martes, 27 de agosto de 2013

Sara cinco años

Esta entrada del blog tiene cinco años. Mañana Sara mi hija menor, celebra la llegada a esta tierra. Va de nuez.


Sara

“Los amigos no son los que queremos que lo sean, sino los primeros que están allí.”

Hace apenas una semana, Sara llegó a este planeta tierra. Me dio a luz. Empeñada en habitar con terrícolas de todas las clases, de todas las raleas, de todas las formas, ha hecho de cada minuto de su existencia una experiencia de vida. Empeñada en conocer este mundo, que sin ser el ideal, puede ser hermoso, me dio la luz. Sara tiene apenas ocho días de habitar el planeta y ha tenido que luchar contra viento y marea para quedarse, para escribir su historia. En el vientre de su madre le prometí otra cosa, le hablé de su familia, de su hermana, de su casa, de su perro. Le dije que la pasábamos bien. Que una vez que llegara, nos divertiríamos como enanos, como gigantes, como niños. Que sólo se trataba de que asistiera al momento de su nacimiento.
Ha surcado una semana con suero, enfermeras, hospitales solitarios, sondas, los pasillos héticos, las enfermeras vestidas de color pastel, los médicos y su palabra preferida “estable”, los rincones de la desesperación, antes de conocer los brazos de su madre. Ha aprendido, así, de pronto que en este mundo hay que pelear, que hay dolor, que es cruel y no tiene piedad. Ha luchado contra todo y contra todos; cada respiración es una gran victoria, cada movimiento ha sido un salto mortal. 
Había pensado narrarle todo lo que vale la pena para que no desista en la lucha, llenarla de consejos paternales que mostraran el camino, sin embargo, hoy, un bebe de sólo ocho días de nacido me enseñó, mientras la cargaba, que la vida es esperanza, es lucha, es coraje, es no rajarse. Me dejó mudo.
Gracias Sara, me diste a luz.

¿Quién te lo manda?

"¿A vos no te pasa que te despertás a veces con la exacta conciencia de que en ese momento empieza una increíble equivocación?"
Julio Cortázar

¿Quién te lo manda? era una de las frases favoritas de mi abuela y la decía cuando todo se echaba a perder después de los resultados, generalmente desastrosos, de alguna iniciativa propia a la que no le veía futuro y que estaba condenada, desde su origen, al fracaso.
 Sólo había una respuesta posible, tramposa, dolorosa que la abuela esperaba con alegría… Yo. 
Yo me lo mandaba y yo me lo hallaba. 
Cuando escucho el alarido interior del “¿quién te lo manda?”, es porque algo no salió bien o mínimamente hay consuelo de una victoria Pírrica que pocas veces puede saborearse.    
Escribir literatura es uno de los trabajos donde se acomoda el quién te lo manda de la mejor manera, porque “Nadie te pide que lo hagas”.  
A diferencia de otras actividades donde existe una necesidad práctica para intercambiar bienes y servicios, donde primero se pide y luego se hace; el trabajo de escritor es por fuerza al revés. Primero se invierten varios meses de trabajo, muchas horas, desvelo y penurias y después, cuando parece que todo está en orden vemos que se dedican las mejores horas del día, los fines de semana, las noches de descanso, y sobre todo los mejores años de la vida.
Puede ser que nunca se llegue a obtener un beneficio material, que el trabajo desarrollado destile el amargo olor del archivo de computadora o el impreso original que queda en el cajón del escritorio. Una vida dedicada a la creación paradojicamente, se acompaña de ausencia. De nostalgia.  
Y aquí aparece un personaje exótico que provoca, mejor que nadie, el quien te lo manda: El editor; un editor que tiene la magia, el secreto, la tábula rasa de valorar el trabajo no pedido y echar en cara a uno que no es lo que se desea. 
Una vez no conocí a una editora a la que le presenté un trabajo y en cuestión de cinco semanas, de manera informal, y por una tercera persona a la que le escribió algo así como que mi trabajo era como… que no era fresa… que estaba bueno para otra editorial… en conclusión, que no coincidía con la línea de historias de vampiros amorosos, zombies arrepentidos, narcos, migrantes o norteños. 
¿Quién te lo manda? Resonó de nueva cuenta por la cabeza para escupir lo primero que se me viene a la mente. Escribir y aspirar a la literatura es una manda que transpira del corazón. Uno es también “escrotor”. Y leo el poema de Eternidades de Juan Ramón Jiménez: 
“¡Inteligencia, dame / el nombre exacto de las cosas! / 
…Que mi palabra sea / la cosa misma, / creada por mí nuevamente”.
 Y allí mandan otras instancias como la vocación, como el desprendimiento, como la entrega. Y finalmente, vuelve a mi mente lo que esperaba escuchar la abuela. 
_¿Quién te lo manda?
–Yo.
–Entonces, ¡aguántese!