martes, 12 de octubre de 2010

Mario

No se por qué, pero en un momento de mi adolescencia me entró la idea de convertirme en militar. En ese entonces las películas apocalípticas de Mad Max y Rambo me alentaban a buscar una formación marcial que me parecía admirable para hacerle frente a una inminente hecatombe nuclear. Un compañero de escuela fue más lejos y guardaba en su closet víveres y agua para soportar la primer mañana peinada de hongo nuclear.
Conocí entonces a un General y escuchaba las historias de cadetes que estaban a un paso de ser héroes. Aventuras de estoicismo y lealtad a la patria de bronce. Y entonces quedé a merced de perseguir ese sueño. Ese general, cuñado de un tío, quedó en que si lo deseaba él me proporcionaría toda la información necesaria para ingresar al colegio militar o de plano, inscribirme. Era el primer año de la preparatoria y ya podría hacer las maletas. En mis escasas charlas con mi hermano, le conté de mis sueños. Espantado trató de convencerme que era una idiotez cambiar la libertad civil por un uniforme. Me dejó un poco trastornado, pero seguí en mi dicho. Llegué a la clase de inglés y se presentaba ante el grupo un profesor de bigotes anchos y el pelo lacio, con un corte de bacinica al estilo Lenon. Sin más, sacó de la chistera el libro de la ciudad y los perros y lo recomendó como la base para iniciar el curso. Quedé enganchado ante la historia. En la ciudad había dos librerías. Sólo en una tenían algunas obras de Mario Vargas Llosa; el libro me costó 25000 pesos. Lo leí cada noche hasta que no quedó una sola hoja. El jaguar, El poeta, el Leoncio Prado, Lima, los militares, las formaciones, la muerte y las perradas de las que eran objeto los chicos, pusieron un tatuaje en mis deseos. No quiero. Y otro en mis ambiciones de lector. Escribir. Como buen adolescente y coleccionista de pasiones comencé a recolectar los libros de Mario que escasamente se hallaban en la ciudad, pero que a fuerza de visitar mes a mes a Juan, el librero de cabecera, los fui atrapando como quien encuentra un tesoro. Al final de semestre, me llamó el General para cerrar el trato. Dije: No gracias. No quiero esclavizarme en la milicia. O algo por el estilo. Me retiró el habla y estoy seguro que aun me considera un cobarde. No me importa. Creo que me convertí, como dice Mario Vargas Llosa, al tomar la decisión de asumir la literatura como destino, en nada menos que en esclavo. 
Gracias Don Mario...