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Los distintos




Desde que lo recuerdo se propuso ser distinto. Era un hombre de cabellos lacios, negros y largos, tanto que le llegaban a los hombros y sin distinción ondulaba la cabeza para sentir las puntas del pelo raspar la nuca. Quiso ser distinto como si estuviese en una carrera de Maratón. En cada kilómetro de su vida observaba todas las aristas para evitar el contagio de lo parecido.  Lo otro, lo diferente, lo distinto era el pensamiento original que lo movía por todos lados. Cuando se levantaba de la cama, miraba la cabecera a sus pies, para que le recordara que empezaría el viaje hacia lo que estuviera en contra de todo el mundo.
Cierto día, mientras bebía Coca-Cola en ayunas, percibió que había llegado a la meta de lo diferente. Discutió una noche antes las últimas teorías que podía reprochar como si fuesen caramelos de colores. Nada había igual. La lucha extrema con sus padres estaba ganada. Nada de obediencia, nada de convencionalismos, nada de los lunes a trabajar, nada de pagarle al estado, nada de votar, nada de andar entre televisa y fútbol, nada de toros, nada de la virgen de Guadalupe, nada de música grupera, nada de días de guardar, nada de comida light, ni yoga, ni thai chi. Nada. El ejercicio trans distintivo lo agotaba al percatarse de todo como si fuese un movimiento mecánico del día.
Miraba las plazas y las calles obsesionado en no repetirse y en no transigir con las reglas. Veía lo otro. Lo que no fuera como él con un desprecio brutal. Así hablaba él. Así actuaba él. En un momento dado tuvo algunos seguidores. Hombres que querían distanciarse de lo ordinario, pero rompió el pequeño club que se formaba, que tomaba impulso porque sintió que clonaba una filosofía de la alternancia. Los seguidores eran una copia al carbón de su diferencia. Cerró las compuertas de la amistad para instalarse en una vieja casa que fue descarapelando a fuerza de puños. Empezó a ser escritor como si eso lo transportara a una realidad aparte. 
Escribió: “Quienes se consideren a sí mismos personas de bien, seres inteligentes, compartirán mi respuesta a una de las mayores cuestiones de la humanidad —porque todos sabemos que nuestra vida esta signada por los dilemas y las elecciones—. Y no estoy hablando de cuestiones como “¿a quién quieres más, a tu mamá o a tu papá?”. Ni siquiera se trata de dilucidar dualidades imposibles como “¿ser o no ser?”. No, de ningún modo. El gran dilema de la Humanidad lleva escafandra y se formula de la manera más simple: ¿Cliché o extraordinario? A la hora de decidir a qué bando pertenecemos, nosotros los inteligentes de prosapia, elegimos lo otro.
Luego de dos semanas aislado del mundo, despertó de un sueño con las ganas de beber un café. La actitud de la otredad necesitaba sus ofrendas y sus penas. Pero también podía darse licencia para ir a un bar y despacharse la comedia rutinaria de la vida. Calzó sus botas y al salir a la calle un rayo de sol le invadió los ojos. Respiró el aire lentamente, disfrutando cada molécula de oxígeno. Creía haber llegado a la cima de lo inusual, de lo creativo, de lo altamente diferente por lo que se extravió entre la fila de seres humanos que andaban en la calle. 
Con un cierto recelo de codearse con gente, pero feliz, entró a un restaurante para beber el café. Era otro. Era diferente. Era escritor. Era creativo. Estaba a un paso de la genialidad. El mesero le trajo la bebida y él se sumió en el círculo negro de la taza. Sus pensamientos eran gotas resbalando por la cerámica. Diferente. Entonces vino el desastre, un tintineo de trastos lo hizo levantar la cabeza observar el entorno. Lo que vio sólo le pudo causar horror. Un conjunto de hombres, repartidos en diferentes mesas vestían como él, calzaban como él, se peinaban como él, tintineaban la cabeza para que el pelo raspara la nuca; reconoció su cabellera en los demás. Tomaban café, pensando en su felicidad, dubitativos y se miraba unos a otros, también con recelo. 

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