martes, 8 de abril de 2014

La otra semblanza



Pero si me dan a elegir,
entre todas las vidas yo escojo, la de pirata cojo…
J. Sabina


En una de esas coincidencias de una mañana de primavera guanajuatense, cuando terminaba de abonarle elementos a mi página web y de hacer juegos de memoria por clasificar mi vida entera en una semblanza, llegó, en un movimiento inadvertido a mis manos, o mejor dicho, a mis ojos, un texto de Hernán Casiari que no tiene desperdicio. Hablaba acerca de lo dicho en las hojas de vida, la creación de nuestra semblanza, el currículum y nuestra hoja de vida y los estándares que se deben de poner como caramelos de colores: libros, premios, charlas… Dice Hernán que “Si en lugar de personas fuésemos gobiernos, nuestras biografías serían un medio oficialista vergonzoso. Una mirada obsecuente sobre nuestra propia gestión”.
Entonces quedé en blanco. ¿Quién soy realmente? ¿Quién debería de escribir nuestra semblanza? Hernán lo resuelve colocando cuatro textos de dos amigos y dos enemigos que hablen de él para dejar la cosa neutral y hasta cierto punto objetiva. Sería un excelente ejercicio elegir al enemigo, al ser que más te odie para firmar una semblanza. Pensé en tres candidatos para realizar la anti- semblanza: un periodista que se cree intelectual, una filósofa que hace radio y en una universitaria y diseñadora de interiores impresentable. Estoy seguro que las candidatas me pondrían en un lugar al que no deseo ir. Sin miedo se lanzarían al cuello y mostrarían mi rostro más odioso y vil. El lado b que podría aterrizar en una parte que soy en realidad. Un día haré el ejercicio imaginario. (Ya lo veo: Ricardo es un mal escritor. Desgraciadamente nació en  León, en 1973 y bla, bla bla… Sangre. )

Recordé mi primer nota biográfica en una revista de Tierra Adentro. “Joven escritor” Brinqué de gusto. Resolvía entonces todas mis dudas existenciales. Joven escritor guanajuatense, para más datos. Pero en el fondo me sonaba a promesa, larga, lejana y olvidada. A un, “a ver si aguanta”. Luego los años pasaron y ya no quedaba en la juventud de las promesas. La ficha biográfica tuvo su caducidad y después de 24 años la sentencia, según la lógica de los editores quedaría en escritor “viejo”. A secas.
¿En qué momento sabemos que nos graduamos del oficio, quién nos da el título?
Pues bien, nací en una familia de comerciantes que comenzaban las labores apenas despuntaba el día. En la parte baja de la casa de la abuela había una tienda de ropa.  Aprendí el oficio de vendedor como se aprende el lenguaje; oyendo. Escuchaba a mi abuela iniciar una conversación con los clientes antes de cualquier cosa, hablaban de la familia, del clima, de la ciudad. Mi abuela siempre preguntaba por los hijos, el trabajo, el estado de ánimo. Frente al mostrador quedaba una hilera de sillas para que los clientes pudieran quedarse a charlar. Ya en el desenlace de la conversación se llegaba al punto de la venta, de lo que quería el cliente y de los asuntos mercantiles. Al final todos quedaban contentos.
Recuerdo la primera vez que tuve que interactuar con una cliente gorda y esponjosa que había pedido dos tallas menos de la suya. Entonces yo no tenía el buen tino de calcular la medida de un cuerpo. Entre la talla 36 y la 40 no distinguía los kilos de por medio. La mujer entró a probarse el vestido. Tardó una eternidad. Cuando salió del vestidor, la imagen de la señora sumiendo la barriga y aguantando el aire fue una de las peores escenas que había registrado hasta entonces. Un chorizo morado. Dio un giro sobre su eje para mirarse de cuerpo entero frente a un espejo largo y enseguida me miró. -¿Qué te parece güero?- dijo con aplomo. Sólo atiné a decir -Se ve muy bonita señora, ¡muy bonita!
            Sonrió. –Ay, que chulo güero– Y se metió al vestidor. Salió con la ropa en la mano. Pagó y se marchó muy contenta. Ese día vendí el primer vestido de mi vida.
Sin saberlo le modifiqué la semblanza. Y sin más me convertí en vendedor.

Leí en un cartel de la Unidad Belén, donde, en la última fila del programa de una feria de libros, añaden la actividad de la presentación de la revista de cuento con un tímido párrafo que dice “presentación de Ficcionaria”. Ricardo García. Editor”. 
Sospecho que el que redactó eso, será un candidato a redactar mi anti- semblanza. Y no porque él me considere editor, es una de las actividades que he hecho desde 1989, sino porque dejó de lado todo el glamour de “Director de revista literaria”. Publicitariamente suena más atractivo, seductor y dice de qué va lo de Ficcionalia. Lo cierto es que soy editor.
            Esta triquiñuela semántica de los organizadores, me hace acordar de los oficios que he omitido en mis hojas de vida, en las semblanzas con el afán de darle brillo, lustre a un fragmento de mi existencia sin pensar claramente en todas esas tareas que me han dando de comer y que deberían de colocarse en primera fila.
            Lo que más llama mi atención es que editor es uno de los oficios que he omitido en la hoja de vida, por lo que estoy dispuesto a reivindicar mi error y salvar de esas noches de insomnio en la redacción de mis fichas bibliográficas en tercera persona a los otros oficios que me han dado sustento más que un título pomposo.
Quedaría mi primer intento, más o menos así:


             Ricardo García. 1973. Nació en León pero ha vivido siempre en Guanajuato. Se desempeñó desde temprana edad como vendedor de ropa. Dobló camisas, corbatas, envolvió regalos y conoció de tallas y telas, desde el casimir hasta la terlenka. Años más tarde trabajó en las primeras tiendas de suvenires del Cervantino. Vendió tazas, playeras, llaveros y sudaderas. Como animador de fiestas, ponía  su equipo de música. Se desempeñó como cantinero a lo largo de 17 años. Conoció de cocteles y vinos. Cervezas y tequilas. Resguarda la regla del buen cantinero, la discreción ante todo. También hizo las funciones de cajero, mesero, cargador de cajas de cerveza, auxiliar de contador y saca borrachos. Más tarde, consiguió un trabajo como reportero de sucesos en un extinto periódico local. Vendió productos ecológicos, tortas de medio kilo; fungió como edecán en dos informes de gobierno, cargador de cables en una productora de video leonesa, fotógrafo de personajes políticos para una productora de Jalisco.

Como vendedor de café, manejó máquinas de vapor y eléctricas; sabe hacer capuchinos y americanos. Entre sus logros se le reconoce el invento del café Mandrágora. También conoce las funciones de lavaplatos. En un tiempo fue analista de información. Vendedor de publicidad para revistas. Apostador de Melate. Como buscador de empleo se destacó por visitar cerca de 19 empresas, hacer otro tanto de entrevistas y enviar 17 proyectos a sus amigos, todo esto en menos de seis meses. También se desempeñó como cobrador de rentas.

jueves, 3 de abril de 2014

El 41

Hoy por la mañana llegaron mis hijas con un pastel y una vela. Mi esposa me tomó de la frente  y me besó. Cantaron las mañanitas. Besos acaramelados, abrazos infinitos, brincos sobre mi cuerpo y la maravilla de un nuevo amanecer.
Acto seguido, cuando comenzó el alboroto por acicalarnos para comenzar el día, llegó muy sigiloso, casi como para espantarme, el año 41. Entró con pisadas aterciopeladas para acomodarse en la casa modelo 73.
Los 40 primeros, uno a uno se fueron recorriendo para dejar pasar a 41 que se colaba a la fiesta. Lo dejé pasar como si no me hubiera dado cuenta, haciéndome el loco. Llegó allí y se escondió entre los años más jóvenes, entre los años niños, sobre los adolescentes con alas en los pies. No hice aspaviento.
Tomé el short, los tenis, la playera; amarré mi reloj de pulsera, cogí la gorra y una vez que estuve listo, salí del cuarto para desayunar con mi familia. Natalia y Sara reían. Merit comandaba la salida a la escuela. Yo lo miraba con el rabillo del ojo como se mira a un desconocido. 
Ese año número cuarenta y uno se escurría como aceite entre los dedos. Ya en la escuela, recibí el beso y la bendición de mis hijas que entraron al salón de clases. Merit y yo decidimos que iríamos a correr  al camino viejo de Marfil. Hice esfuerzos por no hacerle gran caso a 41 que hacía de todo para pasar inadvertido. Como si no estuviera. Cuando estábamos calentando para la carrera, una vez que me puse los audífonos y di la primer zancada, llamé al 41.
-A ver chavo. Eres bienvenido pero tenemos unas reglas de convivencia.– Me miró retador.
-Aquí las cosas deben ser claritas. Nos levantamos temprano, y acto seguido le hacemos el primer guiño a la voluntad. Corremos, nos quitamos el polvo, aclaramos la mente, respiramos profundo y construimos el futuro inmediato, pero sobre todo recordamos que cada paso hay que disfrutarlo y que cada zancada, cada respiración, cada kilómetro es simplemente irrepetible. Eso vale, canijo 41, como la metáfora de vida que empleamos acá todos los 40 que vivimos en este cuerpo. Yo soy tu General en jefe, el dictador, el presidente, el mandamás. Nunca lo olvides.  
He venido escuchando muchos misterios acerca de envejecer nomás uno traspasa la frontera de los cuarenta. Pues cada paso es un afán. No me jodas. Y empezamos por quitar el no puedo. Aquí se renuncia al derecho de renunciar. Aquí se desquita el pan que se come. Si vas a vivir, comer, reposar, respirar, disfrutar en esta casota de 1:90, nada que no puedo.
41 comenzó a sonrojarse. Miró al suelo y esperó que siguiera con una especie de decálogo.
En esta casa somos heterosexuales, católicos, leemos por convicción, nos gusta viajar, compartir, usamos la memoria, inventamos historias, nos enojamos con la envidia y la cobardía. De la hipocresía ni olerla. Es imprescindible respetar el amor que recibimos. Ya conociste a la familia, así que de entrada y de salida: La familia se respeta. Vas a recibir mucho amor de ellas, así que no me andes con pendejadas. Todos, los cuarenta, jalamos parejo, tenemos ruiditos, jadeos, corajes, malos rollos, pero nada que dure más de dos horas. Vivimos simple. Agradecemos. Bendecimos.
Vas a conocer a los amigos. Gente decente. De huevos. Sincera. Habrá enemigos, ya los verás, pues a reírnos de ellos.
Lo demás es simplemente vivir. 

Abracé al 41. -Bienvenido– le dije con una lágrima sobre la mejilla. 

jueves, 27 de marzo de 2014

El cubo

La vida es como el cubo de Rubick. Una intensa revoltura que tiene su lógica en las piezas más insignificantes, en las vueltas y en los diversos puntos donde quedan los colores. En toda mi existencia jamás he resuelto un cubo. Cada vez que observo como van quedando alineados los colores, una vuelta más o menos, una torción equivocada y los colores se desparraman y allá voy, a romper el orden o la lógica. Pienso esto cuando creo que nunca he deseado resolver el cubo. Y entonces vislumbro que mi vida no desea estar en sintonía con las cosas, los elementos que hacen un orden y quedo en franca rebeldía. 
Alguien escribió que las opiniones son la mercancía más barata. Y en mi cubo han caído desgraciadamente varias opiniones  que me han hecho pelotas en un cuadrado. 
Una de ellas, vino de una editora a la que mi texto le pareció poco fresa. Entonces las piezas del cubo mostraron un abanico multicolor. Por supuesto que era una negativa y un muchas gracias, eres bien bueno, pero no. Aquí no cabes. 
De momento, lo confieso abiertamente, me quise dar ánimos y asumir la postura de bueno, sale, no importa. Pero si importa. El cubo se estaba removiendo a su estado caótico y en cada vuelta que le daba a la esquina, menos podía concentrar un par de colores. 
Este tipo de reacciones han sido un lugar común últimamente. Las palabras amables de que padre, que bueno eres, estamos viéndolo se han hecho una esperanza mezquina que en suma lo vuelven todo al revés. Por alguna mecánica del destino, entré en un proceso de selección, largo, tediosos y lleno de exámenes. Quien me entrevistó no se cansó de hacer halagos, hasta acordamos el sueldo jugoso y un título importante. Me dijo que por su parte, no veía ningún problema. Pues eso. Entró a escena un personaje etéreo que dictaminaría el paradero de las piezas de una cara del cubo. Debo decir que si el Rubick de mi vida dependiera de esa respuesta, hoy estaría quebrado. Alguien en el más allá está al pendiente de mi futuro; entonces esto se vuelve macabro. 
En un momento de mi vida había abonado mis esperanzas, mis esfuerzos y mi aliento a ingresar a la vida monacal de la Universidad. Todo iba viento en popa. Un alguien importante ya me había prometido el ingreso. Trabajé. Seguí los canales, las reglas, analicé el sistema, que ya lo tenía medido, según mis cálculos y a lo largo de seis meses, un alguien etéreo, otra vez y como si le hubiera hecho algo desagradable a ese etéreo que no conozco, fue mermando las ilusiones hasta que volví a mirar el cubo. Un desastre. 
Luego, en una charla amistosa, me encontré con un gran amigo, resuelto a hacer carrera en la política, comentó que se halla en el cerebro gestor de las acciones de un gobierno. Un gobierno, por demás, que intenta ser pensante. Inteligente, elegante. Un gobierno que pretende pisar la utopía y salir bien librado de ella. Me dejó con el ruido en el estómago cuando dijo que yo era un elegido. Otra vez, aparecía entre la charla, ese ente que toma las decisiones. Un ente voraz y también macabro, que decide por la vida de otros. Carajo.  Me vi creyendo que existe otra cosa que hará las cosas a pesar de todo y entonces sólo queda esperar para rumiar una opinión. 
Pasó por mi mente que ese ente, ese dedo grande que se toma del cubo tenía que ver incluso con la brujería. Un más allá hipnótico.
Miré el cubo. Sólo tenía que moverlo para que sucediera. Para procurar abonar un poco de orden en la inexplicable sensación del ya merito que me rodeaba. En el cubo de Rubick, la envidia es ignorancia. No se puede mover el dado de otro. Uno se paga la vida que quiere. 

Entonces repasé: 
La vida buena es cara
La hay más barata,
¡Pero no es vida!



       

miércoles, 22 de enero de 2014

La mandrágora café 1 (relato)

En esa época trabajaba en un viejo café que se llamaba la Mandrágora, en el corazón de la ciudad. Lo había inaugurado apenas con siete mesas prestadas por una tía  y una cafetera que conseguí en una rebaja en los anuncios clasificados del periódico. 
En ese tiempo sólo pensaba en escribir cuentos y vender café, convencido que en una de esas, quedaría aplastado por una vida bohemia y por qué no decirlo, una vida de calavera con un local de café donde pasaría el tiempo leyendo, fumando y vendiendo capuchinos.
En el local, ponía revistas de Vuelta y Viceversa, prestaba algunos libros y al atardecer llegaban amigos a conversar de literatura, de cine y de cualquier eventualidad de la ciudad que tuviera que ver con la cultura.
Entonces las noches se alargaban en esquirlas de palabras; sosteníamos charlas ligeras de nuestros autores preferidos, reflexionábamos acerca de los derroteros de la vida literaria en Guanajuato y apostábamos por la siguiente generación de literatos que, entonces, seríamos nosotros.  Había poetas y cuentistas. Había amigos de barrio con quien compartía el gusto por la literatura y también aterrizaba gente que en su vida había leído un libro. De todos aprendí que en el tiempo de ocio crece la creatividad para estirarlo y no hacer nada. Yo no quería hacer nada. Era inquieto. Pero la Mandrágora estaba para eso. Para el tiempo de ocio. Para escuchar ideas y hacer apuntes. No estoy seguro, pero de allí experimenté la creación de varios personajes guanajuatenses y de la década del noventa. En ese tiempo, recibí una beca para escribir un libro de cuentos que me ayudaba con penuria a sobrellevar la recién estrenada vida de licenciado por la que tanto me había esforzado y a la que tanto le había cargado expectativas.  La paradoja era simple. Ganaba más de las letras que de mi carrera universitaria. Pues eso. Hacía lo que se me pegaba la gana.
Pero la inercia para emplearme en algo relacionado con mi trabajo, recibir un sueldo y aplicar mis conocimientos para el bien de la sociedad seguía dándome vueltas como mosquito de noches de verano.
Con apenas unos meses como egresado, visitaba por las mañanas a un viejo maestro que mantenía una oficina de información y que entonces, me prometía un trabajo pomposo una vez que concluyera un proyecto muy importante con gente influyente del gobierno. Pasaba a visitarlo cuando rayaba la mañana y cuando él comenzaba a beber güisqui en la mesa rústica de comedor que usaba de escritorio. Charlaba de muchas cosas. Era ocurrente, pero yo estaba quebrado, iniciar un negocio no era la respuesta idónea para conseguir dinero contante y sonante porque iniciar un negocio necesita de capital;  así que no podía estar escuchando las memorias de un viejo encaramado en glorias pasadas que bocetaba trabajos ilusorios. Decía mi padre que prometer no empobrece, pues el maestro era rico, porque en más de una ocasión me citaba para comentarme de un proyecto que nunca se llevaba a cabo y terminaba fumándome historias de su vida en Europa. Trazaba castillos imaginarios en su mesa, donde se haría, de la noche a la mañana, famoso. Y acto seguido, me daría un trabajo bajo su sombra.
Cualquier recién egresado que no se jacte de cambiar el mundo nomás con su sapiencia, que lance la primera piedra. Entonces me veía recibiendo un cheque jugoso. Dirigiendo a un montón de súbditos y regodeándome con las mieles del poder, mientras me daba tiempo para escribir en los ratos de ocio en la Mandrágora.
Ese hombre me daba esperanzas, ilusiones. Cosa que vendía muy bien. Pero yo no adivinaba, que sólo quería una especie de discípulo que escuchara sus ocurrencias, que celebrara sus logros, que decorara su ego teca. A la gente le llamaba gentita… Escondido tras la envidia del desempleo o de un autoempleo en el anonimato, todos los que ostentaran un cargo eran pendejos y no sabían lo que hacían. Sólo él tenía la fórmula para resolver, sin más, el estado de cualquier cuestión. El y yo estábamos en los polos opuestos; él en la debacle de su vida y yo apenas saliendo del cascarón.  
Desapareció de mi vida cuando consiguió un trabajo importante en el gobierno y me borró de su lista, se mudó de su oficina y nunca me contestó el teléfono. Ese primer mandoble en la vida profesional, me enseñó que uno escoge a sus maestros; los maestros nunca deben escoger a sus alumnos.
Quedé pasmado porque lo que se me cayeron fueron las ilusiones profesionales. Seguía quebrado. La Mandrágora siguió de acicate y me prometía un sitio reconfortante para escribir. Un sitio donde podrían crecer algunas ideas narrativas. Me concentré en lo que tenía: en la realidad y el presente (¿Hay otra cosa?). La beca. Escribí el libro de cuentos. Asistí cada mes a una reunión de trabajo con un tutor impresentable que nunca leyó mis cuentos. Era un fiasco. No resolvía mis dudas y me decía que estaba bien a secas. Y decir bien a secas es un disparate cuando se trata de literatura. Una vez, un compañero becario. Borracho de tiempo completo llegó a la reunión mensual con un sobre cerrado. Una correspondencia del concurso de cuento Max Aub que mantuvo a la vista de todos los compañeros durante la sesión. Era un viejo, así que miraba de soslayo a los imberbes reunidos en el museo del Pueblo. Ese día, estaba cándido y más borracho que de costumbre. Dijo algunas ebriedades y al final, cuando el tutor estaba cerrando la reunión, tomó la palabra, cogió el sobre y con toda seriedad, le pidió al tutor que le hiciera el honor de abrir la misiva y leerla en público.  Él estaba seguro que las noticias que contenía la carta eran tan relevantes como que lo notificaban ganador del premio Max Aub. La cara de aquel hombre festejaba de antemano algo prácticamente imposible. Era pésimo. No distinguía un cuento de una novela.  Pero le sobraba seguridad, o soberbia o copas.
-Ábrala- farfulló entre las barbas amarillas hacia el tutor. El maestro, sin la costumbre de leer los trabajos de los becarios, quedó fuera de lugar y con una sorna criminal le dijo algo así que él no leía correspondencia privada. Insistió el borracho con amabilidad.
-Ábrala por favor, para que la lea a los compañeros- dijo con una mirada satisfecha que danzó por la sala. El tutor se levantó y le dejó la mano estirada. Todos los presentes hicimos lo mismo, voltear hacia el mural de Chávez Morado. El hombre, paralizado por la reacción, reculó la mano y se acomodó en la silla. Hice lo mismo que él. Debía aguardar el desenlace. En una de esas lo habían premiado y se convertiría en una celebridad. Abrió el sobre. Sus manos temblaban, la barbilla se movía como si fuese un ataque epiléptico. Entre la borrachera y la emoción del rictus del viejo, asomaba la reacción esperanzadora de salir victorioso y alcanzar al tutor para echarle en la cara que era un campeón. Cortó el sobre de una punta y extrajo la carta. La leyó de un tirón. La barbilla comenzó a temblar con furia y escondió la carta entre unos papeles junto a su vergüenza. Cuando miró a todas partes, como si lo hubieran descubierto robando una pulsera de diamantes y su mirada estaba a punto de cruzarse con la mía, cambié la dirección de mis ojos a un rostro fantasmagórico de un español en el mural de Chávez Morado. Me levanté de mi asiento y salí de la capilla del museo Del Pueblo para camuflarme entre los otros becarios.
Sentí pena porque acababa de presenciar un K.O de un escritor en ciernes, una muerte natural por fracaso, una decepción de un hombre viejo que pretendía escribir una novela. Nunca volvió a las sesiones, ni escribió nada más. Supe después que pasaba sus días escuchando la radio de la Universidad y por supuesto, bebiendo licor barato.
Seguí escribiendo el libro de cuentos. El tutor, por su parte, siguió cobrando su cheque sin cambiar la frase de “está bien”. Entre los días y las horas que se suceden a la creación hay más angustia de lo que uno puede imaginar. Hay más lecturas que horas frente a la hoja en blanco. Y en mi caso, hubo más capuchinos que americanos cuando hacía el libro de Alevosía. Ya verán...  

lunes, 13 de enero de 2014

Caminos (editoriales) de Guanajuato

Una de las ideas generalizadas es que la industria editorial en el Estado de Guanajuato, no es industria y precisa de subsidios y acuerdos con instituciones gubernamentales para su sobrevivencia. Desde este punto de partida, podríamos advertir que la inercia de las editoriales dirige sus esfuerzos hacia una calistenia básica, elemental y elocuente. Hacer libros. Producir el soporte. Distribuirlo y luego entonces venderlo.
La gama de elementos que nutren la industria editorial y que pueden generar derrama económica, empleo y bienestar, quedan con un freno, sin lograr destapar otras áreas de producción. He señalado en varias ocasiones que el autor es el único de dicha cadena productiva que se queda con el buen sabor de boca, pero sin remuneración, y esto es un problema que se desencadena violentamente a la larga, en un sinnúmero de etiquetas sociales en el escritor mexicano: la primera: la gente cree que el escritor escribe para regalar los libros. En segunda creen que escribir no es un trabajo de verdad, sino una pérdida de tiempo; en tercera, no hay seguro médico ni se cotiza para el retiro. Esto ocasiona que el escritor tenga sub empleos, lo que francamente, ya revienta la idea de generar una industria cultural.
En línea directa es probable que el editor recupere su inversión y es seguro que el distribuidor gane un porcentaje por la exhibición y venta del libro. 
Hoy en día, los procesos de producción de libros son económicos y fáciles en términos de producción material del medio y de los avances tecnológicos para la edición y la conformación digital, lo que concentra y salva una arista que hace diez años era un loza difícil de cargar debido a los altos costos de producción que implicaban realizar un libro.
Entonces, en el proceso editorial queda salvado este punto, pero se engarza otro de mayor calado y cuya relevancia es vital: la calidad de los autores.
En los últimos cinco años han emergido nombres de autores guanajuatenses que han propuesto ideas y obras literarias. Han mostrado trabajos de buena factura. Han hecho su trabajo desde los ámbitos locales. La idea del escritor que se lanza a la gran ciudad para recibir reconocimiento comienza a quedar como una idea chabacana. Una idea que había permanecido en un principio, como la única opción, por la falta de medios tanto editoriales como académicos. Por esa idea, por qué no decirlo, de conquistar la ciudad de México y mirar con soslayo “la provincia, el rancho, el pueblo quieto”, muchos autores quedaron aniquilados por el caciquismo de la industria literaria de la Capital. .
Hoy, la generación que inició hace 30 años a confiar en Guanajuato como una región de desarrollo editorial y literario se han consolidado gracias a su trabajo, a su vocación, a su seriedad. Y ya están en forma, las generaciones subsiguientes. La industria editorial, desde este punto de vista, comienza a cerrar la pinza y da una muestra de lo posible.

La apuesta

La elección y la creación de colecciones con títulos que sobresalgan implica uno de los puntos más importantes en la decisión de compra para el lector. Gastar 150 pesos en un autor desconocido, significa una decisión importante que impacta en la economía y la cultura de un guanajuatense.
En contra de las maquinarias de promoción de las grandes editoriales que en apariencia garantizan que la venta del libro será por lo menos una buena inversión, para las editoriales pequeñas esto implica una gran apuesta y uno de los factores que requieren de mayor trabajo. Los que compran libros de autores desconocidos, son apenas una mínima parte de los lectores que se atreven a conocerlo animados a leer otras voces.
Esta inconsistencia orilla a las pequeñas editoriales a marginar a muchos de los autores, no por la calidad, sino por el riesgo de venta. En el aparador final de la librería; el libro queda rezagado, en el último estante poco socorrido. El librero, que es la parte final del proceso, deja como cosa exótica a este tipo de publicaciones.
Este acto, por mínimo que parezca, obliga a bajar el precio, a abaratar al autor. El “ya pa que se venda”, se mueve con tal fuerza que el apartado final del proceso productivo, empuja a estas publicaciones a la recular en la recuperación del costo de impresión y se pierde el valor de otros factores que rodean la creación del libro (corrección de estilo, diseño, maquinación, etc.).
Hoy el problema se centra en la nula promoción del autor. Este apartado es donde encontramos la menor inversión en una industria que empuja con insistencia su crecimiento.
Entonces la posible industria va en picada.
En este proceso encontramos la distribución. Las dificultades retóricas y añejas de movilizar el papel no se han salvado para el mundo de la pequeña editorial. En esta parte del proceso, el intermediario se queda con gran parte del valor del libro. Y con la decisión de venderlo donde él quiera, Nos acercamos a un misterio. Ofrezco lo que se vende. Allí, los editores de las grandes compañías de editoriales de catálogo, ponen un gran lastre, una muralla casi infranqueable. La literatura no es la propuesta, sino el lado comercial.

El trabuco

El derrotero para que prevalezca el incipiente mundo editorial del Estado se orienta a la promoción de las obras y de los autores en un espacio específico, en una región concreta, en casa.
Se pueden establecer estrategias mediáticas que aborden sistemáticamente la calidad de la obra producida en Guanajuato y por ende, encuentre un mercado cercano y real.
A veces es simple. Se tiene un mercado local que oscila entre los “dos millones quinientos cuarenta y seis mil trescientos cincuenta y siete personas”, que según el INEGI, son la población económicamente activa de Guanajuato. Un universo enorme para las cifras de impresión de libros en la región. Sin embargo, podríamos toparnos con una realidad hética y ruin; los índices mínimos de lectura dentro de ese universo de paisanos haría deprimirse a cualquiera.
Pero siguiendo con la inercia del optimismo; el INEGI señala que hay “347,952” guanajuatenses con nivel profesional y lo mejor; “37,431”, guanajuatenses con nivel de posgrado. Una cifra que a simple vista consolidaría cualquier industria editorial debido, en este supuesto, a que existe un mercado de 37,431 guanajuatenses lectores y estudiosos de manera permanente, metódica y sistemática.
Podemos advertir, que de entrada, los puntos más importantes para la industria están presentes y en una apurada conclusión, salvados: existen autores, existen imprentas y procesos tecnológicos que facilitan integralmente la producción de libros y lectores en potencia, preparados y ávidos.
Se precisa una voluntad de todas partes, de las editoriales locales, las editoriales universitarias y las instituciones culturales para detonar la industria editorial del Estado de Guanajuato y más aun, el fomento a la lectura. 
Es notorio ya que un elemento que ha permanecido intocable y casi en el olvido es la difusión de autores. La divulgación estratégica de lo que se produce en Guanajuato en materia literaria es precaria. Esta construcción de contenidos, de perfiles, de bases de datos, de intercambios de información, hará una construcción de identidades a través de la difusión coordinada y planeada. Un mapa literario del Estado, de lo próximo, de lo propio como una verdadera apuesta con más ganancia que riesgo para los guanajuatenses.
 El tejido editorial de lo local arropa una auténtica tradición letrada que será inevitable promocionar y exponer mediáticamente para su sobrevivencia; un patrimonio cultural intangible que puede volverse tangible y que incluye necesariamente al conocimiento generado en las universidades que carecen de lo mismo. Es una apuesta, tiene sus bemoles, pero no se ha realizado. ¿Esperamos?, ¿Qué?