jueves, 20 de diciembre de 2012

Los penúltimos



Ya me había ocurrido anteriormente esto del fin del mundo. Era 1979 y los planetas se iban a alinear de tal manera que una fuerza cósmica los empujaría y en carambola de tres bandas harían trizas a la tierra. Eso es lo que más o menos recuerdo y lo que sin duda me hace un sobreviviente de esa hecatombe frustrada. Sin duda, en esa época debo admitir que tuve miedo, no porque se fuera a acabar el mundo, sino que apenas había transitado entre los terrícolas por seis años y del mundo y sus vericuetos poco podía contar. Me daba miedo no volver a la escuela, ni volver a ver a mi abuela. Miedos más, miedos menos, mi patria era la casa de San Fernando y la ternura de los ojos verdes de la abuela. Todo lo demás podría echarse a perder sin importarme un carajo. 
Al otro día amaneció y miré por la ventana la fuente de la plaza, las palomas en vuelo regular desplazándose entre las casas;  el olor a leña quemada del alba me inyectó energía. Miré el cielo plomizo de Guanajuato y me preparé para ir a la escuela. Acto seguido, me despedí con un beso de la abuela que invariablemente me supo a gloria. 
Este conato del fin del mundo nomás me pone a pensar en el embrujo del instante, en ese último, (siempre espero que sea el penúltimo, pero no sabemos) beso que disfruté, en ese último rostro del desamparo, en esa última carta que ardió en mis manos, en ese último abrazo del amigo que jamás volví a ver, en el último recuerdo del día con el que se embarca a los sueños. ¿Los últimos momentos con los que nos quedamos hasta este instante, son los mejores? Y pienso en la última sonrisa que provoqué sin desearlo, en el último coito liviano,  en el último “ya no te quiero”, en ese último bienvenido que recibí, en el te odio más fino y elegante, en el último avión por el que viajé, en la última puerta de la casa en la que me miró llegar, la última copa que me emborrachó, la última música con la que me fui a acostar, el último acostón sin música que pude tener, la última bendición de mi padre, de mi madre o de mi abuela, el último kilómetro, es más el último metro que dieron mis pies; el último amigo al que le dije te quiero, el último adiós inexplicable, la última carta que escribí, la última foto que quedó en mi recuerdo… cada momento es el último, vaya perogrullada. Pero es el fin. Cuando hacía radio y me importaba, dije que la radio era un medio de comunicación muy cruel, por que apenas nacía, un segundo después estaba muriendo. Así, como la vida… Hace poco saludé a un hombre y quedé en tomarme un café y charlar de no sé qué, claro que lo prometí sin la menor intención de ir a sentarme a su mesa, nomás por un gesto cordial; recuerdo sus ojos amarillos y su cuerpo tembloroso; recuerdo que nos abrazamos y me despedí con la promesa de volvernos a ver; entonces me profirió su último adiós. A la semana estaba muerto. 
Mientras se vive, se espera que ese instante sea el penúltimo y por arrogancia, soberbia o insano optimismo, siempre esperamos que el que viene sea mejor, mientras que el instante que acaba de pasar y del que somos responsables, poco importa que nos haya quedado mediocre por esa vana esperanza del próximo será mejor. ¿Y si los Mayas hablaban del mundo interior, de tus mundos posibles, de tu infierno en la tierra, del meteorito que viene a agonizar en tu interior con una pila de mierda? ¡Ay canijo! 
Y por si acaso, y no había quedado claro, si este es el fin del mundo doy gracias a todos mis penúltimos besos, a los penúltimos cariños, a los penúltimos amores, a las penúltimas palabras de ayuda, a los penúltimos goles de mi corazón, a mi penúltima cena, a la penúltima amistad, a mi penúltima carrera, a mi penúltima emoción, a la penúltima película, a la penúltima victoria, a la penúltima sonrisa de mis hijas, a la penúltima vanidad, a mi penúltima lágrima, a mi penúltimo beso que me refaccionó Merit, a mi penúltimo libro, a mi penúltimo abrazo con los amigos, a mi penúltimo gracias. 
Y como no, para no dejar de ser claro, a todos mis detractores les digo. No lo lograron. 
Y así, los dejo porque tengo que vivir. 

No caen mal estas palabras del viejo Sabina…

que el equipaje no lastre tus alas,
que el calendario no venga con prisas,
que el diccionario detenga las balas,
Que las persianas corrijan la aurora,
que gane el quiero la guerra del puedo,
que los que esperan no cuenten las horas,
que los que matan se mueran de miedo.
Que el fin del mundo te pille bailando,
que el escenario me tiña las canas,
que nunca sepas ni cómo, ni cuándo,
ni ciento volando, ni ayer ni mañana
Que el corazón no se pase de moda,
que los otoños te doren la piel,
que cada noche sea noche de bodas,
que no se ponga la luna de miel…