miércoles, 9 de julio de 2008

Joanic Linea 4


Entrar al metro es introducirse a un dragón que serpentea por la ciudad. Bajé la calle Alzina, esquivando orines de perro y cajas de basura a un lado de los enormes basureros escupiendo sus vísceras. En Encarnación giré rumbo a Joanic, contando sus muchas peluquerías y los supermercados hasta embonar mi brújula en la avenida Escorial, llena de zumbidos de motociclistas retrasados y más orines de perro. Crucé la calle en un paso peatonal hasta hundirme en la boca del dragón amarillo. Joanic. Línea 4. La oscuridad de los túneles me asombra. Parece que saldrá cualquier cosa menos un tren. No hay televisiones que ofrezcan el servicio meteorológico y sólo está una enorme máquina de dulces y refrescos. Ella y yo. En la penumbra de una espera que paulatinamente va haciéndose macabra. No tenemos otra alternativa. Le advierto que voy a introducirle una moneda y le ruego que no me robe. Que funciona. En Barcelona casi todo funciona. El tiempo tal vez tenga un cierto retraso, pero las cosas funcionan. Meto la moneda y hace un ruido como de cadenas que se arrastran. Oprimo la elección 25. Un jugo de naranja. Algo mejor que estar en ayunas y enfrentarme al dragón que está por llegar. Comienza a retorcerse un coleteo del dragón. Viene en otro sentido, como haciendo zigzag y se acomoda para darme la cara. Tomo el jugo y no hay más valientes que desciendan a este pequeño infierno. Seguimos solos la máquina y yo, que me entrega el jugo luego de soltarlo con un resorte. El suelo se cimbra pero no puedo verle la cara al dragón enfurecido. Una estela de su ronroneo deja ver la parte posterior de la cola que se marcha en otra dirección mientras se oculta entre los anuncios de los viajes al caribe y una enorme playa de aguas verdosas.
Entiendo que viene de regreso y me acomodo para enfrentarlo. Veo a lo largo del andén mientras la máquina suelta un chiflido largo como una señal de apoyo. Aprieto en mi puño el envase de jugo. La tierra tiembla y estoy seguro que me vendrá a retar, vendrá por mi a succionarme entre uno de sus miles de poros que se abren y absorben como ventosas a los valientes que lo retan. El asalto está próximo y corren en grandes pesuñas que agobian la espera. Corre como si una estampida de caballos estuviera suelta. Alcanzo a ver el rostro. Tuerto quizá por las mil batallas entra despavorido y chillan sus patas, frenando, casi me olvida y para de súbito, casi he olvidado su cara porque apenas lo vi unos segundos. El cuerpo se extiende a lo largo para vomitar otros valientes que apenas se tocan, y salen huyendo despavoridos de sus intestinos.