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Sueños de fútbol

Esta historia va más o menos así: era el tiempo en el que  yo soñaba con ser futbolista y dedicaba gran parte de mis tardes a sustituir las tareas de la escuela por juegos de fútbol callejero. La plaza de San Fernando era el empedrado sagrado que emulaba el estadio Maracaná o al Azteca. Allí, en el cuadrilátero pétreo de loza moteada, serpenteaba una cancha imaginaria perfecta donde cada tarde se instalaban las porterías nomás sonaban las seis con los campanazos de la iglesia de San Roque. Señalábamos los travesaños con suéteres separados uno del otro por diez pasos medidos y reglamentados por el ángulo que formaba los pies del Vala. Con el clásico volado, se iban armando los equipos; el ganador iba de mano para escoger al mejor jugador, que siempre era el delantero o el portero y así, en equilibrio de fuerza, se integraban dos bandos. Los últimos, se sabe, eran los rellenos del equipo que corrían felizmente tras la pelota, generalmente sin tocarla. Disput...

Los penúltimos

Ya me había ocurrido anteriormente esto del fin del mundo. Era 1979 y los planetas se iban a alinear de tal manera que una fuerza cósmica los empujaría y en carambola de tres bandas harían trizas a la tierra. Eso es lo que más o menos recuerdo y lo que sin duda me hace un sobreviviente de esa hecatombe frustrada. Sin duda, en esa época debo admitir que tuve miedo, no porque se fuera a acabar el mundo, sino que apenas había transitado entre los terrícolas por seis años y del mundo y sus vericuetos poco podía contar. Me daba miedo no volver a la escuela, ni volver a ver a mi abuela. Miedos más, miedos menos, mi patria era la casa de San Fernando y la ternura de los ojos verdes de la abuela. Todo lo demás podría echarse a perder sin importarme un carajo.  Al otro día amaneció y miré por la ventana la fuente de la plaza, las palomas en vuelo regular desplazándose entre las casas;  el olor a leña quemada del alba me inyectó energía. Miré el cielo plomizo de Guanajuato y me pr...

Entrevista Suplemento Cafeína

Adiós a la Rana

Cuando me llegó la carta donde una centena de creadores y difusores de arte se oponen a la ratificación del director del instituto de cultura estatal, confieso que no dudé ni un segundo en firmarla y suscribirme a tal rechazo de que el señor Alcocer no siguiera al frente del Instituto de Cultura. Confieso también que en el fondo respiraba una corazonada que me llevaba a pensar que ocurriría lo que generalmente ocurre con las protestas escritas lanzadas como botellas al mar. Luego del primer embate, se sabe, duran una semana, hacen una comisión que escuche a los inconformes, maicean a los revoltosos y al final, el funcionario queda tan campante en el lugar y con la gente de siempre. Regla general de la estrategia política: “el periódico sirve para matar moscas”    Pensé por supuesto en negativo. Me dejé llevar por la máxima futbolera de lo que se tiene que echar primero es al técnico, pero se deja a los jugadores que cumplen con la faena. ¿Y los jugadores, los f...

Ficcionalia en revista Alternativas

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FICCIONALIA EN DIGITAL

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