida. Éramos carne volcada a la intimidad de nuestras miradas. Aplanadoras, rebanadoras, las miradas congelan y asesinan. Estábamos desnudos y la pena vino a surtirnos de espanto. Para eso estaban las sábanas. Los calzones que no encontramos, la playera larga, el cubrir nuestras carnes para no ser devorados por la mirada.
La maraña del tu- yo pendiendo de la cama, circulando por la saliva nos hizo niños de nueva cuenta. El amor, si es preciso nombrar esa palabra, daba saltos entre el azulado humo que batallaba para salir por alguna hendidura. Regresamos a lo nuestro, al sudor apenas secándose en nuestro cuerpo, las axilas, los verbos sin motivo, volvimos la mirada a los ojos; a esa apenas perceptible línea de la ilusión atada a nuestros cuerpos, o conectada por esos lenguajes de los gatos. Oímos el tic – tic del reloj, avanzamos por las líneas curvas repitiendo las carreteras hechas por nuestras manos. Marcas de agua, sellos en la piel. Tacto emocionado. Llegó la flexión en los labios, dos besos apretados y el barranco hacia un beso oscuro, directo a otro planeta. Tentalee tu ausencia en mi colchón, la alarma desconectada y la maldición de no llegar a la cita.  

miércoles, 4 de julio de 2012

El último café




Una prueba de amor se esgrime desde las bragas. Detonación, explosión, exorcismo. Los duendes de mi lengua perfilaron por las dunas de sal entre sus piernas. Unción. Capitalizar los jadeos es advertir la entrada al cielo. La fiesta del torito pasando por la avenida Juárez, en un estrépito de tiempos viejos. La humedad iba en aumento, paulatinamente desarrollándose como culebra en el agua. Mi sudor ponía a tope los pezones dilatados, las muecas cayendo en la luz de día de las doce de la mañana. ¿De día o de noche?, las molduras del sexo no tienen tiempo, ni forma. Era tan natural subir los peldaños hasta su recamara, adentrarse en ese túnel hondo y negro del pasillo auspiciando el temblor de manos, el nervio calcinado al compás de los latidos. Detrás de la puerta, estarías  como siempre, renombrando los libros, lavando las tazas de café de la noche anterior, estarías tendida a tu lado. Buscarte allí o buscarte allí. No hay otra alternativa. Cada mujer parecida se apoltrona en la calle como un talismán, un ídolo. Quisiera hablarte de mis fetiches: Cuando mojo mis labios, tengo la certidumbre de que añoran los tuyos. Mi saliva se engendra en tu piel. Podía andar buscándote entre cualquier pupila de gato, de esos atigrados con espesas patas de algodón y un ronroneo insistente cuando sienten el calor de la hoguera o la mano arrastrando los dedos en el pelaje. Preferíamos encontrarnos en el café, en la mesa de todas las tardes y desde ese limitado redondel  sin amparo de otros rostros buscarnos en la mirada, quizá un escuálido boceto de nuestros temores. A lo lejos llegabas diáfana acariciando el poco viento del negocio, caminando en el suelo escarpado y rojo del restaurante, en  las desnudas fragancias de un perfume alentador. Siempre me habían gustado esos aromas, y mi nariz escrutadora comenzaba a robarte el aire de la hora que fuera, el olor, asistiéndome sin reparo. Escurría mi olfato por tus pliegues rosados del cuello, te tomaba por asalto, te escrutaba las ansias, hasta quebrar las partículas de un perfume dorado o gris, hasta derrochar la adrenalina conseguida hasta el momento en un beso donde se me iban todas, absolutamente todas las fuerzas. Detenido, parecía introducirme en las tinieblas de mis rincones. Sin ti ya no lograba tener nada. Ansiaba entonces reconocerte al paso que llegabas, en el doblez de tu cuerpo para no chocar contra las mesas. El zigzag  me doblegaba en ese examen de consciencia pasando por la plaza de San Fernando, al llegar en una de esas tardes de mayo, luego de tus aeróbicos  y finamente, en zapatos deportivos calzándome algo más que mi gusto por tus labios. Desde entonces habías llegado a mi vida, en la incrédula vida que nos deparaba nuestro propio azar, las lunas interiores. Había que inventar un encuentro casual, un cruce de cuerpos encima de las baldosas amarillentas.
Lo primero que me llamó la atención fue tu cara tranquila, los ojos sin astillas de llanto y una honda aspiración por beberte el café. Apretaste la cajetilla de cigarros y empujaste hasta la superficie el segundo, ya con más calma lo encendiste tranquilizando ese temblor de manos que te ataca cuando las columnas de tu resistencia se ven acribilladas por la desesperación; apretaste los labios y el humo filtró una punzada nerviosa que golpeó mi nariz.
Los tejidos del azar hacen puntos de cruz donde uno no sabe a donde va a parar. Esperaste para decirlo. Que más hubiera dado que aguantar dos minutos más. Ver tus senos sonrientes, las manos con venas casi saltando, la saeta que falla puede ser más terrible que la que da en la diana. Mojaste los labios. Abriste un pasadizo que me llevaría hasta donde estoy, o creo estar. Mis manos tenían cosquillas, rasgaban algunas ansias, querían robar los minutos, apurar las bebidas y de plano estar ya en la cama, donde nos gustaba dar sorbos de nosotros mismos. Con ese sabor amargo del sudor y la saliva, apretar los puños, morder la cobija, arder siempre. Quería tenerte de pie en el portal de tu casa, en la misma baldosa donde iniciaba el abordaje entre besos y cuerpos tensados.  La cama era un trayecto donde trapeábamos el piso con la espalda o estrellábamos el cuerpo contra la pared de los pasillos.
Pero tu mirada me ponía en situación. Frente a frente. Con la distancia concreta de una mesa de café. Un cenicero al centro y el teatro de nuestra amistad. Ni un te quiero acariciaste entre el viento de mayo, ni un te voy a extrañar. Tal vez soltaste una lágrima al retirarte. Sólo dijiste – me quedo con mi marido- para salir campante por donde llegaste, dejándome una prueba de amor y unas bragas negras que aún conservo.     

miércoles, 27 de junio de 2012

Ven a saludar




La noche se fue encimando en las paredes de ese callejón, cuando maullaba un trío de gatos en celo, que saltaban encima latas de cerveza. Rodrigo observaba detrás del ventanal los primeros seres de la noche. Los gatos. 
Seguía pegando su rostro en el cristal. El cielo negro, bravo, teñía la tarde de gris. Los gatos se movían entre las cavernas del callejón. Al acecho. Brincaban unos sobre otros. Maullaban, mordían. En un circo de pelos y sangre dominaba el filo de las navajas que aparecían amenazantes como relámpagos sobre cristales.
Rodrigo miraba el escenario de la calle para no involucrarse con todo lo que ocurría dentro de  la casa que  poco a poco se fue poblando mujeres y de hombres que llegaban para celebrar una fiesta. Hombres y mujeres, copas, palabras que resonarían entre las viejas paredes. Comida, vino. Situaciones repetidas. Ocasiones para brindar. Se imaginó varado entre la nada. Con gente que de pronto le sonreía, le tomaba del hombro, le daba palmaditas. “Que bien, Que tal”. Rodrigo aborrecía esas reuniones casi tanto como las navidades. Pero estas eran repetidas, uniformes, sombrías. Sonó el timbre. Entonces se escondió tras la cortina. La guerra sangrienta de gatos le apetecía más que la gente estirada que invadía la casa para lucir los nuevos negocios, la ropa de marca, las tragedias.  Por lo menos la pelea de gatos era franca, directa. 
Uno de los mininos, de pelaje blanco trepó sobre la caja amarillenta de cerveza. Ondulaba la cola mientras veía a sus oponentes estirar las patas delanteras haciendo fintas para encajar las cuchillas en la cara del adversario. El gato blanco, oteaba el horizonte sin chistar, sabía que era el mandamás de la escena, sabía que uno de los oponentes iba a perder esa batalla y el ganador estaría mermado, tocado, perdido. Entonces el gato blanco, entraría a liquidar al vencedor con acaso dos zarpazos.
Rodrigo admitía que era una estrategia sucia, cosa que le llenaba de coraje. Siempre le habían dicho que la vida se trataba de jugar limpio, pero la naturaleza felina, mostraba otras herramientas para ganarse la vida. Y no era poco. Rodrigo arrastraba la cabeza sobre el vidrio para mirar el desenlace. Alguien entró a la habitación. El ruido lo hizo paralizarse. Lo buscaban o pensó que lo estarían buscando para hacerlo salir a la reunión, para saludar a los presentes, para beber sodas, para lucirlo como maniquí. Pero los gatos. La ventana. El callejón. La batalla. Los pensamientos en el cristal. La soledad. 
Cuando escuchó que cerraban la puerta, pudo regresar su atención a la batalla. La fiesta podía esperar. El gato blanco estaba preparado para saltar sobre el vencedor, uno atigrado, gordo, valiente que acababa de trabar una lucha carnicera y que estaba malherido. Rodrigo no pudo aguantar más un ataque justiciero lo tomó por sorpresa. Abrió lentamente la ventana. El gato blanco ya tenía los dientes de fuera, como si pintara una risa macabra. La columna arqueada y la cola vertical. Listo para descargar la furia contra su oponente malherido. 
Rodrigo prepara lentamente el siguiente movimiento. Es un momento vital para hacer justicia. Esos gatos llevaban tres días de parranda. Mira delante, atrás, arriba. El gato blanco sigue bufando con odio a su oponente y zaz… “Rodrigoooo, ven a saludar a tus abuelitos, ya llegaron…Minutos después llora en la falda de su madre porque el cielo se cae a pedazos y la lluvia espantó a los gatos y no quiere estar en la fiesta y tiene sueño y sed y ganas de llorar.

lunes, 18 de junio de 2012

Sonó el teléfono




Casi todos los años, cuando pasan estas fechas, me ocurre lo que le ocurrió al personaje de Fitzgerald, Benjamín Button, rejuvenezco. No creo que las causas sean las mismas, pero el frío y la angustia por comenzar el año con los mejores deseos parecen quitarme algunas arrugas, algunas fisuras del alma, aunque sólo sean unos miligramos. La cosa es que la mesa del primero de enero amaneció hedionda. Los trastes apilados en el comedor, los restos del lomo adobado y las botellas de ron formaron una imagen del cine de investigadores privados de los años ochenta, una escena hecha hasta el aburrimiento, pero allí estaba el amanecer de un nuevo año, con la cruda demencial y humilde.
Cuando encendí el primer cigarro del año, un zumbido en la cabeza intentó quitarme los tornillos que aún conservo y que cuido con fervor. El dolor era adyacente a mis ideas cotidianas por dejar el tabaco. Pero allí estaba, terco a tragarme la nicotina mientras deseaba enumerar los deseos para este año como si fuesen calcomanías de refrigerador. Pero una invocación poco habitual vino de repente. Así había empezado los últimos diez años de mi vida. Crudo, con la vista borrosa, con frío y fumando el primer y supuesto último cigarro de la lista de deseos para la aurora del año. No podía hacer tonto a nadie. Acababa de romper mi propia promesa. Sabía que ese cigarro era sólo el primero de muchos y que así se desbarrancarían los sueños. Con el último y ya. 
Entonces una llamada alteró el aterrizaje desde la modorra y los efectos de la resaca. Hablaba del otro lado de la línea una mujer llamada Roberta que buscaba a un tal Ramón Hortera. Investigador privado. Hice un mutis. Gruñí, pero la mujer no me dejó interrumpirla; parecía una de esas estafadoras telefónicas. Quería contratar a Ramón porque cuando amaneció el primero de enero, no encontró nada en su casa. Su marido, un abogado, la había limpiado por completo. Nada era nada. O apenas la cama. No sé. Cuando dijo nada, me dio hasta frío. Pero todo indicaba que estaba envuelto en una trampa. Si yo le decía que no era Ramón Hortera y le aclaraba todos mis datos, la trampa estaba consumada y era seguro que podría ser víctima de una estafa mayor, una extorsión. Así que decidí decirle que yo era Ramón Hortera. 
No fue necesario decir más. La mujer estaba segura que hablaba con Ramón Hortera. Dijo que había encontrado mi teléfono en Internet. Que sabía de varios casos en los que yo, o Ramón Hortera, había salido victorioso. Al parecer a este personaje le gustaba publicar en alguna parte de la red los casos que resolvía para promocionarse, sin embargo, también le daba por la poesía. Me felicitó, o felicitó por una cita que había escrito. Le agradecí el halago. 
El caso de la desaparición del marido de Roberta no sólo tenía pincelazos de un abandono marital, para lo que no necesitaba un investigador privado, sino un abogado experto en divorcios y por supuesto a la policía. Eso lo deduje porque habló de manchas de sangre. Debo confesar que mi cultura criminalística se basa en la afición a la serie de CSI, cosa que dista mucho de una realidad criminal. Pensé que Horatio Caine podría descifrar, a golpe de vista, los pequeños detalles que develaran si habría crimen o no. La cosa es que esa mujer comenzó a pedir ayuda a gritos. Lloraba. El nuevo año la había dejado pasmada. Con mi cruda traté de poner en orden las ideas. Mi cigarro estaba a punto de morir. Esta situación me recordaba un libro de Auster, Ciudad de Cristal. Pero ella estaba allí, pidiendo ayuda. —Es que lo engañé, fue la última vez y ya, se lo había prometido— dijo apurada por acabar la conversación y como una manera de explicarse todo. Sonó un ruido. Una detonación, no podría decir que un balazo porque nunca he oído uno. El zumbido de corte en el teléfono siguió a mi silencio. Miré el auricular como si pudiera ver a través de la línea telefónica la escena de Roberta. Apagué el cigarro y esperé que volviera a marcar buscando a Ramón Hortera.  Pasaron tres días y sonó el teléfono. 
Él le perdonó a ella que le hubiera engañado durante dos años tres veces por semana. Ella no le perdonó jamás que la hubiera perdonado… y disparó.

martes, 12 de junio de 2012

Los distintos




Desde que lo recuerdo se propuso ser distinto. Era un hombre de cabellos lacios, negros y largos, tanto que le llegaban a los hombros y sin distinción ondulaba la cabeza para sentir las puntas del pelo raspar la nuca. Quiso ser distinto como si estuviese en una carrera de Maratón. En cada kilómetro de su vida observaba todas las aristas para evitar el contagio de lo parecido.  Lo otro, lo diferente, lo distinto era el pensamiento original que lo movía por todos lados. Cuando se levantaba de la cama, miraba la cabecera a sus pies, para que le recordara que empezaría el viaje hacia lo que estuviera en contra de todo el mundo.
Cierto día, mientras bebía Coca-Cola en ayunas, percibió que había llegado a la meta de lo diferente. Discutió una noche antes las últimas teorías que podía reprochar como si fuesen caramelos de colores. Nada había igual. La lucha extrema con sus padres estaba ganada. Nada de obediencia, nada de convencionalismos, nada de los lunes a trabajar, nada de pagarle al estado, nada de votar, nada de andar entre televisa y fútbol, nada de toros, nada de la virgen de Guadalupe, nada de música grupera, nada de días de guardar, nada de comida light, ni yoga, ni thai chi. Nada. El ejercicio trans distintivo lo agotaba al percatarse de todo como si fuese un movimiento mecánico del día.
Miraba las plazas y las calles obsesionado en no repetirse y en no transigir con las reglas. Veía lo otro. Lo que no fuera como él con un desprecio brutal. Así hablaba él. Así actuaba él. En un momento dado tuvo algunos seguidores. Hombres que querían distanciarse de lo ordinario, pero rompió el pequeño club que se formaba, que tomaba impulso porque sintió que clonaba una filosofía de la alternancia. Los seguidores eran una copia al carbón de su diferencia. Cerró las compuertas de la amistad para instalarse en una vieja casa que fue descarapelando a fuerza de puños. Empezó a ser escritor como si eso lo transportara a una realidad aparte. 
Escribió: “Quienes se consideren a sí mismos personas de bien, seres inteligentes, compartirán mi respuesta a una de las mayores cuestiones de la humanidad —porque todos sabemos que nuestra vida esta signada por los dilemas y las elecciones—. Y no estoy hablando de cuestiones como “¿a quién quieres más, a tu mamá o a tu papá?”. Ni siquiera se trata de dilucidar dualidades imposibles como “¿ser o no ser?”. No, de ningún modo. El gran dilema de la Humanidad lleva escafandra y se formula de la manera más simple: ¿Cliché o extraordinario? A la hora de decidir a qué bando pertenecemos, nosotros los inteligentes de prosapia, elegimos lo otro.
Luego de dos semanas aislado del mundo, despertó de un sueño con las ganas de beber un café. La actitud de la otredad necesitaba sus ofrendas y sus penas. Pero también podía darse licencia para ir a un bar y despacharse la comedia rutinaria de la vida. Calzó sus botas y al salir a la calle un rayo de sol le invadió los ojos. Respiró el aire lentamente, disfrutando cada molécula de oxígeno. Creía haber llegado a la cima de lo inusual, de lo creativo, de lo altamente diferente por lo que se extravió entre la fila de seres humanos que andaban en la calle. 
Con un cierto recelo de codearse con gente, pero feliz, entró a un restaurante para beber el café. Era otro. Era diferente. Era escritor. Era creativo. Estaba a un paso de la genialidad. El mesero le trajo la bebida y él se sumió en el círculo negro de la taza. Sus pensamientos eran gotas resbalando por la cerámica. Diferente. Entonces vino el desastre, un tintineo de trastos lo hizo levantar la cabeza observar el entorno. Lo que vio sólo le pudo causar horror. Un conjunto de hombres, repartidos en diferentes mesas vestían como él, calzaban como él, se peinaban como él, tintineaban la cabeza para que el pelo raspara la nuca; reconoció su cabellera en los demás. Tomaban café, pensando en su felicidad, dubitativos y se miraba unos a otros, también con recelo. 

lunes, 11 de junio de 2012

Una carta


Ella dice que se va a casar con uno de esos hombres de cuello levantado y traje gris. También me cuenta que nadie la acaricia por las noches, y que el otoño lo pasó con frío. De sexo; dos, dos. Sigue la carta entre esas palabras que dicen muy poco, y de lo poco la ansiedad se cuelga dibujando una pequeña fisura en su corazón. Más adelante, en un tachón, como un bozal que arrepentido quiere borrar un pasado finito, apunta un te necesito arrepentido. Me confiesa que al recordar mi voz, el corazón le da un vuelco y me pide que le mande aquello que una vez comencé a escribirle. Ella no entendía la alusión a los venenos; ese elixir milagroso que no tenía por que ser malo, pero que se lleva siempre en las venas. No todos los venenos matan, y en pequeñas dosis entusiasman la vida y los latidos del corazón. Todo eso perturbaba su interior y a la vez le era excitante, porque alimenta su duda de si todavía está a tiempo de cambiar de planes, de desbarrancarse antes de que sea demasiado tarde, o simplemente un poco más tarde.
Aferrada a un salvavidas, pone en mitad del salto un ¿me quieres todavía? Y el despunte hasta el caos es total. Tiene en sus manos un problema sin aparente solución, que se le escapa a sus arrogantes, y un tanto ingenuos, arrebatos de control. Ella buscaba el control a como diera lugar cuando el control es una idea muerta de un presente que nace con sus propias movilizaciones. Ese me quieres todavía no acierta en el blanco, se confunde y se desliza, se altera y se desintegra cuando de golpe piensa en el otro. Y el otro no tiene ni idea de lo que carga a lomos. El sonrojo que había en sus palabras, me hacía imaginar que en ese momento deseaba no haberme enviado la carta, y preocuparse mejor en la parafernalia de la boda, el vestido, los retratos, los invitados la recepción.
Entonces recuerdo la primera vez en mi casa luego de muchos tanteos, de varios acercamientos y sombras tumbadas en la alfombra. No hablaré de los detalles, porque todo mundo sabe como es la primera vez. Pareció de pronto olvidar sus anhelos, desdeñar aquel encuentro de varia intensidad a cambio de una coraza, un bunker a donde van las princesas cuando apuran el último minuto que les presenta la vida. El pretexto era una prisa ridícula, inventada, mortuoria. Una prisa por deshacerse de ella misma, o encontrarse con ella. Y la prisa asume una venganza, para comprimir el amor en pastillas de soñar despierta. Otras voces retozan en la cama. Son pequeños aullidos saltando que piden echarte a correr. No todos resistimos los vapores, ni la saliva de otras bocas. Simple física y química. Los ajustes de presión y de líquidos, donde las parejas suman o desaparecen rondan como una especie de latida. Ese veneno de pequeñas dosis. Se marchó corrigiendo la pintura y desarrugando los bordes de su falda. Apresurada, quiso olvidar el ángel salido bajo las bragas. No pude entonces hacer ningún comentario, no estaba seguro. Las otras veces iba subrayándose y resultó que no me había equivocado. Era la misma historia; ¡muera la locura! Por fortuna salté de rama a tiempo y a otro le toca el cambio de vestiduras.
Es difícil que quieran reconocerlo. Y la factura que pasan es elevada por los daños que les causas, los trastornos que vienen de la edad de los príncipes y los castillos es redonda cuando despuntan al renacimiento. En otro sobre aparece el rótulo de su boda, sin boleto de invitación. Falta un ángel. Menuda fiesta. No sé si salga otro ser alado y brote entre sus piernas, o visite paraísos en la cama. Freno de golpe. En el juego, las víctimas, acaban por demoler los restos de un presente por la vaciedad de un futuro.
Mis hijas me llaman desde su cuarto. Cada una quiere ver una película distinta y tengo que mediar la disputa. Acabamos teniendo una conciliación justa, calmada. Primero va la de Peter Pan y luego la de Campanita. Todos contentos nos volvemos a nuestras vidas de siempre. Aquella carta tenía el fragor de quien acaba de otra manera las trampas que pone el recuerdo, la memoria y la nostalgia. Ella quería regresar unos pasos a un andamio hundido en la desolación del nunca te quise. Quizá el envite era regresarle la carta por un simple juego de pulsos, de vencidas del corazón. Nunca lo sabrá. Tiré la carta y me fui al paraíso con mis hijas y mi mujer para terminar de ver Peter Pan y por quinceava vez Campanita. Solo pude pensar cuando rodaban los créditos de la película. Corre con prisa si la prisa te llega en la cama. Aprender a distinguirlas del resto es mirar por la comisura de sus labios un agujero negro, que cuando sabe que te tiene, te destroza por dentro.

viernes, 8 de junio de 2012

Con su pan



Me rajo con el esplín. Lo que esputo es por mi expectorante. Lo demás son ideas de espetaperro. Así que espeto por la pluma para dejarlos colgados en la espetera. El espejismo de esperar en los escenarios da una espibia al espichar las anécdotas de lenguas espinescentes. Así que prefiero espolear a los esporádicos de la literatura para evitar los esperpentos futuros.

jueves, 7 de junio de 2012

Archipiélago



Ahora recuerdo. Una tarde el mar estaba en mi habitación. La marea aun baja. Hombres a la deriva, empeñados en nadar hasta la única tabla de salvación, un madero podrido en el que me asía fuertemente para no descender a los infiernos. Los hombres peleaban un lugar en el metro y medio de larguero. Mi corazón indecente no quiso echarles la mano. –Ora, perros, a nadar– grité. El azar llevó un tifón embravecido para sacudirme del madero como un toro bronco al jinete. Cuando una ola cambió mi posición. Estaba nadando en aguas profundas. Los hombres dieron unas fuertes brazadas y llegaron al madero. –¿Quién es el perro?– Dijo uno. Mis piernas flotaban entre la densidad marina de la habitación. Una lámpara de mesa pasó flotando a un a lado. Si no muero ahogado, muero electrocutado. Llené mis pulmones hasta el máximo para luego sumergirme al fondo gris. Abrí los ojos. Mi cama, estaba tendida. El closet cerrado. No había otra cosa que flotara. Perdí el minuto de oxígeno haciendo malabares para hundirme bajo el agua. Regresé a la superficie. Un sol entraba por las ventanas. Los cadáveres de mis oponentes los hallé flotando de “muertito” entre la marea de aguas vivas. Llegué hasta una isla, cerca del sofá cama, y estiré todos mis músculos para rendirme en un sueño donde me veo escribir en piyama los rastros de un naufragio interior.  

miércoles, 6 de junio de 2012

La sal



El destino, el mundo o una fuerza poderosa me habían concedido estar en un infierno como el espectador privilegiado, en el escenario de mi decrepitud. Sólo algo mágico, brutal y poderoso sería capaz de sacarme de ese sitio. La magia. Entonces busqué entre mis papeles, entre mis contactos para enlazarme con el otro mundo, ese que se mueve  a pesar de nuestros movimientos. Hallé la tarjeta de presentación de Don Ramiro. Brujo blanco. Lector de cartas. Y espiritista consumado. 
Dudé antes de llamarlo para sacar una cita.
Luego de meditar un rato me decidí. Recordé que había llamado a todos mis conocidos para narrarles la pena de ser un desempleado, de buscar ayuda, consuelo o chamba. Sólo recibí ayes y palabras de lastimeras, —Si sé de algo te llamo— Otras veces mi suerte parecía mejorar. Hubo amigos que se apiadaban diciendo que tenían proyectos para el futuro y que en el futuro estaban colgados como un post it de la lástima. Un tío me dijo que para febrero estaría contratado en un mega proyecto, otro amigo dijo que para un lunes incierto comenzaba a trabajar. Con el tiempo fueron cayendo las promesas y las amistades. A uno me lo encontré en un centro comercial y me dijo su ya merito, ya casi está listo. El tío, por su parte nunca me llamó. Y como suele ocurrir en estos casos, los portazos en la nariz fueron cediéndose uno a otro, con amigos y personas que en otras ocasiones me habían pedido chamba, dinero o favores; entonces me veían como un apestado que les iba a pegar la mala suerte. Otros me quitaron el habla. Los más, ni siquiera respondieron a mis suplicas. Estaba mágicamente jodido. 
Don Ramiro era entonces la respuesta. La cita fue una mañana de invierno. Caminé por la cuesta del Panteón y donde caían las ramas de un sauce, se hallaba la puerta de mi destino. Pregunté a una anciana que vigilaba la puerta por Don Ramiro. Me saludó y me invitó a pasar. Dentro me esperaba un viejo regordete y simpático. En un cuarto que gobernaban imágenes de religiosa y la Santa Muerte de cabecera, me invitó a sentarme delante de su escritorio. Su respiración asmática me distraía. Me contó cosas que ni me interesaban. Yo estaba en silencio. No quería dar la mínima pista que le diera materia para engatusarme, para que me dijera lo que yo quería oír. De plano, sacó una bola de cristal. Miró como si de verdad mirara algo dentro y me pidió 300 pesos. Ya estaba. Necesitaba una limpia con huevos de guajolote. Lo mío no era tan malo, pero estaba lleno de veneno. De envidia. Me convenció. 

Al otro día llegué temprano a la limpia. La anciana me saludó, Don Ramiro me hizo pasar pero me dejó parado frente a un brasero. Ardía el incienso. Comenzó el ritual con rezos y permisos para que vinieran a curarme sanadores de otra dimensión. Entonces tomó los huevos de guajolote y los pasó por todo mi cuerpo haciendo carreteras imaginarias. Oraciones y huevos. En un momento, estalló por mi cuerpo una cascada de sal. “Miré” dijo con sorpresa. —Le echaron sal— Y en ese momento sentí un alivio. Había encontrado al culpable de mi suerte. La sal. Barrió el espacio que ocupó mi cuerpo en el ritual y me enseñó el resultado. Sal, sal, sal. Era un montón que bien ocuparía una tercera parte de un salero de mesa. —Le van a llamar para que salga de jodido— dijo el pequeño hombre. Salí de la casa de Don Ramiro más embrujado de lo que entré. No podía creer en el mundo mezquino, mágico, paralelo a mi creencia aristotélica estuviera lleno de gente que quisiera echar la sal para lastimar el destino y además fuese una réplica de mi vida. Que existieran las personas de comportamiento zafio. Caminé cuesta abajo repasando todos los movimientos del viejo. No había trampa. Estuve salado. Sólo me quedaba recibir la azúcar prometida. Aguardé por unos días la llamada mágica que compusiera mi vida de una vez y para siempre, pero nunca llegó. 
Comencé a ver a toda la gente bajo sospecha. Con miedo de que me echaran la sal. A desconfiar, a tomarme a pecho cualquier comentario. Me bañé con un jabón milagroso que apestaba a Zote. Ungí mi cuerpo con polvos para ahuyentar a las malas compañías. Pero todo ha sido contrario a mis deseos. La vida después de la limpia es una lata de sardinas. Estaba cruda y con una montaña de cosas que ni cumplía ni iba a cumplir por aguardar una promesa mágica de Don Ramiro. La vida, como si eso fuera poco, caía en picada bajo el signo del desastre. 
Han pasado varios meses y pienso volver con Don Ramiro a pedirle que me devuelva mi sal.  

sábado, 2 de junio de 2012

La Roca



Para Mijo y Aidé, que saben de lo que hablo...



—¡A otra zorra con ese mink!- Dijo una perversa Andrea Roca cuando le ofrecieron la Dirección de Producciones Atómicas del Ministerio de Conservación de la materia gris. Había desgastado parte de su juventud en reventarse los nervios con una pandilla de burócratas que sólo buscaban conciliarse con la entonces juvenil madama de la ciencia. A golpe de metralla y fuego amigo, fue escalando posiciones dentro del organigrama para parecer una científica, sin embargo, como ella tantas veces lo había dicho, era una administradora, una publirrelacionista, una mujer decidida y punto. No necesitaba tanto blablabla de ningún académico por más pintado que se plasmara.
Lo único verdaderamente molesto era que le quisieran cortar la cabeza. Quizá era un miedo atávico. Le daba por pensar en las noches que estaría bajo amenaza de científicos locos que querían destronarle el puesto, que tan agriamente había conseguido en las rudas artes de la academia, del saber, de las hipotenusas y las teorías del desencanto. La noche del 25 de abril, cuando la luz de la luna rompía unas nubes meteóricas, despertó con un sudor amargo. Una pesadilla fue la que le robó el sueño. Era perseguida por perros rabiosos, dentro de un túnel hondo. Cuando el primer perro se le acercó a sorrajarle una mordida en la pierna, Andrea Roca se preparó para darle un escarmiento. Se lanzó a cuatro patas y abrió, lo que sería una bocaza enorme, unas mandíbulas que le colgaban hasta el suelo. El dogo, sorprendido por el hocico infame, resbaló sus cuatro patas para meter freno de mano y repeler la agresión. Aunque fue demasiado tarde. El perro ya estaba entre las mandíbulas trabadas de la mujer en una pata correosa del can. El resto de la jauría echó a correr. El sobresalto de la ira la hizo despertar. Enojada porque no había acabado con su adversario, lo que restaba de la noche la pasó en vela. Era un presagio. Algún científico deseaba darle una mordida o peor aún, la muerte.
Llegó entonces a la Institución muy temprano, en contra de sus reglas bien definidas. Para ella no amanecía hasta las nueve de la mañana, luego de un trago de ginebra. Reunió a sus cuatro subalternos. Los encerró en la sala de juntas. Encendió el sexto cigarro del día. Montó una estrategia para contrarrestar un posible complot. La ignorancia mitifica. Uno de sus delfines escribió varios nombres, varios científicos que podían darle una mordida a su carrera en ascenso. Con los años la sangre se templa y apesta la boca. Miró la lista de posibles traidores. Y allí, entre un espacio tímido, se levantó como lunar en la cara del cacarizo, un académico de porte seguro, de galones entrañables y méritos propios. Ese que nunca había pedido un favor. Dijo —Al que no se le pise un callo. Al que tenga lavada la cara. Al de las orejas frías. Un tal, Pedro Galván. 
Por el currículum se trepa a la sospecha. Pedro Galván hombre de mediana edad, de pelo escaso, cuerpo delgado, honorarios de académico, casa en fraccionamiento, hipoteca a quince años, tres hijos y para más señas, cuñado de Andrea Roca. Allí estaba el lunar. Ese era, sin duda alguna quien podría arrebatarle la llegada a la cima. Cuando los asistentes confirmaron la sospecha. Cuando hilvanaron chismes y sobajaron el método científico a mera estructura curricular de alumnos de preparatoria. 
Primero consideraron demasiado que Pedro Galván fuera cuñado de Andrea Roca. Sobre esa premisa, encabezaron experimentos. Le enviaron a una masajista para tomarle fotos y acabar de una vez con un matrimonio de perdedores. Una vez que el brazo derecho de Andrea Roca tuvo en su poder las fotos, le solicitó una audiencia en privado. Lo amenazó. Lo chantajeó, sin embargo Pedro no había aceptado a ninguna masajista. Podía negarlo todo. Querer no es poder. 
   Con sus mañas mal habidas, logró que el consejo del Instituto lo declarara incompetente, loco, distraído. Pero no quedaba claro el mensaje ante los científicos. Asumió que la mordida necesitaba hacerla a la yugular. Una vez que Pedro fue distanciado de sus axiomas, recluido a un cuarto maloliente, frío y sin computadora, los fieles guardianes elaboraron una marca personal. Le arrebataban sus cosas, lo acusaban de plagiar investigaciones, de arrobarse con premios. Una tarde Pedro replicó una sanción de tres días sin salario por irse a comer una torta. Eso bastó para que Antonio La Facha, misigato y misionero de Andrea Roca, llevara las cosas fuera de lugar. El Ministerio Público arribó a su trabajo, le entregó un citatorio y la guerra siguió en los juzgados. Batalló lo que pudo contra las estructuras de la institución hasta que una mañana encontraron el cuerpo de Pedro Galván colgado de la regadera de su casa. Los chismes dejaban claro que todo había sido obra de Roca. Quedaba también claro que en la guerra y en los puestos de poder todo se vale. El consejo de sabios, indignado recapacitó sobre su oferta. Dicen que no volvió a soñar perros y aceptó, triunfal, la Dirección de General de Experimentos. 
– Este mink, si me lo pongo. 

jueves, 31 de mayo de 2012

Bienvenido




Odiaba Guanajuato. Odiaba todo. La primera llamada del teléfono le siguió a una imagen que le llegó apenas entraba en la viaje casa de San Roque, entre la media noche y el último campanazo de la iglesia. Morir. 
Solamente descolgó el teléfono sin saber que, después de ese momento, no iba a dormir jamás. La luna colgaba encima del campanario y detrás, en un montón de nubes, circulaba la madrugada. Del garrafón tomó un vaso de agua y puso sobre la mesa del comedor los codos, recargó la cabeza en una lánguidamente para lanzarse al olvido. Era ya un domingo, las calles palidecían entre los adoquines milenarios. Miró el cuerpo del teléfono pesadamente. Nadie podía llamar a esas horas, a menos que fueran algunas noticias verdaderamente importantes. Entonces pensó en Otilia. Luego de la ruptura, había pasado un buen rato de coraje que no deseaba volver a encender. Si acaso ella llamaba era para pedirle otra vez los viejos discos de Sabina. Era un asunto concluido.
—Que se vaya a la chingada.
Acabó de tomar el último trago cuando decidió contestar el teléfono. Si tenía que mandar al diablo a Otilia, sólo le quedaba hacerlo. 
— ¿Quién habla?— preguntó escamado. 
—Llamo porque no podía dormir— contestó desde el otro lado de la línea una voz de mujer, enturbiada por la modorra. Estaba seguro que el aliento olería a caño. De momento quiso reconocer la voz de Otilia, pero ningún registro de la memoria lograba hacerle llegar al presente un timbre parecido. — ¿Con quién quiere hablar?— machacó antes de dejar entra una conversación. En el fondo quería que fuese Otilia, pero la voz era aguda y rencorosa. 
La mujer llamaba porque no quería dormir. Dijo que otros le habían colgado en un acto de espanto, pero ella le suplicó que no colgara. Había tenido un pésimo día. Las cosas no se detienen. El mundo sigue girando, es un ser que no duerme. Dormir es reaccionario. Hay que combatirlo. Pero el propósito de la llamada no se hallaba en interrumpir el sueño, sino en no volver a soñar. 
Le pareció de lo más sensato lo que aquella mujer acababa de decir. Entonces imaginó a Otilia en una playa lejana, intoxicada de aire de trópico y con la piel calcinada por los rayos de sol. Y también se le volvieron los recuerdos de una vez que anduvieron por la orilla de la presa de la Olla, invocando al espíritu de la luna. Y los besos. Y los abrazos calientes. Y recordó que no tenía dinero para el boleto de regreso y caminaron dos kilómetros para volver a la casa. La soledad estaba presente como una pesada roca. Se vio ladrando sus pesares a una desconocida y desconsolada mujer que quería suicidarse. El miedo le machacó las plantas de los pies. Trepó hasta el estómago y le encajó ese vértigo helado de los abandonados. Su interlocutora moría de lo mismo, se abrazaba a un pasado canceroso, muerto, infame. Un hombre perdido, un hueco en la almohada, sexo pantuflero, un café helado, un teléfono muerto… En cada palabra de esa mujer parecía calcar su propia imagen. Fue perdiendo el miedo o ganando valor. 
Se levantó de la silla para asomarse a través de la ventana como si quisiera encontrar un rostro, al tiempo que la mujer del teléfono le advirtió que quizá todo era un sueño, que quizá le salvaría la vida, que tenía mil posibilidades para vivir y ninguna para morir. —Bienvenido a tu vida— dijo y colgó.  
Desde el campanario de San Roque revolotearon unos murciélagos que pintaban un rayo negro a la mitad de la luna.  

lunes, 28 de mayo de 2012

Así cualquiera



—¡Se puso como loca, por eso la maté!— fueron las primeras palabras que declaró en el ministerio público. Sonaron distraídas, convincentes, pegadoras; la secretaria las tecleó sin inmutarse, quizá pensaba en salir de turno e irse al cine. Laura, secretaria de academia, con veinte años en el ejercicio público, fue encontrada por el velador cuando trataba de cerrarle los ojos a Raquel, su nueva jefa. No hubo otros testigos. El hombre la detuvo, llamó a la policía y en la espera se bebieron un café. 
—No voy a negar que la estrangulé. Pero estaba loca. Pero cuando hablaba de ella, de sus planes en la oficina se ponía insoportable. Era como si me metiera un puño de tachuelas en la garganta. Odiaba su éxito. Odiaba que fuera mejor que yo; si había una reunión en la oficina ella llegaba con vestidos muy caros y siempre tenía un detalle con el delegado; si no era el café, era una cualquier sutileza que me hacía quedar mal. Soy competitiva desde niña, si. Entonces desde el primer día que llegó a dejar su currículum supe que iba a tener problemas. Era un currículum impecable. Estudios en el extranjero, proyectos creativos, una secuela de éxitos que yo no podría superar ni volviendo a nacer. Soy una persona que empezó desde cero, picando piedra, llevando café, comprando las tortas, horas al sol repartiendo volantes, paga de salario mínimo. Era una ofensa personal, una patada al orgullo, a las espinillas. Ninguna niña bien iba a venir a ponerse encima de mí tan fácilmente; mínimo que pasara las de Caín para crecer en el ambiente de la oficina, oye no. Cuando estaba por tirar a la basura el currículum, entró el jefe y sin inmutarse me lo arrebató. Ya el chismoso del Requena había comentado lo buena que se veía la chica con ese pantalón blanco ajustado y mi jefe corrió hasta mi escritorio. Entonces fueron tres entrevistas consecutivas para que Raquel se quedara con el puesto. Se cumplió con la convocatoria y todas las eventualidades.
Laura tomó un respiro. Miró alrededor. Los ojos pasmados del Ministerial le hicieron reaccionar como si hubiera visto un fantasma. — Yo siempre he creído en el trabajo señor. Mire, la vida me ha puesto en situaciones difíciles y creo que todo lo difícil vale la pena, es lo correcto. Tuve miedo, como no, mi trabajo estaba en riesgo. La buena suerte de los otros me aterra. Raquel era mejor en todos los sentidos. Siempre me lo dijo mi jefe, “Raquel es un elemento que sirve al país, necesitamos más mujeres como ella” y sus palabras olieron a mierda.  Me taladraron la dignidad. Raquel se tenía que hundir. A mí nadie me ayudó. No he tenido padrinos políticos, ni cuates que me celebren los méritos; cada día significaba ganarme el reconocimiento a pulso, como si saldara una cuenta con la sociedad, como si fuera un abono para integrarme a ella. Todos estábamos bien en la oficina hasta que murió el licenciado Augurio y tuvieron que abrir la plaza. Al cabo Raquel era rica, de buena cuna, no necesitaba un trabajo como ese. Ella ocupaba un lugar que merecía alguien como yo, como las  de mi clase; la clase trabajadora, las que venimos desde abajo. Mire, hubo muchas, pero Raquel ganó por su buena suerte. 
—¿Dije que se puso como loca no?, pues el delegado me asignó como su secretaria. Soporté una semana de sus patanerías, de sus abusos y todo sin avisarle a mi sindicato. Una semana tomando notas y llamadas, una semana en la que no se la desearía a nadie. Cuando llegó el viernes, la tomó contra mí porque había olvidado darle un recado del jefe. Una cita importante. Al segundo grito, mi cuerpo se encendió en llamas. Le lancé la engrapadora en la cabeza para que se tranquilizara. Gritaba como loca. No dejaba de señalarme mis errores, pero yo siempre he sido secretaria. ¡Qué va! Se tomó la frente y chascó los dedos. ¡Te me largas! No pude más. Así cualquiera. Estaba como loca.