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Ven a saludar




La noche se fue encimando en las paredes de ese callejón, cuando maullaba un trío de gatos en celo, que saltaban encima latas de cerveza. Rodrigo observaba detrás del ventanal los primeros seres de la noche. Los gatos. 
Seguía pegando su rostro en el cristal. El cielo negro, bravo, teñía la tarde de gris. Los gatos se movían entre las cavernas del callejón. Al acecho. Brincaban unos sobre otros. Maullaban, mordían. En un circo de pelos y sangre dominaba el filo de las navajas que aparecían amenazantes como relámpagos sobre cristales.
Rodrigo miraba el escenario de la calle para no involucrarse con todo lo que ocurría dentro de  la casa que  poco a poco se fue poblando mujeres y de hombres que llegaban para celebrar una fiesta. Hombres y mujeres, copas, palabras que resonarían entre las viejas paredes. Comida, vino. Situaciones repetidas. Ocasiones para brindar. Se imaginó varado entre la nada. Con gente que de pronto le sonreía, le tomaba del hombro, le daba palmaditas. “Que bien, Que tal”. Rodrigo aborrecía esas reuniones casi tanto como las navidades. Pero estas eran repetidas, uniformes, sombrías. Sonó el timbre. Entonces se escondió tras la cortina. La guerra sangrienta de gatos le apetecía más que la gente estirada que invadía la casa para lucir los nuevos negocios, la ropa de marca, las tragedias.  Por lo menos la pelea de gatos era franca, directa. 
Uno de los mininos, de pelaje blanco trepó sobre la caja amarillenta de cerveza. Ondulaba la cola mientras veía a sus oponentes estirar las patas delanteras haciendo fintas para encajar las cuchillas en la cara del adversario. El gato blanco, oteaba el horizonte sin chistar, sabía que era el mandamás de la escena, sabía que uno de los oponentes iba a perder esa batalla y el ganador estaría mermado, tocado, perdido. Entonces el gato blanco, entraría a liquidar al vencedor con acaso dos zarpazos.
Rodrigo admitía que era una estrategia sucia, cosa que le llenaba de coraje. Siempre le habían dicho que la vida se trataba de jugar limpio, pero la naturaleza felina, mostraba otras herramientas para ganarse la vida. Y no era poco. Rodrigo arrastraba la cabeza sobre el vidrio para mirar el desenlace. Alguien entró a la habitación. El ruido lo hizo paralizarse. Lo buscaban o pensó que lo estarían buscando para hacerlo salir a la reunión, para saludar a los presentes, para beber sodas, para lucirlo como maniquí. Pero los gatos. La ventana. El callejón. La batalla. Los pensamientos en el cristal. La soledad. 
Cuando escuchó que cerraban la puerta, pudo regresar su atención a la batalla. La fiesta podía esperar. El gato blanco estaba preparado para saltar sobre el vencedor, uno atigrado, gordo, valiente que acababa de trabar una lucha carnicera y que estaba malherido. Rodrigo no pudo aguantar más un ataque justiciero lo tomó por sorpresa. Abrió lentamente la ventana. El gato blanco ya tenía los dientes de fuera, como si pintara una risa macabra. La columna arqueada y la cola vertical. Listo para descargar la furia contra su oponente malherido. 
Rodrigo prepara lentamente el siguiente movimiento. Es un momento vital para hacer justicia. Esos gatos llevaban tres días de parranda. Mira delante, atrás, arriba. El gato blanco sigue bufando con odio a su oponente y zaz… “Rodrigoooo, ven a saludar a tus abuelitos, ya llegaron…Minutos después llora en la falda de su madre porque el cielo se cae a pedazos y la lluvia espantó a los gatos y no quiere estar en la fiesta y tiene sueño y sed y ganas de llorar.

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